Blog de solocuentos

Espera desesperada

Escrito por solocuentos 12-02-2018 en Espera desesperada. Comentarios (0)

ESPERA DESESPERADA




Érase una vez un café con leche abandonado, 
érase un bebedor de café con leche ajetreado. 



Vertidos en la taza, bien mezclados y con bastante calor, 
café y leche, tranquilos, aguardaban al anhelado bebedor. 

En medio de una cafetería ruidosa y atestada, 
el café con leche, muy nervioso, desesperaba. 

Su bebedor no terminaba de llegar 
y su angustia no paraba de aumentar. 

Su bebedor, ya avisado había sido, 
mas no arribaba al lugar elegido. 


Y todos los calores que taza, leche y café poseyeron, 
minuto a minuto, y muy tristemente, desaparecieron. 

Allí, pues, quedóse la taza con el brebaje sin trasegar, 
mientras el egoísta bebedor prefirió el oprobio olvidar. 


¡Pobre café, pobre leche, pobre del probre que es pobre!

Basado en una historia real. Se han cambiado el nombre de los brebajes para respetar la intimidad de los mismos.


El perdón

Escrito por solocuentos 03-01-2018 en El perdón. Comentarios (0)

No sabía exactamente cuántos años habían transcurrido. No llegaba al lustro, pero sí que eran más de dos, y quizá hasta tres. 

Tampoco recordaba la razón por la que se había enfadado con él. ¿Le había hecho daño? Sin duda. ¿Había llorado por su culpa? Seguro. 

Pero él no se sintió culpable y ni aún hoy se sentía responsable de su enfado y dolor. ¿Cómo podría sentirse así si ignoraba qué demonios le había hecho para provocar el abrupto final de la relación? 

Sin embargo, lamentaba haberla perdido, pues la había querido mucho. 

Él había continuado con su vida, con sus estudios, con sus amistades y con las novias que ocuparon el lugar de aquella chica de la que nada sabía y que, probablemente, habría continuado con su vida ajena a él y a su mundo. 

Un día, por casualidad, mientras daba un paseo por la ciudad, sus pasos lo condujeron a la casa donde vivía su antigua novia. Allí, frente a la entrada, se quedó plantado un buen rato. Cuando se disponía a continuar con su paseo, a lo lejos, vio acercarse por la acera a una chica que se dirigía al edificio frente al cual se hallaba él. 

Aunque ya habían pasado varios años desde su último encuentro y a pesar de la distancia que aún los separaba, enseguida la reconoció. Era ella. Para evitar que se encontraran cara a cara, decidió cruzar la calle y ocultarse tras un kiosco. Desde su escondite, la vio entrar en el edificio y dedujo que todavía viviría allí. Era joven, un año menor que él, y probablemente aún estuviera en la Universidad. 

Era lo más probable, aunque quizá se equivocara. No sería ni la primera ni la última vez que se equivocara. 

Aquella noche, fue a cenar con su novia actual y se quedó a dormir en la casa que ésta compartía con un par de amigas. 

Durante la cena no estuvo muy expansivo. Rumiaba algo y no abrió apenas la boca. Le daba vueltas a aquel inesperado encuentro que le había traído a la memoria la extraña y desagradable sensación que le había dejado aquella ruptura. 

No sabría explicar exactamente por qué, pero sentía la necesidad de mantener una última conversación con aquella chica. Lo último que compartieron fue un frío intercambio de mensajes de móvil: "Lo siento. No puedo continuar contigo. Te dejo", envió ella tajante. "¿Pero por qué?", preguntó él confuso. "Deberías saberlo y, si no lo sabes, aún peor. Lo siento. Te dejo. No quiero volver a hablar contigo". Y punto final. 

Tras aquella noche plena de pensamientos y de vueltas en su lado de la cama, el chico pasó varios días dándole vueltas al asunto y la necesidad de hablar con ella para mantener una última conversación aumentaba. 

Regresó un par de veces a la casa de ella y aguardó paciente a que llegara. Sin embargo, en ninguna de esas dos ocasiones la abordó, pues llegó acompañada de un armario ropero que parecía ser su actual pareja. 

Al tercer intento lo logró. Había pasado ya una semana y media desde que volvió a verla y, en aquella tercera ocasión, ella llegaba sola, sin la escolta del armario ropero. Armándose de valor, salió del escondite del kiosco, cruzó la calle y, muy nervioso, se plantó entre la chica y el portal de su casa. 

