Blog de solocuentos

Noche calurosa

Escrito por solocuentos 04-07-2018 en Noche calurosa. Comentarios (0)

La chica lloraba desconsolada. Sentada en el primero de los escalones que ascendían hasta la puerta de la entrada de un edificio de viviendas cualquiera y mirando el móvil, la joven no paraba de sollozar. 

Unos ojos cansados la observaban desde uno de los pisos bajos de un edificio sito en la misma calle que aquel donde gimoteaba la muchacha. 


La noche era calurosa y costaba un mudo dormir; especialmente si uno oía los llantos de una chica apesadumbrada y los ruidos que salían de su móvil. No paraban de llegarle mensajes a éste -probablemente de whatsapp- y ella los respondía al instante de recibirlos. 

No, no había silenciado el teclado. Los mensajes tenían, además, un pequeño y desquiciante tono, sobre todo cuando uno no podía dormir, que se repetía tanto como el llanto desesperado de la joven. 


"Gracias" a los ruidos producidos por aquel móvil, por los llantos de la dueña del mismo, por los que procedían de un bar no muy lejano y de alguna que otra televisión puesta a un volumen demencial, el cuerpo sudado al cual pertenecían los ojos que observaban, desde su calurosa habitación a la pesarosa chica, se incorporó de la cama, se acercó a la ventana y se puso precisamente a ello, a contemplar a la abatida joven.

Ésta, de unos veinte años, se hallaba en un estado de consternación desesperado. Alternaba los llantos desgarrados, con la escritura de mensajes, que eran inmediatamente contestados por su interlocutor o interlocutores. 


"¿Qué le habrá ocurrido a la pobre?", se preguntaba el insomne acalorado mientras se rascaba desganado uno de sus desnudos muslos. "Un mal de amores", elucubró, "es lo más común". La chica ya tenía una edad en la que, probablemente, ya le hubiese tocado sufrir antes esta misma tristeza. 

"Cuando uno es joven", pensó el cerebro de aquel cuerpo observador mientras una de sus manos abría una lata cerveza fresca que había cogido de la nevera, "todo se magnifica; las alegrías y las penas. Uno lo vive todo con una gran intensidad, con pasión desbordada. ¡Pobre muchacha!". 


Ella seguía aferrada al móvil, quizá aguardando un mensaje que no acababa de llegar, o que no llegaba tal y como ella esperaba. Quizá aguardaba una explicación convincente a una traición sufrida, o una vuelta atrás a una ruptura anunciada previamente, o algún mensaje que pudiera aliviar su dolor. 

Era el móvil aquello a lo que se aferraba con más fuerza la chica, aquel sostén que la mantenía alerta y que impedía que se hundiera por completo en la desesperación; seguramente, también habría llegado a través del móvil la terrible noticia que tanto la entristecía.


No corría ni una pizca de aire. Aquellas noches de verano resultaban insoportables. Dar vueltas y más vueltas en una cama sudada, cambiar de habitación, de colchón, de postura. Nada daba resultado. Acababa por asomarse a la ventana y mirar a la, más o menos, animada calle. 

En otras ocasiones, uno podía ser testigo de espectáculos más entretenidos, aunque igual o más deprimentes, que el de aquella noche. Peleas de borrachos que casi nunca llegaban a las manos y que resultaban bastante cómicas, diálogos surrealistas entre personas que, como aquella que observaba desde su piso, no lograban conciliar el sueño, o riñas de enamorados con acusaciones mutuas de infidelidades, incomprensiones o desinterés. Aquella noche, era la chica la que asumía todo el protagonismo de la función. 

Terminada la cerveza y vencido por el sueño acumulado tras varios días durmiendo mal, el ser observador abandonó su puesto de vigilancia, cogió un par de almohadas y se tiró derrotado sobre el suelo del comedor, la estancia menos calurosa de aquella vivienda.

“Arrullado” por el ruido producido por los llantos de la chica, por los mensajes que llegaban a su móvil, por los que generaba el teclado del mismo y por los que brotaban de algunas televisiones y lejanas discusiones, los ojos que tanto miraron hacía un rato se fueron, poco a poco, cerrando y, finalmente, el sueño y el cansancio se impusieron al calor y el ruido.

A la mañana siguiente, a las pocas horas de conciliar por fin el sueño, otros ruidos diferentes despertaron a aquel cuerpo agobiado por el calor.

El día se presentaba largo y bochornoso.

