Blog de solocuentos

Pues sí

Escrito por solocuentos 14-03-2017 en Pues sí. Comentarios (0)

Julia y su novio Andrés tomaban unas cervezas en un bar cercano a la casa donde vivía él. Le gustaba porque siempre tenían conectado un canal de deporte que retransmitía todos los partidos habidos y por haber. En aquel momento en concreto, podían disfrutar con el clásico de la liga helena Panathinaikos contra Olympiakos que, en la primera parte, dominaban los verdiblancos por un tanto a cero. 

En el descanso, Andrés aprovechó para comentarle a Julia que habían publicado la convocatoria para auxiliares administrativos del Estado y que había muchas más plazas que en los últimos años.

- Es una gran oportunidad para ti, ¿sabes? El temario no es excesivamente complicado, la prueba de excel y de word no tiene ninguna dificultad para ti. Te lo preparas durante unos meses después del trabajo y seguro que lo sacas.
- Pues sí.
- Además, no hace tanto tiempo que terminamos la carrera y aún no nos resulta tan complicado estudiar. Después, según vayamos cumpliendo años nos costará mucho más esfuerzo.
- Pues sí.
- Mira, es muy fácil. Te lo preparas, te sacas esa plaza como auxiliar y, luego, como tienes una licenciatura, a través de la promoción interna, podrías ir accediendo a cuerpos superiores y ganar más dinero. Además, esas promociones internas te las podrás preparar con la tranquilidad de que tienes un trabajo seguro.
- Pues sí, tienes razón.
- ¡Claro que la tengo, Julia! Y lo sabes. El trabajo en la floristería no está mal. No tienes un mal horario ni demasiadas responsabilidades, pero no creo que tengas un gran futuro allí. Nada, está decidido, cuando puedas, presentas tu solicitud y empiezas a estudiar. Cuanto antes, mejor.
- Pues sí, cuantos antes, mejor.

Andrés, satisfecho de haber convencido a Julia, terminó de un trago su cerveza y se fue al servicio. Mientras, Julia veía la repetición de las mejores jugadas de la primera parte del partido de la liga griega. "Quizá en la segunda parte haya movida entre las dos aficiones y se suspenda el partido", pensaba Julia. Pues sí, no sería la primera vez que ocurriera.


Pasados dos días de esa conversación, Julia aún no había presentado su solicitud y tampoco se acordaba de la convocatoria de auxiliares administrativos del Estado ni de cómo habían quedado el Panathinaikos y el Olympiakos. Fue a casa de sus padres a comer. Su madre y ella acostumbraban a tomar un café tras el postre mientras su padre se echaba una siesta.

- ¿Cuántos años lleváis juntos?
- Dos años, creo.
- ¿Y tú lo quieres?
- Pues sí, creo.
- ¿Y por qué no os vais a vivir juntos?
- No sé, la verdad.

Su madre quería que se fuera a vivir con Andrés. Dos años eran tiempo suficiente para conocerse. Los dos tenían trabajo. Los dos vivían de alquiler; él, en un pequeño estudio; ella, en un piso compartido con dos amigas.

- Mira, no tengo nada en contra de tus dos compañeras de piso. No recuerdo cómo se llaman.
- Gertrudis y Eduvigis.
- Eso, Gertrudis y Eduvigis. El caso es que son... No sé cómo explicarlo. Son un poco liberales. Esos pelos que llevan, esas ropas, esos novios que tienen... En fin, que creo que estarías mejor viviendo con tu novio. Si lo quieres, si de verdad vais en serio, ¿no sé qué os lo impide? ¿No crees que sería una buena idea que fuerais a vivir juntos y así comprobar si podéis convivir?
- Pues sí, quizá sea una buena idea.
- ¡Claro que lo es, cariño! Mira, si quieres, puedo yo mirar pisos de alquiler por aquí cerca con dos o tres habitaciones que estén bien de precio. Incluso puedo mirar, si te parece, pisos en venta.
- Pues sí, si quieres, puedes mirar qué hay interesante por aquí.

Su madre sonrió satisfecha. Le dio un beso y llevó las tazas vacías a la cocina. Mientras, Julia se asomó a la ventana. Un hombre paseaba con su perro. El animal, el perro, digo, se paró a defecar. El hombre sacó una pequeña bolsa negra del bolsillo y, con cuidado, recogió la caca de su animal. Un escalofrío recorrió la espalda de Julia. Lo que hacía el hombre era lo correcto, pero no podía evitar esa reacción cada vez que observaba a una persona recoger las cacas de su mascota.