Ella lo reconoció al instante: 

- ¡Vaya! Hola. ¿Qué haces tú aquí?

- Bueno... - acertó a pronunciar él, pero ahí se quedó. 

Se había imaginado cientos de escenas diferentes y distintas conversaciones más o menos fluidas, más o menos surrealistas. En alguna de ellas, la chica le cruzaba la cara de un guantazo y continuaba con su camino hasta desaparecer por el portal. En otras, ella se ponía a llorar y salía corriendo en sentido contrario al que la conducía a su casa. Y en alguna otra, él era tragado por el suelo cual si se tratara de arenas movedizas.

- ¿Y bien? - reaccionó finalmente ella - Te dije bien claro que no quería saber nada más de ti, que no quería volver a hablar contigo. ¡Me voy!

- ¡Espera! - exclamó él antes de que la chica alcanzara el portal.

- Vale. Habla rápido - pidió ella algo exasperada.

- En fin - comenzó él tras tomar aire - sé que ha pasado mucho tiempo desde que rompimos, bueno, desde que rompiste. Sé que todavía no he descubierto en qué te pude fallar ni por qué razón te hice daño. Pero lo que sí sé es que te causé dolor. Sólo quería, en fin, sólo quería pedirte perdón por todo.

- ¡Perdón! -exclamó ella cada vez más confundida y enfadada - ¿Perdón por algo que ignoras haber hecho? ¿Perdón después de tanto tiempo? ¡Perdón! ¡Ahora!

- Sí - respondió él, todavía muy apurado - Necesitaba hablar contigo aunque sólo fuera una vez más. No sabía realmente de qué hablarte, qué decirte, qué preguntarte. No estaba seguro de nada; ni siquiera de venir hasta aquí y hablarte. El caso es que, de lo único que estaba seguro, de la única cosa sobre la que no tenía dudas es de que te había hecho daño. Por eso, por esta razón, al final, lo único que me ha salido es esto, pedirte perdón, pedirte perdón de corazón. 

Dicho esto, el chico se dio media vuelta y comenzó a alejarse de ella. 

- ¡Espera un momento! - le gritó entonces la chica. 

Volvieron a mirarse, sólo un instante, como lo habían hecho en el pasado, cuando se querían, cuando se veían cada día, cuando se besaban en cada cruce, en cada banco del parque, en el cine, en la discoteca, en la cama... Se volvieron a mirar como hacía siglos que no lo hacían. Tras ese instante, ella, con gesto de resignación, volvió a hablar: 

- De acuerdo, te perdono. Ahora vete, y rápido. 

Ella se dio la vuelta, abrió la puerta del portal y desapareció engullida por el viejo edificio de ladrillos. 

Él aguardó allí aún un par de minutos, confuso, sin saber cómo continuar. 

Finalmente, dio media vuelta, dejando a su espalda la casa de ella, la vida de ella, la mirada de ella, y siguió su camino, aunque ahora caminaba mucho más ligero.

NOTAS DEL AUTOR: anticipándome a las posibles diatribas que este relato reciba, y que yo recibiré, como siempre, con sumo agrado, admito que la historia no es muy verosímil, aunque el hecho de ser poco probable no la convierte en imposible. Quizá, de cien situaciones en que una pareja se rompa de esta manera, sólo en una de ellas el culpable, supuesto ignorante de la ruptura, sea realmente ignorante de lo que ha hecho. Tal vez sólo en una de cada mil situaciones similares sea realmente ignorante. Y de las posibles situaciones en que se dé este caso, lo más probable es que los integrantes de la pareja no se vuelvan a encontrar, y menos probable parece aún que, de encontrarse, él procure hablar con ella y le pida perdón por algo que ignora. Difícil sería también que, de darse todos esos condicionantes, ella acabe por perdonarlo, pero ¡qué demonios!, me apetecía escribir un cuento inverosímil. Y, tal vez, en algún lugar del mundo, en Japón para más señas, haya un Akihiro que le haya pedido perdón a Akane y ésta le haya perdonado (él tampoco sabía lo que había hecho). Y quien dice Akihiro, dice Günter, por ejemplo, y quien dice Akane, dice, por ejemplo, María de las Mercedes. 

