Blog de solocuentos

Relato a quince voces

Escrito por solocuentos 09-08-2017 en Relato a quince voces. Comentarios (0)

Mario: "Nos conocimos en el instituto. Iba a un curso por debajo del mío. Al principio, ni me fijé en ella. Sin embargo, en una fiesta de final de curso, charlamos un rato. Enseguida sentí algo especial por ella, y noté que el sentimiento era mutuo".

Elvira: "Comenzamos a salir a la semana de conocernos. Fuimos varias veces al cine y al parque de atracciones. También me invitó a un concierto de un cantante al que no conocía, pero que me encantó. Nos entendíamos de maravilla. No era mi primer novio, pero sentí que éste era especial".

Lucía, madre de Mario: "Era una chica muy riquiña; muy guapa. Me quería mucho y yo a ella. Fue una pena cuando se separaron. Lo pasé muy mal".

Elvira: "Estuvimos unos diez años saliendo juntos. Los últimos tres, ya compartíamos casa. Teníamos trabajo, estábamos enamorados y era inevitable que acabáramos casándonos".

César, hermano de Elvira: "Mi padre había muerto hacía dos años, así que fui yo el padrino. Me llevaba de maravilla con Mario. De hecho, le acompañé en su despedida de soltero. Además de padrino de boda de mi hermana, ella y mi cuñado decidieron que fuera yo el padrino de Silvia".

Mario: "Elvira estaba embarazada de cinco meses el día de la boda, el 13 de agosto. Lo pasó un poco mal a causa del calor y del embarazado, pero estaba bellísima. Fue un día inolvidable. Me iba a casar con la mujer a la que amaba, íbamos a ser padres y, en el evento, estaban todos nuestros amigos y familiares. Lo único triste, la ausencia de mi suegro. Elvira lloró al recordarlo".

Elvira: "Silvia nació un par de días antes de salir de cuentas. Tres kilos y medio. A mi lado, cuando la cogí por primera vez, estaba Mario. Nunca fuimos tan felices como aquel día".

Andrés, hijo de Mario y Elvira: "Nací casi tres años después que Silvia. Desde el principio, estuvimos muy unidos. Quizá la crisis matrimonial de nuestros padres nos unió más".

Silvia: "Yo era muy pequeña, pero notaba que algo raro les pasaba. Mi padre llegaba muy tarde del trabajo y apenas hablaba con mi madre. Ella también desaparecía de vez en cuando y nos cuidaba la abuela Lucía o la tía Paquita".

Paquita, hermana de Elvira: "Siempre estuve muy unida a mi hermana. Poco antes de nacer Andrés, me dijo que pasaban por una crisis. Apenas hablaba con mi cuñado. Fue en esa época, poco antes del parto, cuando conoció a Walter".

Elvira: "Quiero mucho a mis hijos mayores, a los dos por igual, pero quizá fue un error pensar que, con el nacimiento de Andrés, superaríamos la crisis y volveríamos a estar como antes".

Walter: "Fue en pleno embarazo cuando la conocí. Inmediatamente supe que sería la mujer de mi vida. Ella estaba casada, lo sabía, pero también intuía, al mirarle a los ojos, que ya no sentía nada por su marido".

Mario: "Cuando me enteré de su aventura con Walter, me enfadé mucho, pero enseguida me di cuenta de que me molestaba realmente por mi orgullo de hombre y no porque no me quisiera como antes. Ya estábamos mal antes de nacer Andrés y, con su nacimiento, nada se arregló. Ya no sentíamos nada, absolutamente nada cuando estábamos juntos. Era una farsa de matrimonio".

Tasio, padre de Mario: "Nos dijo que se iban a divorciar. Nos explicó que ya no se querían. Mi mujer lo pasó fatal. No nos explicó nada de Walter ni de las chicas con las que él se veía de vez en cuando".

Silvia: "Andrés aún no había cumplido cuatro años cuando nuestros padres se divorciaron. Lo pasamos muy mal los dos. Tal vez por eso nos unimos más. Nuestros padres nos querían y fue un divorcio amistoso, pero aun así, nos resultó muy duro".

Tasio: "Se vino una temporada a vivir con nosotros. A veces, venían los niños a pasar los fines de semana. Él, entre semana, no paraba. Trabajaba mucho y salía después con sus compañeros de trabajo. Después, se compró la casa donde vive ahora".

Walter: "Elvira y yo nos casamos un par de años después del divorcio. Tuvimos unos gemelos preciosos que se llevan de maravilla con sus hermanastros. Elvira tenía derecho a empezar de nuevo, igual que él".

Nerea, tercera mujer de Mario: "A Elvira le fue mejor que a Mario en su segundo matrimonio. Yaiza, su segunda mujer, le trató como a una colilla. A él le costó un mundo recuperarse. Ahora nos va bien. Quizá yo no sea la mujer de su vida, pero estamos bien juntos".