Tres veces le había llamado su madre en los últimos cinco días para darle los datos de varios inmuebles de alquiler a precios interesantes. Sin embargo, Julia no había llamado a ninguno de los números de teléfono que le había facilitado su madre. Tampoco le había comentado nada a Andrés en relación a la posibilidad de vivir juntos. No pensaba en ello. Tampoco pensaba en vivir con su novio su buena amiga Adelaida. Recibió una llamada suya una semana después de haber comido con sus padres.

- Lo dejo, Julia, lo dejo todo.
- ¿Pero, todo, todo?
- Todo. Dejo a Toni, el trabajo, el piso.
- ¿Y eso?
- Estoy harta de esta vida, de esta ciudad, de este trabajo. Quiero volver a las raíces.
- ¿Las raíces?
- Sí, voy a volver al pueblo.
- ¿Pero si tú has vivido siempre en la ciudad?
- Yo sí, pero mis padres, al igual que los tuyos, no. Ellos nacieron y crecieron en el pueblo.
- ¿Vas a vivir en el pueblo?
- Sí, me voy al pueblo. Seguro que piensas que estoy loca, ¿no?
- Pues... Pues no, ¡claro!
- ¡Claro que no estoy loca!

Adelaida le explicó que lo tenía todo estudiado. Había ahorrado dinero en los años que había trabajado. Trabajaría en lo que fuera al principio. Compraría animales (gallinas ponedoras, un perro, conejos y, más adelante, un cerdo), prepararía un huerto en el que cultivaría gran parte de aquello que comería y prepararía la casa para que ésta fuera autosuficiente o casi. 

- ¿Qué te parece? Seguro que piensas que será duro, y seguro que tienes razón. Será duro, quizá muy duro al principio. ¡Pero y las ventajas que tendré después! Alimentos de buena calidad, vivir en un entorno más humano, más limpio, más tranquilo. Perderé cosas, seguro, pero la mayoría de ellas ya no me interesan. Y tú deberías hacer lo mismo.
- Pues sí, quizá.
- No, quizá no. Seguro. Lo tuyo con Andrés está estancado, tu trabajo no da para más y no pareces excesivamente animada ni estimulada con la vida que llevas ni con lo que te depara el futuro. Mira, Julia, éste es el momento. Sufriremos, será duro, pero en pocos años agradeceremos vivir de una manera más humana, más natural, más simple y, seguramente, más feliz.
- Pues sí, tienes razón.
- Hecho, pues. Yo me iré primero, preparé el terreno y haré los preparativos necesarios para nuestra experiencia rural y tú, cuando ya estés preparada, te vienes conmigo. Estoy impaciente por empezar.
- Pues sí, impaciente.

Adelaida colgó y Julia se fue a dar una ducha caliente. Hacía frío y no había nada mejor para ello que una ducha calentita.


Un día después, y como había acertadamente vaticinado el hombre del tiempo, comenzó a llover con fuerza. A Julia le encantaba ver la lluvia. Aún más le gustaba oír la lluvia caer. Se acercó a la ventana, la abrió ligeramente, cerró los ojos y se centró en el sonido de la lluvia. Pues sí, oía la lluvia, la lluvia caer, oía llover como quien oye llover y la lluvia la reconfortaba.

NOTA DEL AUTOR: Pues sí, dedicado a NUC, ella y yo sabemos quién es. Tal vez también su familia y algunos amigos.


SANTA COMPAÑA

Escrito por solocuentos 14-03-2017 en Santa Compaña. Comentarios (0)

Los ojos grises de Raquel estaban clavados en la lejana hilera luminosa que, lentamente, avanzaba hacia ella. Miraba sin ver. Esperaba la llegada de las luces, cada vez más cercanas, cada vez más intensas. La oscuridad de la fría noche se iba iluminando con aquellas extrañas luces que se desplazaban con lentitud. 
Raquel contenía el aliento, Raquel tenía la mirada perdida, pero clavada en la hilera luminosa, Raquel aguardaba inconsciente su llegada, Raquel esperaba anhelante que todo se tornara luz y fundirse con ella. 
Ya estaban junto a ella, ya las luces se fundían con su gris mirada, ya se sentía parte de la luz, cuando súbitamente sintió un brazo fornido rodeando su cintura y unos labios besando su nuca. 