En otro orden de cosas, y adelantándome a otra posible crítica mordaz, sí, lo admito, el relato es un tanto moñas, un poco ñoño, pero podría haberlo hecho aún peor, o mejor. Si fuese un guionista de Hollywood, él, probablemente Brandon Smith and Wesson, se habría casado con ella, Jennifer Love Hewitt, y la última escena, un año después de la feliz boda, se desarrollaría en una fiesta para celebrar el bautizo de los trillizos de Jennifer y cuyos padrinos serían el armario ropero y la última novia de él, ahora pareja y a la espera de un retoño para comienzos de primavera. 


Mi bello reflejo

Escrito por solocuentos 03-01-2018 en Mi bello reflejo. Comentarios (0)

Sí, lo soy. Soy consciente de que soy así. Así de simple: yo soy guapo, rico y famoso, y es por ello que esos cuadrúmanos con los que tengo la desgracia de compartir mi existencia sienten por mí, a un tiempo, máxima admiración y tiñosa envidia. Envidia comprensible, ya que soy consciente de la profunda sima que se abre entre mi elevada riqueza y su infecta pobreza, entre mi gloriosa celebridad y su oscura mediocridad, entre mi luminosa belleza y su abominable fealdad. Fealdad la suya que me provoca escalofríos de pavor, rápidamente olvidados cada vez que me topo con mi hermosa réplica al otro lado de los numerosos espejos que abarrotan mi inmensa mansión.


En ocasiones pienso que debería crear una réplica de mí mismo. Podría satisfacerme plenamente con un ser que estuviese realmente al nivel de mi grandeza. Sin embargo, también me asaltan numerosas dudas, pues, ¿no acabaría sintiendo, como la chusma que habita bajo mis pies, una mezcla de admiración, sentimiento jamás experimentado por mí, y envidia? ¿No llegaría un momento en que podría sentir odio de mí mismo, en que me sintiera intimidado por mi perfección, rabioso por compartir mi espacio con un ser tan divino como yo? 

Es por ello por lo que, al final, descarto este proyecto ilusionante y perturbador. Prefiero, por ello, contentarme con la contemplación de mis torneados músculos, disfrutar mesándome mi sedosa cabellera y deleitarme acariciando cada rincón de mi armonioso cuerpo. Un temblor de placer me recorre el cuerpo entero cada vez que disfruto del ser único que soy.


Sin embargo, también hay momentos en que siento un deseo, vil y mediocre, de mezclarme con los de abajo. Y, por supuesto, consigo todo lo que anhelo; siempre lo mejor, desde exuberantes valkirias, hasta diosas de ébano o exóticas asiáticas, y también algunos hombres de diferentes complexiones y razas. Y he de confesar que, en aquellas situaciones, también gozo, aunque nunca lo hago como cuando disfruto de mi glorioso ser. 

Es después de aquellas sesiones de goce con algún individuo de la raza inferior, en concreto cuando me libero del cuadrúmano en cuestión, cuando puedo sumergirme feliz en un relajante y plácido sueño en mi enorme cama, sobre la cual, por supuesto, también hay un inmenso espejo. 


Pronto, un reincidente sueño se reproduce en mi cerebro. Camino ligero, desnudo y satisfecho por una verde pradera acariciado por un sol radiante y rodeado por espejos de todos los tamaños, ante los cuales puedo detenerme a cada paso para fascinarme en mi contemplación. De fondo, se oyen las voces -imperfectas, por supuesto- de un coro de humanoides que gritan cosas como "riiico", "guaaapo", famoooso", rumboooso", "esplendoroooso" "maravilloooso", y, cuando las voces del coro se extinguen, otra, ésta de Joan Manuel Serrat, me susurra al oído aquello de "no hago otra que pensar en ti, por halagarte y para que se sepa"; y entonces me siento levitar.

Pero no siempre me canta Serrat. Hay noches en que Los Inhumanos me recuerdan lo complicado que resulta ser tan hermoso y me recuerdan el dolor que siento en la cara al ser tan guapo. Otras, cuando me siento más altivo, más orgulloso de ser quién soy, son Los ilegales quienes entonan aquello de "soy un hombre blanco, alto y orgulloso, soy un hombre blanco, alto y orgulloso; mi mejor amigo creo que soy yo". 