Mario: "Sentía algo de envidia por la felicidad de Elvira. Desde el principio, le fue de maravilla con Walter. Yo me precipité con Yaiza. Sufrí mucho".

Yaiza, segunda mujer de Mario: "Yo no engañé a nadie. Siempre le dije que no quería ataduras, pero él nunca lo asimiló. Lamento que lo pasara tan mal, pero nunca le engañé".

Elvira: "Me alegro sinceramente de que a Mario le vaya bien con Nerea. Es un buen hombre y un gran padre. Nos veremos todos en la boda de Silvia y Daniel".

Daniel, prometido de Silvia: "Noto algo inquieta a Silvia. Quizá sólo sean los nervios de la boda. He intentado sonsacarle a Andrés. Se lo cuentan todo. Sin embargo, él sólo me dice que no me preocupe, que todo va bien".

Andrés: "Mi hermana está algo preocupada. Le da muchas vueltas a la cabeza. Teme pasar por lo mismo por lo que pasaron nuestros padres. Yo le digo que no se preocupe, que no ha de pasar por lo mismo que ellos, que a ella le puede ir bien desde el principio".

Julio, ex novio de Silvia: "Sé por qué se encuentra inquieta. Sé que aún siente algo por mí, pero lo nuestro terminó hace ya mucho tiempo".

Daniel: "Temo que aún sienta algo por Julio. Él es gay, salió del armario. Es un tipo encantador y lleva varios meses saliendo con Ramiro. Ambos vendrán a la boda y yo estoy contento por ello, pero me queda esa estúpida duda. Sé que ella fue muy feliz con él".

Silvia: "¿Y si las cosas no salen bien? ¿Y si dejamos de querernos? ¿Y si acabamos haciéndonos daño?".

Pepe, cura que oficiará la boda: "No veo muy segura a la novia, pero ¿quién está seguro antes de dar un paso así?".

Lucía: "Mi nieta estará hermosísima vestida de blanco. Utilizará el mismo vestido que utilizó su madre en la boda con su padre. Seguro que lloraré".

Silvia: "Seguro que mi abuela llora, y mi madre, y Andrés y, sobre todo, Daniel y su madre".

Beatriz, madre de Daniel: "Me gusta mucho Silvia, pero temo que no quiera de verdad a mi hijo. Además, su padre se ha divorciado dos veces y su madre, una. Ella está más acostumbrada a estas cosas, pero no le perdonaría que le hiciese daño a mi hijo".

Silvia: "Nunca me perdonaría hacerle daño a Daniel. Decidido, mañana hablo con él y suspendemos esta locura. No puedo continuar adelante con estas dudas".



Ignacio, psicólogo de Daniel: Continúa, te escucho.


Animales

Escrito por solocuentos 05-07-2017 en Animales. Comentarios (0)

De todos mis animales, son los perros los más leales y obedientes. Conmigo, son muy cariñosos y temen mis enfados. Jamás se enfrentarían a mí, pero con el resto de los animales actúan como tiranos. A las ovejas las dirigen con autoridad, ladran con fuerza cuando se desvían del camino por el cual las quiero llevar y, si alguna se retrasa en exceso, son capaces de morderlas para que espabilen. Toda esa fiereza que muestran hacia las ovejas, o con los extraños, se convierte en temor y humildad ante mí. Aunque les diera una paliza, ellos no intentarían atacarme, agacharían las orejas, encogerían el rabo y se esconderían en algún rincón gimoteando.

Tampoco son rebeldes las ovejas. Muchas son las que tengo. Alguna vez me da por pensar en lo que serían capaces de hacer si fueran conscientes de su fuerza potencial. La fuerza potencial procedente de su número, digo, que es inmensamente superior al de los perros que las atormentan o al mío, sólo uno, yo, que decido sobre sus vidas. Sin embargo, si fueran conscientes de ello, si decidieran revertir la situación de dominación a la que se ven sometidas, ya no serían ovejas, sino otro animal inexistente.

Sin embargo, y a pesar de esa congénita estupidez, yo las aprecio mucho por la paz que me aportan y porque son las que más beneficios me dan. Ellas y las gallinas son, básicamente, los animales de los que dependo para subsistir en este pueblo abandonado. 

Las gallinas me aportan huevos, pollos y comen prácticamente de todo, inmundicias incluidas. No me dan mucha guerra y respetan el orden establecido. Esto último, sin embargo, es algo que le cuesta aceptar a mi orgulloso gallo. Sin duda es bello e imponente, pero su orgullo excesivo resulta un tanto ridículo. En ocasiones, me gusta asustarlo para bajarle los humos. Él, en un principio, me planta cara, pero pronto consigo amedrentarlo y le hago correr y esconderse. Pienso en lo grotesco que resultan a veces esos animales tan fatuos y, al mismo tiempo, tan inconscientes de su propia debilidad. He de reconocer, pese a todo, que, en cuestión de belleza, es probablemente uno de mis animales preferidos.