La mano de Javier subía por debajo del camisón y ella regresaba a la oscura habitación, volviéndose al hombre con el que compartía cama y casa. Le devolvía uno a uno los besos que éste le regalaba y exploraba con sus manos el cuerpo del hombre. 
Como cada noche, después del estudio anatómico recíproco y amoroso, los amantes perdían nuevamente la consciencia y se entregaban a un sueño profundo.


Era su musa actual, a la que él deseaba esculpir, a la que había llevado a la casa de campo, aislada del mundo, para convertirla en su nueva obra de arte. A Javier le fascinaba, sobre todo, la mirada ausente de Raquel. No sabía qué ocultaban sus bellos ojos grises, a qué mundos la trasladaban, qué misterios guardaban. 
Ella se paseaba por la casa con una camiseta que le quedaba larga y unas bragas. Comía poco, apenas leía y casi no veía la tele. Tan solo paseaba y miraba, por la ventana, el inquietante bosque que rodeaba la casa.

De vez en cuando, al terminar él de trabajar en su escultura, salían al campo a caminar. Él le contaba cuentos y leyendas. Le habló de la Santa Campaña, esa procesión de ánimas que, por las noches, y cada una con una vela en la mano, se pasea por el bosque, cantando, tocando una pequeña campanilla y advirtiendo de la muerte que, en breve, llegará. 
Ella no se pudo quitar de la cabeza a ese grupo de fantasmas, envueltos en sudarios, con los pies descalzos y avanzando lentamente por los oscuros bosques. 


Raquel vagaba por la casa pensando en las ánimas y en las fotos de esculturas que poblaban las paredes de la casa. Todas eran de mujeres y todas tenían la mirada perdida. Algunas incluso carecían de ojos. En su lugar, había dejado dos huecos siniestros.

        - ¿Quiénes son esas mujeres?
- Esas mujeres no existen, sólo son esculturas. 
- Pero antes fueron mujeres de verdad, ¿no?
- No, Raquel, sólo fueron ideas que se convirtieron en esculturas.
- ¿Y por qué algunas no tienen ojos?
- No lo sé. Creo que no soportaba su expresión y destruí sus ojos. Hay miradas que son imposibles de sostener.


Ya han llegado a su altura, ya la han envuelto con su luz. Oye sus murmullos y la campanilla. Las descubre como fueron. Una a una las reconoce, incluso a aquéllas cuyos ojos están tapados con vendas. 
Lloran, maldicen, se lamentan de su mala suerte. 
Pasan a su lado y ella desea seguirlas, pero unos brazos poderosos la retienen y la atraen de nuevo contra el hombre. 
Él la besa, la acaricia, le susurra palabras de amor al oído y ella se deja llevar agradecida, extasiada, con los ojos grises perdidos al otro lado de la ventana, en la oscuridad del bosque.

Los amantes vuelven a soñar tras el placentero esfuerzo realizado. El sueño de él es tranquilo. El de ella, no. El sueño de Raquel llena la habitación de mujeres, de mujeres que Javier dijo que no existían, de mujeres hermosas, de mujeres deformes, de mujeres mutiladas y de mujeres olvidadas. Ellas cobran vida y rodean la cama.


Javier se asusta al despertar. Una a una, están todas ahí, con la mirada perdida, o sin mirada. Están todas junto a la cama, junto a Raquel. Él tiembla, él llora, él escapa dejando, como estela, un grito desgarrador. 
Él desaparece y, con él, también desaparecen todas aquellas mujeres que nunca existieron.


El teléfono suena insistentemente. Raquel se despereza con tranquilidad, se incorpora de la cama, va al salón y, ahí, coge el teléfono.

        - Hola, Raquel, soy Sergio. ¿No te habré despertado?
- No, tranquilo - miente Raquel.
- ¿Qué tal va la obra?
- Terminada.
- ¡Cómo! ¡Terminada! - exclama sorprendido Sergio. Después de tanto tiempo esperando, finalmente recibe la respuesta que tanto anhelaba.
- Sí, terminada.
- ¿Y me puedes decir algo de ella?
- Ya la verás. Haré unas fotos y te las enviaré. 
- ¿Y es grande?
- Mucho. Te envío las fotos esta tarde. Adiós.