Todos esos sueños resultan felices, mas no siempre sucede de aquella manera, pues, ocasionalmente, algunos de mis amantes persisten en compartir -me causa escalofríos este verbo- la cama conmigo y yo, por pereza -una flaqueza impropia de un ser como yo-, no impongo mi santa voluntad y les dejo un rincón de la cama para que reposen.

Los sueños, en esos casos, se tornan pesadilla, el prado verde se convierte en árido desierto, el sol me quema la piel y la sed me hace agonizar. Para colmo de males, en no pocas ocasiones, Roberto Carlos me tortura susurrándome al oído aquel terrible mensaje de "yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar". 

También me maltrata Víctor Manuel cantando aquello de "¡Ey, sólo pienso en ti! Juntos de la mano, se les ve por el jardín". Al imaginar a dos seres caminando juntos de la mano por un jardín, me entran arcadas y mis piernas se doblan y acabo con el rostro pegado a la abrasadora arena. 

Pero el peor de todos es, sin duda, José Luis Perales, cuando, utilizando la terrorífica primera persona del plural, repite aquello de "venceremos, venceremos, quedaremos los primeros respetando al compañero y su color; buscaremos el momento, como marca el reglamento, para alzarnos en victoria con un gol". Y ésta es, sin lugar a dudas, la peor pesadilla, ya que no hay nada que me perturbe tanto como la primera persona del plural. Por supuesto que las otras, salvo el yo, me desagradan sobremanera: el tú, el él, el ella, el vosotros y el ellos, ¡pero es que el nosotros me incluye a mí en un colectivo!


Gracias a Dios, o a lo que sea, la mañana llega y el amanecer me libera del tormento, puesto que logro, por fin, echar al maldito individuo que ha perturbado mi descanso con su sola presencia. 

De esta manera, y una vez solo de nuevo, puedo regresar feliz de nuevo a mi yo, al ser excelso que soy y al maravillo goce de mí mismo y de la contemplación de mi bello reflejo.

Dedicado a DMG, siempre pienso en ti


Marisa te quiere mucho, Roque

Escrito por solocuentos 04-12-2017 en Marisa te quiere mucho. Comentarios (0)

APOLIDORO

Se lo repitió varias veces. Por activa, por pasiva y por perifrástica se lo dejó bien claro. Sin embargo, Roque no acababa de comprenderlo, no era consciente de las implicaciones que conllevaba aquello que le había repetido hasta la saciedad su amigo Apolidoro. Por ello, se lo repitió aún una vez más: "Marisa te quiere mucho, Roque. Se quiere casar contigo".

MARISA

"Sí, es cierto, Roque. Te quiero mucho y deseo casarme contigo". Antes, lógicamente, le explicó que habría de separase de Apolidoro, su amigo desde la infancia. "Él está de acuerdo. Lo mejor es que nos separemos".

ROQUE

No habla. Se caracteriza por su mutismo y su aborregada mirada. Los observa a los dos tratando de comprender lo que le están contando.

UN GATO (cualquiera)

Maúlla dos veces: "Miau, miau". Lejos, muy lejos, un perro ladra, pero nadie le hace caso, pues nadie ha oído su ladrido.

APOLIDORO

Le explica a su querido amigo Roque que se trata de la mejor solución para los tres, casi para los seis, y si me apuras, si contamos al gato, para los siete. "Mira, Marisa y yo hemos sido muy felices y hemos vivido juntos dieciocho años, catorce casados y cuatro como novios. Tuvimos a las gemelas, Pilar y Milagros, y dos años después, a Manolito. Pero la pasión ya pasó, los hijos ya van siendo mayores y no tenemos casi nada en común".

MARISA

"Además", añade su todavía mujer, "en la cama hace tiempo que no funcionamos".

APOLIDORO

"Seis años en concreto. Mi interés por el sexo ha desaparecido". Ahora sólo le gustan las plantas; en concreto, los bonsáis. 


ROQUE

Mira al techo, mira al gato, éste maúlla (sólo una vez), se rasca la cabeza y se mira las uñas, repite la misma operación tres veces. Finalmente carraspea y pregunta: "¿Por qué?".

APOLIDORO

Su amigo del alma le explica que son cosas que pasan, los intereses de las personas cambian, las pasiones se acaban y él y Marisa ya no se quieren como antes. "Nos respetamos y tenemos tres intereses comunes".