Aun así, nunca será tan bello y valorado por mí como los dos gatos que moran en mi desvencijada casa. Al contrario que los perros, ellos no son nada leales ni cariñosos, sino interesados y egoístas. Sólo los acaricio cuando ellos deciden que han de ser acariciados, y sólo me prestan algo de atención cuando desean obtener algo a cambio. Su mirada, al contrario que la de las ovejas, muestra una inteligencia fuera de lo común. Intuyo que saben lo que pienso en cada momento y sé que serían capaces de traicionarme si de ello obtuvieran algún beneficio. Me gustan, entre otras cosas, porque, pese a vivir conmigo, se niegan a ser totalmente domesticados y sé que conservan un espíritu salvaje y rebelde que los hace únicos. Salvo el placer que obtengo al contemplarlos y de su suave pelaje cuando puedo acariciarlos, ellos no me proporcionan nada de provecho excepto, en ocasiones, la caza de algún roedor.

Los gatos son haraganes, sin duda. En nada se parecen a las hormigas, a las que suelo observar mientras bebo un vaso de vino y tomo un trozo de queso a última hora de la tarde. Con las ovejas recogidas, las gallinas en su caseta y los perros a mis pies, me siento en un banco de madera que hay al lado de la puerta de la entrada de la casa y, mientras el sol se oculta, contemplo admirado la incesante y organizada actividad del pequeño ser. 

De vez en cuando, les dejo pequeños trozos de queso junto al hormiguero para ver cómo lo parten, lo distribuyen y lo introducen en su oscuro agujero. Son fuertes, son trabajadoras, son organizadas, son incansables, pero su vida me resulta también aburrida y sin sentido. Almacenan comida, la comen, organizan el hormiguero, se reproducen, mueren. Día tras día, haciendo las mismas cosas sin pensar jamás en lo que han hecho ni en lo que quieren hacer en el futuro. 

A veces, me siento yo también como una hormiga. Llevo años repitiendo las mismas acciones y no pienso demasiado en lo que ocurrirá en el futuro. No, no pienso en el mañana, pues el mañana no me importa un carajo. 

¿Y el pasado? Trato de olvidarlo. A veces, mis hijos vienen a verme e insisten en que me mude a la ciudad para vivir con ellos o en un Residencia. No me veo encerrado entre cuatro paredes. Me sentiría como un pájaro enjaulado. Sólo una vez vi uno en casa de una vecina. Sentí pena por él. Un pájaro necesita volar, necesita sentirse libre, necesita desplegar sus alas sin miedo y elevarse por el aire sin temor a topar con nada que frene su vuelo.

Suelo pensar en los animales, en sus existencias, en sus cualidades, en sus defectos, en las cosas que no comprendo de ellos y en aquellas otras que me fascinan. Prefiero pensar en ellos, pues si intento pensar en los hombres, tendría que viajar al pasado y el pasado me queda ya muy lejos. 

Aquí, ya no queda nadie. Los míos hace bastante tiempo que marcharon, incluida mi mujer, muerta hace ya demasiados años. En ocasiones pienso en ella. A veces, también lo hago en mis hijos y en mis nietos y, muy de tarde en tarde, mi mente recuerda, cada vez de forma más borrosa, a mis tres hermanos, a mi madre y a mi padre. 

Sobre todo, me acuerdo de este último cuando salía a cazar perdices, codornices, conejos e incluso jabalís, estuviese abierta la veda o no. Una tarde, regresó incluso con un lobo. Lo dejó colgado en una estaca varios meses. A mí me asustaban muchos los lobos de pequeño. Hoy ya no quedan.

Desaparecieron los lobos. Desaparecieron como los hombres, como las voces, como el ruido, como la vida.

Hoy, aquí, sólo quedamos mis aborregadas ovejas, mis leales perros, mis productivas gallinas, mi orgulloso gallo, mis hermosos gatos, otros cuantos bichos más y yo.

Nada más que unos cuantos animales y yo. Nada más


Ricardo

Escrito por solocuentos 05-07-2017 en Ricardo. Comentarios (0)

Hoy, entre cliente y cliente del banco, me he dado cuenta de que hace tiempo que no acude ningún Ricardo a la oficina. Al pensar en ello, he comprobado que, desde los tiempos del colegio, no he conocido a ningún Ricardo. Otros nombres, como Israel, Bárbara, o Nerea desaparecieron también de mi vida al pasar del colegio, donde tuve compañeros con esos nombres, al instituto. Israel, Nerea o Bárbara, e incluso Jacobo, no me sorprenden tanto, pues no son nombres tan comunes, ¿pero qué ha ocurrido con los Ricardos? ¿Se los ha tragado la tierra?