Raquel cuelga bruscamente. Coge un paquete de cigarrillos, la cámara de fotos y va al taller. Ahí está la obra que expondrá en el Museo. Un grupo de personas, envueltas en sudarios y con una vela en la mano, sigue a un individuo que carga con una cruz. Todas miran al suelo y llevan el rostro oculto por una capucha. La última figura de la fila, lleva, encadenado, a un hombre desnudo que, levanta la mano hacia ella, pidiendo clemencia.

La mirada del hombre refleja el horror del mundo.


Otra noche sin ti

Escrito por solocuentos 07-02-2017 en Otra noche sin ti. Comentarios (0)

Habíamos quedado, para cenar y tomar unas cervezas, los viejos colegas del instituto. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos y todos habíamos cambiado bastante. La mayoría se habían casado y habían tenido hijos, a otros les había dado tiempo incluso para divorciarse y los menos, como yo, aún seguían solteros y no tenían expectativas de emparejarse seriamente.

El viejo pub que nos había acogido en nuestras primeras borracheras y en tantas otras a lo largo de nuestra adolescencia y juventud nos cerraba una noche más sus puertas tras varias cervezas y algunos cubatas. Ya en la calle, y violentamente sacudidos por el frío de la noche, nos despedimos con abrazos sentidos y prometiendo volver a vernos pronto.

Después de decirle adiós al último de mis antiguos compañeros de clase y farras, emprendí el camino de regreso a casa dando un pequeño e innecesario rodeo. Llegué por fin a un viejo banco de madera sito frente a un edificio de ladrillo de seis plantas. Cientos de veces me había sentado en el pasado allí mismo para esperar que, del 2ºB, bajara María. No fue mi primera novia, pero sí la que más tiempo me soportó. Quizá fue también a la que más quise; no lo sé.

Hacía mucho frío aquella noche, pero aún no quería volver a casa. Me quedé ahí parado, como tantas otras veces, como tantas otras tardes, como tantas otras noches. Recordé que, cuando ella no bajaba, era yo el que subía, aunque nunca en ascensor. Apuraba el último cigarrillo antes de pulsar el timbre del 2ºB.

Normalmente me abría ella misma. A veces, lo hacía su padre, o su madre, o su hermano pequeño. En otras ocasiones, ella se encontraba sola en el piso e íbamos directamente a su habitación. Ella ponía música y nos tirábamos sobre su cama. No sé cuánto tiempo pasamos en su diminuta habitación, cuyas paredes estaban forradas con carteles de cantantes y actores de moda y cuyas estanterías albergaban cientos de cintas de música.

Un día, poco después de terminar la Universidad, subí por última vez las escaleras que ascendían hasta el piso de sus padres. En esa ocasión, sin embargo, no pasamos a su habitación. Nos tomamos un café en el salón, pues ella sólo quería hablar de algo importante que nos concernía a ambos.

Pensé que volvería conmigo en menos de una semana, pero me equivoqué. Tras esa primera semana llegaron otras y nada cambió. En realidad, algo sí que cambió. A los dos meses de cortar conmigo, ella ya salía con otro tío y yo no levantaba cabeza. Me costó tiempo aceptar la nueva situación, y más aún me costó volver a estar con otra mujer. Sin embargo, mis relaciones, tras perder a María, no duraron demasiado. Tarde o temprano, la chica o yo decidíamos terminar con algo que quizá nunca había empezado de verdad.

Ahora, años después de aquella triste conversación en torno a un pésimo café, congelado por el frío de la noche, temblando y con lágrimas en los ojos, me volvía a plantar frente a la casa donde había vivido María. Ya no llevaba cazadora de cuero ni vaqueros raídos ni botas negras. Había perdido mi rizada melena y mi tripa continuaba creciendo sin parar. Sin embargo, ahí estaba de nuevo, tras tres cubatas de vodka con naranja, varios tercios de cerveza y una sesión de nostalgia compartida con los viejos colegas del ayer.

Eché entonces un vistazo al reloj y vi que eran las 3:20 de la mañana. Esa hora trajo a mi memoria "Otra noche sin ti", una canción de Burning que escuchábamos con frecuencia en la habitación de María. Comencé en ese momento a tararearla bajito:

"Son las tres de la mañana 
y yo sin poder dormir. 
Doy mil vueltas en mi cama, 
sólo pienso en ti.