UN GATO, EL GATO

Maúlla: "Miau". Un pájaro se aleja volando y el tiro del cazador le pasa rozando. El cazador es un primo lejano de Marisa, que aún vive en el pueblo, un pueblo muy pequeño de la provincia de Soria, España (Europa).

APOLIDORO

Se corrige: "Perdón, cuatro intereses comunes". Acaricia al gato (no uno cualquiera, sino el suyo, Michis).

MARISA

"Por si no fuera suficiente lo que te ha explicado mi marido (espero que por poco tiempo) y tu amigo (espero que para toda la vida) tu rendimiento como amante es más que satisfactorio. Estoy muy contenta contigo".

ROQUE

Sonríe ruborizado. Acaricia a Michis. A Michis le gusta cómo le acaricia Roque. Satisfecho el gato con la caricia, el acariciador carraspea: "En fin... yo... en fin... ¿y los roles?".

MARISA

Su futura mujer, siempre y cuando él dé el "sí quiero, amorcito", le explica que ella, en particular, no cambiará, pues seguirá casada (una vez resuelto el divorcio), pero en vez de estarlo con Apolidoro, con Roque. "Tú, amorcito, pasarás a ser mi marido, Apolidoro, mi ex marido, mis hijos serán tus hijastros y el gato se quedará con Apolidoro".




APOLIDORO

"Te dejaré verlo tres de cada cuatro semanas en años bisiestos y cuatro de cada siete, el resto".

MARISA

"Gracias"

APOLIDORO

"A ti".

UN PERRO (el del vecino pervertido)

Ladra, pero con desgana: "Guau". Al gato se le erizan los pelos.

ROQUE

"¿Y los niños?", pregunta el todavía amante.

MARISA

"Se quedarán con nosotros. Un fin de semana al mes se quedarán con Apolidoro y otro, con el vecino".

ROQUE

"El pervertido?", pregunta alarmado Roque.

APOLIDORO

Lo tranquiliza. Le explica que, con el pervertido, no, sino con el otro, el no pervertido. 


UN GATO (uno cualquiera)

Maúlla tres veces: "Miau, miau, miau". Michis responde, pero sólo una vez.


ROQUE

Carraspeaba. Mucho. Carraspeaba mucho. Finalmente, habla: "Sí quiero, amorcito".



Roque y Marisa se abrazan emocionados. 

Apolidoro revisa un catálogo promocional del súper de abajo. Se sorprende por una oferta de queso manchego. Alza las cejas. Le enseña la oferta a su amigo Roque. Él también alza las cejas y deciden bajar a comprar un queso cada uno mientras Marisa habla con sus hijos para explicarles la nueva situación. 

Pili sonríe, Mili berrea y Manolito carraspea. 

El gato se va de casa. El gato se va de casa estresado. El gato se va de casa estresado y con el estómago vacío. 

El mundo exterior lo aguarda expectante. 

Un nuevo camino

Escrito por solocuentos 04-12-2017 en Un nuevo camino. Comentarios (0)

Como cada día, después de una larga jornada de trabajo, Gloria salía agotada del trabajo. Cogía el autobús y, como casi siempre, éste venía tan lleno que no podía sentarse. Sin embargo, en una de las primeras paradas, una pareja mayor, que estaba sentada al lado de donde se había colocado Gloria, se bajó del autobús y ella y otra chica pudieron sentarse. 

Gloria se puso al lado de la ventanilla y contempló aburrida la carretera cargada de coches. Como ocurría de forma habitual a aquella hora, la carretera iba atascada y apenas avanzaban unos metros cada cinco o diez minutos. Resultaba exasperante que un trayecto que, en condiciones normales, podría durar unos veinte minutos se fuese a la hora y cuarto, hora y media o dos horas, según el nivel de atasco que tuviera la carretera aquel día. 

Cansada de mirar por la ventanilla, se distraía un rato wasapeando con su grupo de familia, con su grupo del trabajo y con su grupo de amigas. En el de la familia, trataban de concretar fechas para celebrar el cumpleaños de su hermano pequeño. En el del trabajo, discutían sobre lo mismo de siempre, el difícil carácter del nuevo jefe, quien acostumbraba a echar las broncas a gritos y delante del resto de compañeros. Sus amigas hablaban del inminente parto de una de ellas. 