Preocupado por ello, acudí al despacho del director de la sucursal, Don Emilio. Él, nada más entrar en su despacho, se quitó las gafas y me preguntó qué deseaba. "Nada importe, señor. Sólo que me he preguntado, de repente, qué ocurrirá con los Ricardos". Él, al principio, no entendía a qué hacía referencia. Luego, le he explicado que, desde el colegio, no había conocido a ningún Ricardo, que acababa de caer en la cuenta de ello y que me tenía desconcertado. 

Don Emilio, tras escuchar lo que le acababa de contar, se quedó un rato pensativo. "Es curioso, Rodríguez, pero a mí me ha sucedido exactamente lo mismo que a usted. De todos modos, me imagino que será pura casualidad que nos haya ocurrido lo mismo a ambos". De todos modos, ninguno de los dos nos quedamos tranquilos y decidimos consultar la base de datos de nuestros clientes para verificar si teníamos algún Ricardo. 

Después de revisarla de arriba a abajo varias veces, comprobamos que no había ningún Ricardo. "Tranquilo, hablaré con la central. Seguro que la entidad tendrá algún cliente que se llame Ricardo. O algún trabajador. ¿Eso también nos serviría, no, Gutiérrez?".

Sentados, inquietos e impacientes, aguardamos más de quince minutos hasta que el teléfono sonó. Era el empleado de la central con el que había hablado Don Emilio hacía más de cuarto de hora. Le había hecho una curiosa petición, o al menos eso pensó el empleado cuando el director de la sucursal de aquel pequeño pueblo le había pedido que verificara, en la base de datos del banco, si tenían algún cliente o trabajador que se llamara Ricardo. 

Tras preguntarle el motivo de tan peregrina solicitud, Don Emilio le explicó lo que les había pasado a su empleado y a él mismo. Sorprendentemente, él tampoco había conocido a ningún Ricardo después del colegio, así que, más picado por su propia curiosidad que por la importancia de lo solicitud realizada, se puso a rastrear por los archivos documentales del banco.

Con voz temblorosa, habló el empleado de la central: "Cero, ninguno. Ni en la actualidad, ni hace cinco años, ni hace quince, ni nunca". Don Emilio había puesto el manos libres y ambos palidecimos al escuchar la respuesta de nuestro compañero. Mi jefe me dijo entonces que volviera al trabajo. Admitía que resultaba algo muy extraño, pero que qué se le iba a hacer, que teníamos que continuar con nuestro trabajo y nuestras vidas hubiese o no en ellas algún Ricardo.

La tediosa jornada concluyó, como cada día, a las 14:30. Regresé a casa y le conté a mi mujer lo que me había sucedido. "¿Cómo que no conoces a ningún Ricardo?", respondió ella. Después, me recordó que el extraño vecino del quinto B se llamaba Ricardo Ruiz Ramírez. Era el clásico vecino que se quejaba por todo y que la armaba en todas las juntas de vecinos. 

Llamé entonces a mi jefe y le conté lo que me acababa de recordar mi mujer y él, entre risas, me confesó que él también conocía uno y que casi le provocaba el divorcio cuando le había explicado a su mujer lo que les había ocurrido aquella mañana. "Mi suegro se llama Ricardo. Mi mujer casi me mata. El hombre es tan gris que, por momentos, olvido que existe y que tiene un nombre".

Colgué el teléfono aliviado y decidí ir a hacerle una visita a mi vecino. "Buenas tardes, Don Ricardo, ¿qué tal se encuentra usted hoy, Don Ricardo?", le pregunté cuando, con cara de pocos amigos, me abrió la puerta. Quería oírme decir el nombre de Ricardo sólo para satisfacer a mis oídos. 

"Yo, muy bien. ¿Qué quiere usted?". Me inventé un excusa para justificar la molestia de despertarle de la siesta y, tras llegar a un punto muerto la conversación de besugos que manteníamos, me despedí: "Hasta pronto, Don Ricardo. Un placer hablar con usted, Don Ricardo".

Resuelta la crisis de los Ricardos desaparecidos, aquella noche pude dormir del tirón sin que ninguna seria preocupación perturbara mi profundo sueño.

Una pelea más

Escrito por solocuentos 05-07-2017 en Una pelea más. Comentarios (0)

Bebieron demasiado alcohol aquella noche. Sobre todo Níger. Era el jefe de aquella pandilla de chavales desheredados. Todos sin una ocupación fija, todos del mismo barrio, todos amantes de la priva y del costo. Fue precisamente el Moro el último en llegar al parquecillo aquella aciaga jornada. 

Aparcó su moto al lado de la de Níger. Eso provocaría la fatídica pelea. Fue a mear Níger al lado de donde dejaban las motos, se acercó a la suya y vio algo que no le gustó. Comenzó a llamar a gritos al Moro. Éste se acercó con un vaso de plástico lleno de vodka con limón en la mano. 