La noche volvería, seguramente, a resultar insoportable, con o sin espectáculo callejero.


Esperando a Sócrates

Escrito por solocuentos 12-06-2018 en Esperando a Sócrates. Comentarios (0)


I

Nos reunimos un sábado al mediodía para comer juntos en mi casa y, aunque nuestro querido amigo no llegaba, decidimos encargar una pizza para seis personas.

Mis padres se habían ido ese fin de semana al pueblo y mi hermano se pasó todo el día en su cuarto castigándose con sus pesas, sus flexiones y demás ejercicios gimnásticos al ritmo de los DJ de moda del momento, DJ Apple, DJ Orange y DJ Banano & JTHM Splash.

Llegó el repartidor de pizzas y, como Sócrates seguía sin hacer acto de presencia ni respondía a nuestros mensajes de móvil, decidimos comenzar sin él. Comimos la pizza, trasegamos varias birras y, una vez ahítos de comida y bebida, nos sentamos en los cómodos sillones del salón. Guille preparó entonces el primer canuto. Mientras, mi novia, Carolina, eligió un disco de Johnny Cash y lo puso en el tocadiscos.

Sonaba el "I Walk the Line" cuando le di la primera calada al primer porro de la tarde. 


II
La niebla ya cubría la estancia en el momento en el que Guille preparaba el cuarto peta de la tarde. Del tocadiscos brotaba la melancólica voz de Antonio Vega describiendo "el sitio de su recreo". Del sillón enfrente al cual nos sentábamos Guille, Carolina y yo, nos llegó la ronca voz de Teresa, la novia de Guille. 



- Parece que Sócrates no va a venir.
- Eso parece - asintió a nuestro lado su novio mientras observaba orgulloso su porro terminado -. Aunque él no esté - continuó -, podríamos hablar de algo.
- ¿Sin él? - preguntó un inseguro Tomás, que se sentaba en el mismo sillón que Teresa y que, probablemente (no veíamos nada con la niebla), estuviese mirando alguna revista guarra.
- ¿Y por qué no? - dijo Guille tras darle la primera calada al canuto que acaba de hacer -. No es necesario que esté él para que podamos conversar.
- Ya, es cierto, ¿pero sobre qué? - inquirió Carol.
- Ehhhh..., déjame pensar un segundo... ¿Podríamos hablar del tiempo, no?
- ¡Ésa es buena! - exclamó divertido Tomás - Hoy ha hecho frío, aunque, según lo que ha afirmado la mujer del tiempo, mañana hará más. ¿Así está bien, no? - concluyó burlón.
- No me refiero a ese tiempo, gilipollas - contraatacó Guille, al tiempo que le pasaba el porro a Carol -. Hablo del tiempo vital, del presente, del pasado, del futuro, de toda esa mierda.
- A mí no se me ocurre gran cosa que decir sobre eso - intervine yo.
- Pues a mí, sí - oímos que decía, desde el otro lado de la densa nube, Teresa.
- Adelante pues, mi vida - la animó, juguetón, Guille.
- De acuerdo, cariñín. Para mí, el presente es inaprensible, mientras que...
- ¿Y eso qué hostias significa? - interrumpió Tomás.
- Pues quiere decir que el presente es efímero, casi fugaz. Según lo vivimos, ya se nos convierte en pasado. Es como un pez recién sacado de un río o del mar. Al intentar cogerlo, al tratar de atraparlo, se nos escapa de entre las manos, se nos escurre una y otra vez.
- Pero muchos de ellos, la mayoría de hecho, los acabamos por atrapar - opuse yo.
- Tienes razón. Corregiré mi símil. Digamos que el presente es como un pez extremadamente viscoso y rebelde que tenemos entre las manos, pero que no acabamos nunca por aprehender.
- ¿Por aprender? - preguntó confusa, Carolina.
- Con hache intercalada - aclaré yo.
- ¡Ah, ya!
- El caso - continuó Teresa -, es que el presente resulta algo complicado de aprehender, mientras que el pasado se nos muestra como algo sólido, un tiempo que podemos asir, que conocemos y del que somos conscientes que no varía.
- Eso último se podría discutir - intervino Guille, recogiendo de vuelta el canuto que le pasaba yo.
- ¿Cómo? - inquirió Teresa, quien, al igual que Tomás, pasaba de fumar porros.
- Podrías perder la memoria y ya no habría nada en el pasado, como el de la peli "Memento".
- Razón tienes, amorcito. Por cierto, ¡qué buena película, eh! - todos asentimos.
- O podrías recordar las cosas de una manera diferente a como realmente ocurrieron.
- Esto que acabas de decir, Guille - participó Tomás -, me recuerda a una novela que me leí hace unos años.
- Y yo que pensaba que sólo leías o mirabas revistas guarras. ¡Menuda sorpresa! - bromeé yo.
- ¡Tu madre! - repuso él molesto.
- ¡La tuya! - contraataqué con "brillantez".
- Chicos, chicos, por favor, un poco de tranquilidad - nos calmó Carol, al tiempo se levantaba para cambiar de disco -. Pondré algo de Enya para que os serenéis - Guille se rio con la ocurrencia -. Tomás, por favor, continúa con lo que decías antes de que el burro de mi novio te interrumpiera. 