Y qué sé yo 
si estoy tan solo, 
no puedo hablar con nadie. 
Qué sé yo 
si estoy tan solo. 
Necesito tu amor.

Dan las seis, sintonizo los Stones, 
recuerdos del pelo largo. 
Viejos blues, queridísimo Eric Burdon

Un sonido muy lejano 
llega a mis oídos. 
Es el ruido de un cerrojo 
que abre una dulce llave.

Y qué sé yo 
si estoy tan solo, 
quizá sólo sea un sueño. 
Que sé yo 
si estoy tan solo. 
Necesito tu amor".

Al concluir la balada, me sequé las lágrimas, me levanté del banco y, dando tumbos, regresé a casa. A fin de cuentas, María ya no vivía en aquella casa. Ahora tenía marido e hijos y vivía lejos, muy lejos de mí.


Licor de mono

Escrito por solocuentos 07-02-2017 en Licor de mono. Comentarios (0)

Caminaba a oscuras. Nada veía, pero seguía avanzando sin saber muy bien el porqué. Me asustaba pensar que podría tropezar, que podría caer en una sima o que me podría cruzar con el amor de mi vida y que ésta pasara de largo sin darme cuenta.  

Sin embargo, no iba solo. Junto a mí, danzaba mi ebrio chimpancé Gumersindo. Hacía cabriolas, saltaba, me golpeaba con sus patas, reía, gritaba y no paraba de beber. 

Me pasó su botella medio llena o medio vacía y me animó a beber. Acerqué mi boca a la pestilente boca de la botella y le eché un buen trago. Tardé otros dos más en saber cuál era su contenido: orina de mono. Él empezó a reír mientras yo vomitaba de asco.

Reemprendí la sombría marcha y mi querido Gumersido se me subió encima y comenzó a acariciarme los pocos cabellos que me quedaban. Mi andar se tornó sinuoso y cogí entre mis brazos al cariñoso mono. "¡Cuánto te quiero, pequeño!", le dije mientras lo acariciaba, mientras lo besaba, mientras le demostraba cuánto lo amaba. 

Y fue entonces cuando el pequeño Gumersindo desapareció y yo topé con un duro obstáculo que me impedía avanzar. Traté de progresar girando a la derecha, pero otro muro me lo impedía, como ocurría si iba hacía la izquierda. Di la vuelta desesperado y me vi encerrado en una caja de mi tamaño. Ésta emprendió entonces un viaje descendente que me conducía a un abismo sin fin.

Caí, caí, caí... Perdí la consciencia y desperté al aterrizar suavemente sobre una superficie blanda. La caja se abrió y broté en la luz. Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la claridad que había en la habitación. Era blanca, enorme, cuadrada, de techos altos y con espejos en éstos, en las paredes laterales y en el suelo. La caja había aterrizado en el centro de una inmensa cama sita en medio de la habitación. 

A ambos lados de la ya vacía caja, se amontonaban varias mujeres octogenarias en plena orgía. Me alejé de la cama y me miré fijamente en uno de los enormes espejos. Era una bella mujer de 85 años; probablemente Angela Lansbury. Sí, era Jessica Beatrice Fletcher o la bruja novata como Dios o el Diablo la trajo al mundo. En la esquina del cuarto, había una pequeña mesa encima de la cual estaba preparada una vieja máquina de escribir con un papel blanco listo para escribir sobre él.

Me acerqué a la mesa, me senté en el taburete que había frente a ella y comencé a teclear: "Se ha escrito un crimen". No me gustó, arranqué la hoja, la arrugué y la tiré al suelo. Coloqué una nueva y empecé a escribir una historia sobre mujeres en el ocaso de sus vidas. "Sophia Petrillo, un anciana de origen siciliano, vive con su hija Dorothy y otras dos mujeres mayores: Blanche Devereaux y Rose Nylund. Son cuatro mujeres de oro que anhelan disfrutar de la vida, pese a estar en el ocaso de la misma...".

"¡Vaya mierda!", pensé al romper la segunda hoja. Decidí dejarlo por el momento y unirme a la octogenaria orgía. Ahí me esperaban mis chicas de oro, la superabuela y varias viejas glorias de copla. Lo que pasó después fue lo más maravilloso que me ha ocurrido en esta vida y jamás lo olvidaré, pero lo guardaré para mí, para mis bellas ancianas y para el pequeño Gumersindo.