"¡Qué pollas le has hecho a mi moto!", le espetó cuando llegó a su altura. El Moro no sabía a qué se refería y así se lo hizo ver encogiéndose de hombros. Níger le señaló un pequeño arañazo que tenía su moto. "¿Acaso no me has hecho tú este arañazo cuando has aparcado tu moto?". El Moro negó la acusación y, mandándole a tomar por culo, se fue con el resto del grupo. 

Níger, iracundo, fue tras él profiriendo insultos y amenazándole con inflarle a hostias si no reconocía lo que había hecho y no le compensaba de alguna manera por ello. El Moro le volvió a mandar a tomar por culo. Poco a poco, se fueron acalorando y el Richi trató de mediar entre ambos para que la sangre no llegara al río. Las chicas, por su parte, también intentaron calmar los nervios. 

Sin embargo, Níger, el jefe de todos ellos, el que les conseguía el costo y elaboraba los diferentes planes para robar en negocios y casas particulares, era también el que más descontrolaba cuando iba hasta arriba de alcohol y droga. Todo su poderoso cuerpo, pleno de músculos aunque carente de elasticidad, entraba en ebullición cuando algo le cabreaba y rara era la ocasión en que aquello no terminaba en batalla campal.

La Yoli, su actual novia y, como la mayoría de las chicas de la pandilla,  madre adolescente con varios hijos de diferentes padres, le susurraba palabras al oído procurando que se tranquilizara, pero no parecía surtir efecto y sólo los brazos del Chino y de Johnny conseguían retenerle. También frenaban unos brazos, los del Charly y los de Chus, al Moro. Sin embargo, logró zafarse de ellos y llegó hasta Níger por sorpresa acertando con su puño derecho en la dura mandíbula de su adversario. 

Sorprendido, Níger tardó unos segundos en recuperarse, pero, en cuanto lo hizo, nadie fue capaz de detenerle y los golpes empezaron a llover a diestro y siniestro. De Níger al Moro y de éste al anterior. Los que trataron en un principio de separarles acabaron, a causa de la recepción fortuita de algún golpe no destinados a ellos, por entrar en la lid. 

Todo se tornó confusión hasta que el poderoso puño de Níger logró impactar con toda su fuerza en el rostro del Moro haciéndole perder el equilibrio y caer hacia atrás. En su caída, la cabeza del muchacho chocó desgraciadamente contra el borde de un banco de madera del parque. 

Asustados por la sangre que brotaba de la cabeza del Moro, todos se quedaron varios segundos congelados mirando al amigo caído. Finalmente, Carla, una chica con la que estuvo saliendo una temporada, se acercó hasta su cuerpo inmóvil e intentó reanimarle. Fue en vano, estaba inconsciente. Uno de ellos, el Gordo, propuso entonces llamar al Samur. 

Níger, hasta ese momento silente y pensativo, salió de su marasmo y negó con la cabeza. "No, de momento, no. Vámonos todos a casa y tú, Charly, haz una llamada al Samur desde la cabina telefónica que hay enfrente de la farmacia del Cojo". Ninguno se movió un centímetro. Tenían dudas, sentían miedo. "¡Vamos, cada uno a su casa! Ha sido un accidente y seguro que lo salvan. ¡Vámonos, ya!". 

Corrieron entonces como almas llevadas por el diablo cada una a su hogar, a la casa de sus padres, al piso que habían ocupado o al cuchitril que compartían entre varios de ellos. El Charly, antes de llegar a la casa de su hermano mayor, hizo, desde la cabina telefónica que le había indicado Níger, una llamada de aviso al Samur. En cuanto tomaron nota del lugar donde se hallaba el Moro, colgó bruscamente y continuó su particular huida. 



Cuando llegó la ambulancia al lugar donde yacía el Moro, éste ya estaba desahuciado. Certificaron su fallecimiento antes de llegar al hospital. La policía también acudió al lugar de los hechos y comenzó la investigación. 

Alrededor del pequeño parque, se agrupaban diferentes edificios de viviendas y cientos de ventanas observaban cada mañana, cada tarde, cada noche, lo que en él sucedía. Detrás de alguna de esas ventanas, en ocasiones, se dibujaban curiosas miradas testigos de todo tipo de actos, desde los más hermosos hasta los más execrables. Pronto dio la policía con Níger y sus colegas. No era difícil ubicarlos en la escena del crimen. Más complicado sería saber exactamente quién le había golpeado.



        - ¿Usted llamó al Samur, no, señor Sanz?

        - ¿Yo? Yo no, señor Comisario. Yo estaba en la cama, en casa de mi hermano.

La respuesta de Carlos Sanz, el Charly para sus colegas, no pareció convencer al Comisario Espina. Es más, pareció exasperarle.

        - Señor Sanz, tenemos la grabación de la llamada, no es muy inteligente por su parte negar la evidencia. No nos costaría nada probar que es su voz la de la grabación.