III
Mientras Tomás nos soltaba la chapa hablando de un libro que había leído de un autor norteamericano llamado nosequé Irving y titulado algo así como "Ya verás si te encuentro", "Espera hasta que te encuentre" u otra cosa similar, y que se suponía que tenía relación con el asunto de la poca fiabilidad de determinados recuerdos que tenemos sobre algo sucedido en épocas remotas -especialmente cuando somos pequeños-, yo me sumergí en mi mundo y me puse a pensar en mi novia y en la relación que manteníamos.

Llevábamos medio año saliendo juntos y aún no sabía muy bien si me gustaba realmente. Me pregunté qué pasaría, o qué sentiría, si, por ejemplo, ella se muriera de repente. El caso es que, en ese momento, pensé que tampoco me dejaría demasiado jodido. Y si me dejara hoy, o mañana u otro día cercano, quizá tampoco me fastidiaría mucho. 

Lo cierto es que no estaba mal con ella, pero a veces me jodía con sus comentarios sarcásticos y sus burlas. "No", me confesé, "definitivamente pienso que podría prescindir perfectamente de ella en mi vida. Además", continué con mi monólogo interior, "yo estoy realmente enamorado de otra, de la profesora de filosofía, de doña Cristina".

Mi profesora tendría unos 35 años más o menos, vestía casi siempre con unos pantalones vaqueros muy ajustados y con unas blusas blancas no demasiado holgadas. Soñaba a menudo con ella. En ese momento, pensando en mi musa y en sus vaqueros ajustados, suspiré. No lo pude controlar y lo hice en alto.



- ¿Por qué has suspirado? - preguntó enojado Tomás - ¿Es que te aburre lo que estoy contando?
- No, tronco, lo siento. No te chines. Es que me está agobiando un poco todo este humo - mentí, al tiempo que me levantaba del sillón y me acercaba a la ventana para abrirla.
- Eres un puto mentiroso. Seguro que te estabas aburriendo y te has puesto a pensar en otra cosa.
- O en otra persona - intervino, metiendo algo más de cizaña, Guille.
- Pues sí, tenéis razón. Lo siento, Tomás. Estaba pensando en otra cosa: en los vaqueros ajustados de doña Cristina.
- Eres un cerdo - me acusó Carolina.
- Como todos - apostilló Teresa. 
- La verdad es que está muy buena la tía - intervino Tomás.
- Es verdad - apuntó Guille -, casi tanto como tu madre, Raúl.
- Gilipollas - le insulté molesto.
- ¡Eh, lo siento, tronco! No te ofendas, pero es que tu madre está cañón, colega.


Solté un gruñido al tiempo que cerraba la ventana. Guille ya estaba laborando en la confección de otro peta -ya había perdido la cuenta de cuántos llevábamos-, Tomás se entretenía con otra revista guarra, Teresa se preparaba un gin tonic y, mientras Carol revisaba los libros de la estantería del salón, yo me sumergí de nuevo en mi universo interior pensando en lo que acababa de decir Guille sobre mi madre.