En medio de las conversaciones grupales, se coló un whatsapp de Tomás, su marido, que la avisaba de que llegaría tarde, que no podría hacer la compra. Gloria soltó un pequeño bufido de desesperación. Hacía mucho frío, se encontraba muy cansada y no le apetecía nada hacer la compra, pero tenían la nevera prácticamente vacía y no le quedaba más remedio que ir cuando llegara a casa. 

A paso de tortuga, continuaban acercándose a la salida de la carretera que habían de coger. Su acompañante se levantó y su puesto lo ocupó un hombre de los que se abren de piernas y ocupan el espacio vital de su vecino de fila. Gloria se encogió, emitió un suspiro de fastidio y dejó el móvil para coger el e-book y ponerse a leer la novela que la tenía enganchada en aquel momento, "Germinal", de Émile Zola. 

Los obreros habían decidido ya comenzar la huelga, pero a Gloria le costaba concentrarse. En una fila de asientos cercana, un par de adolescentes discutían a gritos sobre quién era mejor: Cristiano Ronaldo o Leo Messi. El mismo debate rancio, los mismos argumentos ridículos, el mismo tema prosaico de siempre. Y si no era ése, estaba el de qué equipo era mejor: el Madrid o el Barça, el que trataba de determinar a qué equipo beneficiaban más los árbitros, o cualquier otro asunto relacionado con el fútbol tratado con la misma carencia de clase e idéntico volumen de decibelios. 

Unas filas por delante de su asiento, un matrimonio hablaba de la crisis política del momento y de las diferentes estrategias desarrolladas por los partidos políticos destinada a salir bien parados de la misma y a ganar así votos de cara a la siguiente cita electoral. De pie, y próxima a la puerta de salida central, una chica hablaba por el móvil con su novio y, por supuesto, lo hacía a gritos. "Sí, cari, estoy en el autobús. Casi parados. Esto es una mierda, tío. Llegaré a y media más o menos. Diles al moro y al Richar que me esperen en el parque. Un beso, cari". 

Imposible seguir con Zola y sus rebeldes mineros. Apagó el e-book, cerró los ojos y trató de no pensar en nada, ni siquiera en el tipo que le invadía su espacio vital con sus enormes piernas y sus musculosos brazos plenos de tatuajes.

Con los ojos cerrados, reflexionó sobre la cantidad de horas que pasaba en el trabajo, sobre los interminables trayectos de ida y vuelta de su casa al trabajo y de su trabajo a su casa y sobre lo poco que veía a Tomás, lo poco que disfrutaba de la vida y lo que hablaron Tomás y ella la última noche. 

"¿Tener un hijo ahora?", preguntó Gloria tras la propuesta de su marido, "¡si apenas nos vemos!". Y era cierto. Pasaban todo el día fuera de casa. Él, además, trabajaba un sábado de cada dos. Ella siempre había querido tener un hijo, pero cómo organizarse, quién lo cuidaría cuando el niño saliera del colegio y hasta que ella regresara a casa. Pedir una reducción de jornada en el trabajo era imposible en estos momentos; y menos aún con el jefe nuevo. Y después, ¿qué tipo de vida llevaría su hijo en aquella ciudad cada vez más mastodóntica, más impersonal, más fría y contaminada?

A Gloria le asustaba sobre todo esto último: condenar a su hijo a una ciudad que, cada día, le resultaba más inhumana. Condenarle a una existencia como la que llevaban ella y su marido, trabajando cada día más horas por menos dinero, pasando de atasco en atasco, de cola en cola, de muchedumbre en muchedumbre, respirando un aire viciado, y lejos, cada vez más lejos de la naturaleza, de la vida, del aire limpio, de los espacios abiertos donde poder contemplar y disfrutar con un cielo estrellado, con un amplio horizonte, con un bosque, con una playa sin urbanizar; un espacio lejos del colapso humano de las grandes urbes. 

Y sí que existían aún lugares así. Ella y Tomás lo sabían. Su pueblo, donde apenas vivían diez personas, era un ejemplo de ello. Alguna vez se había planteado la posibilidad de irse a vivir allí, dejar sus respectivos trabajos e iniciar una nueva vida con menos pretensiones, tal vez dura en algunos momentos, pero más satisfactoria, más humilde, más pequeña, pero más satisfactoria, sí, más satisfactoria. Pero era algo difícil, muy difícil, casi imposible de conseguir, o al menos eso le decían sus padres, y sus amigos, y el propio Tomás, a quien también le gustaría vivir en el pueblo.