Carlos se echó las manos al rostro. Sólo tenía 23 años y ya había pasado varias temporadas en la cárcel y en centros de menores. No quería regresar, pero no veía otra salida en su vida. Desde pequeño, había pasado más tiempo en la calle con sus colegas, su verdadera familia, que en su casa o en el colegio. 

No quería fallar a su amigo Níger, pero tampoco quería que lo enmarronaran por la muerte del Moro. Sentía dolor por la pérdida del amigo, pero sabía que había sido un desgraciado accidente. Cientos de veces se habían liado a hostias entre ellos y otras tantas se habían reconciliado. Ésta habría sido una más si el Moro no hubiese caído sobre ese maldito banco.

        - Fue un accidente, señor Comisario. Sólo fue un accidente.

Como Carlos, también José Luis, Jesús, Vicente, Yolanda, Carla y el resto de los aquella noche reunidos en el parque acabaron apuntando a Níger como responsable de la muerte de Adrián, a quien todos conocían como el Moro por su piel morena y su pelo rizado.




Níger fue condenado a varios años de cárcel. Pasaría en ella mucho más tiempo del que ya había pasado en otras temporadas. Le daría tiempo a reflexionar, o no, a reinsertarse en la sociedad, o no, y a conocer a personas que le podrían enseñar cosas que aún no conocía y que le podrían ser muy útiles al salir, o no. 

Le metieron en una celda individual. No era muy grande ni muy alta y tampoco disponía de mucha luz. La primera noche, notó algo extraño en la celda. Encendió el mechero que llevaba siempre encima y descubrió, sentado, junto a la puerta y liándose un porro, al Moro.

Apagó el mechero y la habitación volvió a quedarse a oscuras. Una pequeña llama se iluminó al instante siguiente. La llama encendió un porro y el porro empezó a ser fumado por la oscuridad reinante.

-        ¿Quieres una calada?", preguntó una voz conocida.

-        Sí, bro, pásamelo.


La respuesta

Escrito por solocuentos 05-07-2017 en La respuesta. Comentarios (0)

SOPA CALIENTE

La última vez que vio a su padre, Saúl contaba apenas quince años. Su padre colgaba de una soga atada a una viga del techo del garaje. Su cuerpo inerte colgaba fláccido y, a sus pies, se había formado un charco de orina junto a una silla caída. 

Saúl había ido al garaje para avisarle de que la comida ya estaba lista y de que todos le esperaban para empezar. Regresó solo al comedor y se sentó en su sitio, junto a Adelina, su hermana mayor, y Julián, su hermano pequeño. 

Su madre le preguntó dónde estaba su padre y él respondió que en el garaje. "¿Y por qué no ha venido contigo?". Él se encogió de hombros y comenzó a comer la sopa, pues su madre siempre le dijo, desde pequeño, que no dejase que la comida se enfriara en el plato. 

Preocupada por el mutismo de su hijo y por la ausencia de su marido, la madre bajó al garaje.

Al momento, se oyó un grito desgarrado y, rápidamente, Julián y Adelina acudieron al lugar de donde provenía. Saúl continuó comiendo la sopa hasta dejar, como siempre, el plato completamente limpio.



OCULTA REALIDAD

Toda la familia acudió al velatorio y al entierro. Su madre estaba destrozada; no comprendía por qué su adorado marido había hecho algo así. Era feliz, lo tenía todo. Un buen trabajo, una familia que lo quería, buenos amigos. Sin embargo, había decidido quitarse la vida una mañana de domingo del mes de julio. 

Como su mujer, todos, amigos, hermanos, padres, tíos, se encontraban completamente perdidos y nadie acertaba a descubrir los motivos que podrían haber causado este trágico final.

Pasados los meses, fueron descubriendo, poco a poco, cosas que revelaban una realidad del hombre que nadie conocía. 



ESMERALDA

"¿Quién es esa mujer?", le preguntaba Saúl a su madre. "¡Una puta, una guarra, una víbora!". De ahí no salía. 

Fue Adelina la que finalmente le dio una respuesta más específica: "Era la amante de papá. La conoció en un burdel. Una prostituta. Papá iba de vez en cuando de putas. La conoció como cliente". 

Saber que su padre era un putero y que la mujer que le había hecho perder la cabeza era una prostituta no alivió precisamente la sensación de confusión que experimentaba. Estaba completamente perdido desde que vio a su padre colgado. Quería encontrar una explicación racional a todo lo que había sucedido.

"¿Cómo se llama aquella mujer? ¿Dónde puedo encontrarla?". Su hermana, sorprendida, le preguntó por qué quería hacerlo. "Necesito saber cómo es y por qué papá se suicidó". 

Ella no entendía por qué quería hablar con aquella mujer que les había destrozado la vida a su madre y a ellos. Sin embargo, le facilitó la información que necesitaba: “Esmeralda, Pétalos”. También le advirtió que, habiendo pasado ya cuatros años del suceso, quizá ya no trabajara ahí.