IV
Me pregunté entonces qué me diría, en una ocasión como ésta, mi buen y astuto colega Sócrates, quien, por cierto, continuaba desaparecido. "¿Consideras, mi bello Raúl, que tu progenitora es hermosa o fea?", me preguntaría él, a lo que yo respondería que "hermosa". Volvería entonces, con su sempiterna sonrisa, a cuestionarme: "¿Qué podrías afirmar, mi leal amigo, al respecto de una mujer hermosa: que está buena o que no está buena?", y yo no tendría otra opción que aceptar la primera de las dos alternativas propuestas. "¿Piensas, como yo, mi joven compañero", continuaría él liándome en su red de preguntas y respuestas, "que es de justicia y responde al bien decir siempre la verdad, incluso en aquellos momentos en que, por causa de ésta, se pueda sentir dolida alguna persona querida?". Expresaría mis dudas al respecto, pero acabaría por admitir su proposición. "Entonces", concluiría por fin Sócrates, divertido al comprobar mi total derrota, "¿no ha hecho nuestro común amigo Guille algo que es de justicia, es decir, no ha afirmado algo que es una verdad como un templo, o sea, que tu madre está muy buena, que está cañón?". 



- Tienes razón, Guille - dije en voz alta -. Mi madre está buena, muy buena.
- ¿Has estado todo este tiempo dándole vueltas a esa pollez?
- Sí, y finalmente ha sido Sócrates quien me ha convencido de que no has hecho otra cosa que decir la verdad y que es de justicia y acorde con el bien decir siempre y en todo momento la verdad.
- Te recuerdo que Sócrates no está aquí, cari - me informó Carol.
- Ni doña Cristina - bromeé yo.
- Gilipollas - respondió ella, justo en el momento en que, luciendo sus trabajados abdominales, hizo acto de presencia mi hermano.
- ¡Vaya humareda! -exclamó al entrar en el salón - Raúl, antes de que os vayáis, quiero que airees esto. Da mucho asco.
- ¿Y tú podrías ponerte algo encima, no?
- Casi mejor que no - bromeó Carol.
- Mucho mejor como está - corroboró Teresa.

Mi hermano les obsequió entonces con la mejor y más bobalicona de sus sonrisas de seductor.

- ¿Y tú qué guarradas miras? - le preguntó a Tomás, que seguía a lo suyo sin molestar a nadie.
- ¡Yo! Pues miro lo que me dejan mirar y leo un poco de todo. Y tú, ¿lees algo más aparte de los manuales de instrucciones de tus pesas? - le provocó Tomás.
- Algo leo también, y también ligo algo más que tú, lo cual no creo que sea muy difícil, pues mira que eres feo, chaval - contraatacó mi hermano.
- Admito que no soy especialmente agraciado - le concedió mi colega, un tipo con la cara plena de granos, una nariz inmensa y una calvicie galopante a pesar de su juventud -, pero sé que, de aquí a veinte o cuarenta años, los tipos interesantes y de peculiar belleza como yo tendrán un gran tirón entre las mujeres, mientras que los musculitos y macarras como tú resultarán asaz grotescos.
- Menuda gilipollez. Eres un payaso y un loser. Me aburres; me aburrís. Me vuelvo a la habitación. Y tú - me señaló amenazante -, recuerda lo que te he ordenado hace un momento: antes de que os vayáis, quiero todo esto ventilado.
- Sí, bwana.

Mi hermano regresó a su habitación y Teresa y Carolina exhalaron simultáneamente un suspiro. 



- ¡Menudo imbécil! - exclamé cuando desapareció.
- ¿Estás celoso de él? - preguntó Guille cachondeándose.
- Lo está - apuntó Teresa.

Carol comenzó a reír y yo me levanté para cambiar el disco. Puse a Franco Battiato y, para desviar la conversación de mí y de mi musculoso y vitaminado hermano, bromeé con Tomás:


- Mira, tronco, un poco de tu primo Napiato. Seguro que te encanta.
- La que me encanta es tu madre, imbécil.
- Normal - repuse yo -, es que está cañón.

Reímos todos.

Al tiempo que el viejo Franco cantaba en italiano sus greatest hists, nos fumamos otro porro, nos preguntamos varias veces dónde se habría metido Sócrates, vimos pasar, hacia el cuarto de mi hermano, a su barbienovia y, finalmente, aburridos de estar en aquel nebuloso salón, y sin haberlo ventilado antes, salimos a la calle.


V
A la mañana siguiente, me desperté con Carol a mi lado. Así, durmiendo tranquila, parecía un esponjoso y dulce osito de peluche al que apetecía abrazar y comer a besos. Tal vez sí que la quería. Comencé entonces a besarle en el hombro, en la nuca, en la boca. Ella acabó por despertar, pero me pidió por favor que la dejara en paz, que quería dormir.