Tras una hora y veinte minutos de viaje insufrible, finalmente llegó la parada de Gloria, le pidió a su invasor que le dejara paso, se levantó, se acercó a la puerta y, una vez abierta ésta, salió a la calle y se abrigó de nuevo. El paso del frío helador de la calle al calor infrahumano del autobús y, de éste, nuevamente al frío helador de la calle, era otra de las cosas que, poco a poco, la iba matando. 

Al llegar a casa, se cambió de ropa y bajó al supermercado a comprar. De nuevo colas, de nuevo cientos de personas haciendo lo mismo que hacía ella, de nuevo aglomeraciones, aunque, en esta ocasión, con una banda sonora horrible que se repetía una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

Llegada a casa de nuevo y ordenada la compra, se dio una ducha relajante y preparó la cena, terminada justo cuando arribaba un exhausto Tomás. Juntos cenaron, sin hablar mucho, contándose sus respectivos días sin mucha ilusión. Era lo de siempre. Lo podrían obviar, mas el silencio resultaba a veces un tanto plomizo. 

Cuando terminaron de cenar, Tomás recogió la mesa y lavó los platos mientras Gloria se lavaba los dientes y, con la tele encendida, se recostaba en el sofá. Al sentarse Tomás a su lado, y como la película que veían no les convencida a ninguno de los dos, Gloria volvió a sacar el asunto del pueblo. 

"Es muy difícil, y lo sabes. ¿De qué vamos a vivir, y dónde?", preguntaba siempre él. "Podemos pedir que nos paguen el paro en un pago único para montar un pequeño negocio”, respondía siempre ella, “sabes que yo tengo una idea. Podríamos vivir en casa de mis padres al principio y, poco a poco, construirnos una casa en la cerca que tenemos, podríamos...". 

Era la conversación de siempre y la conclusión de siempre: "Es muy difícil, muy difícil, cariño".

Gloria se quedó dormida enseguida. Tomás siguió dándole vueltas al asunto. Le gustaría vivir en el pueblo, por supuesto, pero le daba miedo, mucho miedo; como siempre. "¿Y si todo les salía mal? ¿Y si se sentían solos? Y si tenían hijos, ¿no se sentirían huérfanos de amigos? ¿No les echarían en cara en el futuro el hecho de vivir en un lugar tan abandonado?". 

Sí, pensaba en todo lo que podría salir mal, pero nunca pensaba en lo que podría salir bien, y tampoco se paraba a pensar en la vida que tenían ahora, en aquella inmensa ciudad que los engullía, que los agotaba, que los dejaba sin aliento día a día. Aquella noche, sin embargo, sí que pensó en ello y recordó una reflexión que leyó en un viejo libro de filosofía que estudió en el instituto. No recordaba exactamente lo que decía aquel filósofo ni quién era, aunque sí que recordaba, más o menos, el espíritu de la reflexión.

El filósofo de turno explicaba que, en ocasiones, uno, sin ser consciente de ello, se incorpora a una fila de humanos que camina sin voluntad con un mismo destino. Uno, al igual que el resto de miembros de la fila, ve que, al final del camino, se halla un precipicio y que todos, sin excepción y como autómatas, al llegar al precipicio, se precipitan al abismo. Sin embargo, todos, uno mismo incluido, continúan avanzando hacia el abismo, hacia la perdición. 

Pensaba ahora Tomás si sería posible aventurarse fuera de la fila y emprender un camino nuevo, diferente, arriesgado, todo lleno de posibilidades y carente de certezas, salvo la de determinar uno mismo el recorrido a seguir. "Sí", pensó, "tal vez merezca la pena ir al pueblo, arriesgar y comenzar a vivir, vivir de nuevo, reconociendo cada día como algo nuevo, una aventura diferente, nuevas cosas que hacer, que descubrir, desafíos por afrontar, un camino diferente que recorrer".


A la mañana siguiente, mientras desayunan, Tomás le dice a Gloria que sí, que está de acuerdo, que lo pueden intentar. 

Y así comienza un nuevo día, un nuevo día, igual de plomizo y cansado que los demás, pero con algo diferente, con el perfil de un camino que se empieza a esbozar en el horizonte y que les aguarda pleno de novedades, riesgos e incertidumbres, un nuevo camino que merece la pena recorrer.