EL CLUB

El Pétalos era un club de carretera que se hallaba a unos veinte kilómetros de su casa. Una noche, le cogió el coche prestado a su madre y se dirigió al local. Se había sacado el carnet de conducir unos meses antes y aún no tenía mucha seguridad, pero le había dicho a su madre que iría a estudiar a casa de un compañero de la facultad que no vivía demasiado lejos. 

El club no estaba muy lleno; sólo un par de cincuentones, escoltados por tres chicas, bebiendo unos cubatas junto a la barra y un par de parejas sentadas en unos sillones de cuero. 

Temeroso, se acercó a la barra y pidió una cerveza. Al momento, una mujer de unos cuarenta años y muy maquillada, se le acercó y le preguntó si la invitaba a una copa. "No tengo demasiado dinero, lo siento", se disculpó Saúl. Ella se alejó de él como si fuera un apestado. 

La chica de la barra le trajo la cerveza y le dijo el precio, mucho más elevado que en el bar de la facultad. "Por cierto", preguntó armándose de valor antes de pagar, "¿podría hablar con Esmeralda?". "¿Sólo hablar?", preguntó burlona la camarera. "Sí, necesito hablar con ella de algo importante". 

La camarera comprendió que el chico hablaba en serio y, también en serio, le dijo que Esmeralda ya no trabajaba allí, que se había marchado hacía unos meses. "¿Y no sabes dónde podría localizarla?". La mujer, apiada por la mirada de desesperación del joven, le dio la información que le pedía. 

"Búscala en la sección de contactos de los periódicos. Se hace llamar Brunila. Pone que tiene 19 añitos, que es una universitaria cachonda y que te hará de todo, y todo será de matrícula de honor. El anuncio dice algo así", concluyó la camarera.



BRUNILA 

Al día siguiente, localizó un anuncio en el periódico local que podría encajar con lo que le había indicado la camarera del Pétalos. Brunila aseguraba tener 22 años y dominar varias lenguas, afirmaba que hacía de todo y que todo lo hacía de matrícula de honor y, al final del texto, incluía un número de teléfono móvil. 

Tres intentos de comunicar con ella toparon con el contestador automático. Al cuarto intento, y al cuarto tono, una voz sensual de mujer contestó. A él, le temblaba la suya cuando preguntó por Brunila. "Sí, soy yo, cariño. ¿Qué deseas?". Concretaron una cita para aquella misma tarde. "¿Cuánto tiempo estarás?". Ella le detalló sus tarifas. "Una hora", decidió finalmente el joven. 

La calle donde se encontraba el apartamento de Brunila, o Esmeralda, era pequeña y estrecha. Ubicada cerca del centro de la ciudad, no estaba muy concurrida. Sin embargo, y antes de pulsar en el telefonillo de la calle el número del piso de la prostituta, Saúl se dio la vuelta para comprobar que nadie le miraba. Le avergonzaba haberse citado con una meretriz y temía que la gente leyera en sus ojos y en sus acciones lo que iba a hacer. 

Al subir los sucios escalones que le conducían a la segunda planta de aquel viejo inmueble, notó cómo el corazón se le aceleraba y el estómago le comenzaba a dar vueltas amenazando con provocarle una violenta arcada. 

La puerta B del segundo piso estaba entreabierta y la figura de una mujer se adivinaba en la penumbra de la entrada. Brunila, o Esmeralda, era un poco más alta que él y vestía una bata muy fina que dejaba entrever su ropa interior. Aparte de la ropa interior y de la bata, la exuberante mujer lucía unas medias negras cubriendo unas esbeltas y alargadas piernas y unos zapatos de tacón de aguja que llevaba con elegancia y naturalidad. 

Tras darle un par de besos, condujo al joven por un estrecho pasillo hasta un cuarto no especialmente grande y presidido por una cama sobre la que se movía un ventilador de techo. A la luz de la habitación, Saúl pudo admirar la enorme belleza de la mujer, se perdió en la contemplación de sus grandes ojos negros, se extasió ante los carnosos y húmedos labios de la hetaria y admiró su larga y ondulada melena color azabache. 




SÓLO HABLAR 

Su mirada inteligente y pícara enseguida le intimidó. "Bueno, dime, ¿qué quieres que hagamos?". Saúl, tragó saliva y, armándose de valor, habló: "Sólo quiero hablar contigo, o con Esmeralda, de algo muy importante para mí". Ella le miró desconfiada y le preguntó de qué deseaba hablar y por qué motivo la llamaba Esmeralda. "Hace cuatro años, mi padre se colgó de una soga atada a una viga del techo del garaje de casa. La última vez que le vi, colgaba inerte, fláccido y con un charco de orina a sus pies. Desde entonces, me encuentro perdido y confuso". 