No volaba

Escrito por solocuentos 05-01-2017 en No volaba. Comentarios (0)

No sé qué me llevó a confiar en el señor Disney. Fui un ingenuo; ahora lo sé. Pensé que él apostaría por mí y por mi genial obra, pero me engañó de manera infame. Se apropió de mi brillante idea, la transformó vilmente y rodó con ella una película que se convirtió en un éxito comercial que salvó al estudio de las pérdidas financieras ocasionadas por el fiasco de “Fantasía”.


En cuanto vi la película, entendí lo que había ocurrido y salí enfurecido del cine. Me sentí ultrajado. No paraba de oír las burlonas risas de las elefantas que despreciaban a Dumbo como si su destino no fuera el pequeño elefante orejón sino yo, el ingenuo tipo que había confiado en Walt Disney para dar publicidad a su obra.

Intenté inmediatamente ponerme en contacto con Disney. Le escribí cartas pidiéndole explicaciones, demandándole una reparación y exigiéndole que procediera a la publicación mi obra tal y como yo la había concebido, pero no obtuve ninguna respuesta. Me ignoraba. Padecía cada día más, dejé de dormir en condiciones, apenas comía y sólo tenía una idea fija en la cabeza: restituir mi honor perdido y que se me hiciera justicia.

Para conseguir precisamente eso, que se me diera lo que por justicia me correspondía, me puse en contacto con varios abogados. Ninguno me comprendía. El que no se reía de mí, me ignoraba, y todos, absolutamente todos, coincidían en que mi reclamación carecía de fundamento para llevarse a cabo. “¡Cómo que carece de base!”, exclamaba yo indignado ante tamaña falacia.  

Sí, es cierto que el protagonista de mi obra no era un elefante, sino Cuqui, una cucaracha. También reconocía que ella no trabajaba en un circo, sino en un café-bar, donde interpretaba, todas las noches y acompañada por la West Street Band, canciones de jazz. E incluso admitía el hecho de que mi protagonista no volara ni se llamara Dumbo, pero lo que nadie me podría negar jamás es que el alma de mi novela estuviera en aquella película que habían retocado para evitar que la gente apreciara el parecido con mi obra.

Tras años de estéril lucha en busca de alguien que me apoyara, decidí atraer sobre mí la atención de la prensa e inicié una huelga de hambre enfrente de la mansión de aquél que me había arruinado la vida. Pronto, vinieron a verme los periodistas y me preguntaron el motivo por el cual había tomado esa drástica decisión y por qué lo había hecho precisamente en aquel lugar.

Yo les conté mi triste historia, les hablé de la injusticia que se había cometido con mi persona y de cómo ese admirado prohombre de nuestra sociedad me había engañado como un vulgar trilero. Sin embargo, ellos no me tomaron en serio y relataron mi acción como la de un desequilibrado obsesionado en desacreditar sin fundamento al señor Disney.

Mi huelga duró poco. A los pocos días, la policía me desalojó del lugar que había ocupado y me encerraron en un manicomio donde me obligaban a comer a diario. Allí, sin embargo, hallé el consuelo y la comprensión que no había encontrado fuera. Alguno de mis compañeros me habló de casos similares al mío que también habían sido ignorados por la sociedad y la justicia.

Conocí, por ejemplo, al tipo al que Jack Kerouac había plagiado. Había escrito una obra que narraba la existencia de un tipo que no salía jamás de su habitación. “On the Road” se tituló la infame obra del ladrón de ideas. Otro me explicó que había escrito el guión para una película que trataba de un tren donde viajaba una pareja de cada especie animal. Un director soviético lo robó y transformó en un engendro llamado “El acorazado Potemkin”.

Formamos, ellos y yo, un grupo de gente notable y sensible. Nos apoyamos mutuamente y hemos trazado un plan perfecto para escapar de aquí y dar a conocer al mundo nuestra verdad, LA VERDAD. Ahora, juntos seremos lo suficientemente fuertes y convincentes para que el mundo descubra por fin nuestra grandeza y valía. Y por fin veré publicada, sin zafias modificaciones, “Cuqui, la cucaracha, y los chicos de la calle Oeste”.