Brunila, o Esmeralda, suspiró, abrió un poco la ventana de la habitación, cogió un paquete de cigarros, un mechero y un cenicero y, tras quitarse los zapatos de tacón, se sentó en el borde de la cama. Mirando a la ventana, encendió un cigarrillo. 

Saúl continuaba de pie, a su espalda. Ella se giró para mirarle y, señalando con la cabeza una silla que había en una de las esquinas del cuarto, le ordenó que se sentara. "Así que tú eres su hijo, ¿no? Saúl, supongo". Él asintió con la cabeza. 

La mujer comenzó su relato con calma, entre calada y calada, entre cigarro y cigarro. "Tu padre llegó una noche al Pétalos mientras yo atendía a otro cliente en una de las habitaciones. Eligió a Katerina, una chica ucraniana que no se llamaba así, pero en esta profesión ninguna conserva su nombre real. Cuando tu padre salía del club, tropezó conmigo y nuestras miradas se cruzaron".


CARMELA

La mujer, que en realidad se llamaba Carmela, quedó impresionada con la mirada de su padre y, al parecer, a éste le ocurrió lo mismo, puesto que, a las pocas noches de aquel cruce de miradas, regresó al club y aguardó paciente a que ella quedara libre. "Subimos a la habitación y ahí pasamos una inolvidable hora de pasión. Tu padre disfrutó como hacía tiempo que no disfrutaba y yo gocé como nunca".

De esa manera se conocieron y, a partir de aquella noche, hubo otras muchas veladas de interminable placer en las habitaciones de aquel modesto club de carretera. Su padre ganaba suficiente dinero para mantener a su familia y para sostener a aquella mujer que le tenía obsesionado. "Así que me propuso que dejara el club. Quería alquilar un apartamento para que pudiéramos disfrutar cuando quisiéramos y donde yo pudiera vivir sin preocupaciones y sin necesidad de trabajar".

Al parecer, el padre del chico se había obsesionado con ella hasta el punto de plantearse alquilarle un apartamento y apartarla de la prostitución. "¿Enamorado? No creo que lo estuviera. Os quería a vuestra madre y a vosotros, pero necesitaba algo más y sólo yo se lo podía proporcionar". 

A Saúl le costaba asimilar que su padre quisiese a su madre y que, al mismo tiempo, la engañara de esa manera. Carmela se encogió de hombros. "Él nunca me habló sobre ese asunto, pero creo que, como muchos hombres casados, y también algunas esposas, se había acostumbrado a tu madre. Quizá suene un tanto frío, pero muchas parejas pasan de la pasión inicial al amor reflexivo y acaban cayendo en la desapasionada costumbre. Viven juntos, comparten muchas cosas y mantienen una relación basada sólo en la costumbre de la convivencia de muchos años. Tu padre estimaba a tu madre, pero hacía tiempo que no la deseaba y quizá sólo estaba acostumbrado a vivir con ella".

Saúl, desconcertado por todo lo que le contaba la mujer, le preguntó entonces por qué no había aceptado la propuesta de su padre. "No lo sé con certeza. Dudé bastante. Tu padre me gustaba mucho. No sé si estaba enamorada, pero sí que me hacía sentir especial, única. Sin embargo, sentí miedo a verme envejeciendo sola en un apartamento frío y solitario alejada de la persona a la que deseaba. Me vi sola, vieja y más triste que nunca. Sentí miedo y dolor, pero finalmente le dije que no, que no podía aceptar su propuesta. Además, y esto resultó lo más doloroso de todo, le rogué que no regresara jamás".

Carmela terminó su quinto cigarrillo, lo apagó, se incorporó de la cama, cerró la ventana, se acercó a Saúl y le indicó que ya era hora de irse. Él hizo además de pagarle por la hora que habían estado juntos, pero ella negó con la cabeza. "¿Y regresó en alguna ocasión?", preguntó Saúl en la puerta de la casa. Ella volvió a negar con la cabeza. Le dio un beso en la mejilla, abrió la puerta y el chico salió con la cabeza gacha y las manos metidas en los bolsillos de la cazadora. 


OTRO CLUB 

La cabeza le daba cientos de vueltas, el cuerpo le pesaba como si cargara con un yunque sobre la espalda y sus pies se arrastraban exhaustos por las calles prácticamente desiertas. No quería regresar a casa aún; demasiadas preguntas se almacenaban en su cabeza, demasiadas dudas, demasiados enigmas que jamás conseguiría resolver. Decidió entrar en un bar y pidió un tercio. Tres tercios completaron un litro de cerveza y, tras éste, llegaron otros dos litros más. 

Borracho como una cuba, comenzó a vagar sin rumbo. Sus pasos le condujeron hasta una callejuela que no conocía y, al final de la cual, se distinguían las luces de un club de alterne. Entró en él. Pidió un cubata y una chica se acercó y le preguntó si la invitaba a una copa. Él quiso saber su nombre. "Me llamo Samantha, guapo". 

Él pidió una copa para la chica.