- Ahora te dejo, cariño - le dije -, pero te he de comunicar algo muy importante.
- Dimeee - repuso ella aún somnolienta.
- Mira, Carol, si hoy por ejemplo te murieras de repente, así, súbitamente, yo te echaría mucho de menos. Creo que lo pasaría fatal, ¿sabes? Quizá te quiera más de lo que pensaba.
- Estás muy mal de la cabeza, tío - acertó a comentar ella antes de darse la vuelta, dándome la espalda, y de sumergirse en el maravilloso mundo de los sueños. 

Yo, sin embargo, me había desvelado y no podía volver a dormir. Encendí el móvil y vi que tenía un mensaje nuevo. Era de Sócrates:

"Enseguida llego; esperadme".

De hombre a pez

Escrito por solocuentos 01-05-2018 en De hombre a pez. Comentarios (0)

Silencio. No se oye un ruido en el poblado. Hace tiempo que se marchó la última persona que vivía aquí conmigo. Me quedé solo, completamente solo. Huyeron del hambre, de la sed, de la sequía. 

Yo apenas como ni bebo. Estoy cada vez más delgado. Soy prácticamente huesos; sólo huesos con una fina y arrugada piel sobre ellos.

Decido salir de la choza y deambular por el poblado, recordando las conversaciones y la vida de antaño. Recuerdo el amor hallado y el amor perdido. Recuerdo los juegos de la infancia y los trabajos de la adolescencia. Recuerdo a los animales, recuerdo a los pájaros que alegraban las mañanas con sus cantos, recuerdo a las cabras que cuidaba con mis hermanos, recuerdo a los perros que me acompañaban en mis años de pastor. Recuerdo otra vida ya hace tiempo perdida. 

Ahora, sólo queda el polvo, la ruina y el silencio. Queda también ese sol de justicia y esta pertinaz y asesina sequía. Ni una nube en muchos meses. 


Hoy, sin embargo, me sorprende la visión de una nube oscura y cargada de lluvia que descarga el líquido elemento a pocos metros del poblado. ¿Cincuenta, cien metros tal vez? Lo ignoro, pero un impulso me empuja a acercarme a ella.

Cuál no será mi sorpresa cuando compruebo que la nube se aleja según me aproximo a ella. Nunca demasiado lejos de mí, pero nunca lo suficientemente cerca como para que me permita disfrutar de la caída de la lluvia sobre mi apergaminado cuerpo. 

Y, además, el polvoriento suelo absorbe enseguida el agua caída cuando yo llego a aquellas zonas donde se supone que acaba de llover.

Desesperado, me tiro al suelo y araño la superficie, excavo con todas mis fuerzas, con los dedos, haciendo sangrar las uñas, con los pies, con la cabeza, con los dientes, pero nada. Debajo de las piedras y el polvo, sólo encuentro más piedras y más polvo.

El horizonte se extiende infinito y la nube, que no acaba de descargar todos los litros de agua que porta en su interior, sigue a esos cincuenta, cien metros, aguardándome con sadismo. 

Extraigo fuerzas de donde no las hay y comienzo a correr tras ella, que se adapta a mi velocidad para no estar nunca ni demasiado lejos ni demasiado cerca.


Y casi alcanzándola, llegamos ante una elevada montaña tras la cual desaparece mi burlona perseguida. Me derrumbo en el suelo y, después de unos minutos de descanso y llanto, comienzo, lenta pero tenazmente, la dura ascensión. 

Al llegar a la cima, tras horas de esfuerzo y sufrimiento, diviso de nuevo a la traviesa nube que aguarda juguetona mi descenso. 

En ese instante la maldigo. Les grito al desierto de dunas que se abre tras la abrupta bajada y a la maldita nube. Y los maldigo y les deseo mil males –o más- e infinitos tormentos antes de proceder al suicida descenso, pues decido bajar sin poner cautela para no tropezar, para no resbalar, para no caer. Y, por ello, tropiezo, resbalo, caigo una y mil veces y vuelvo a sangrar y, de nuevo, sufre mi exhausto cuerpo antes de llegar a la base de la montaña.


Abajo, comienzo de repente a menguar, pierdo mis cuatro extremidades y me escurro dentro de mis raídas ropas de las que escapo convertido en serpiente. He mudado de cuerpo, de camisa, de piel, pero sigo tras ella, que se adapta una vez más a mi ritmo, éste sinuoso y menos pesado, pero también sufriente. Padece este nuevo ser, como padeció el hombre que fui hace un momento, el calor que lo golpea inmisericorde. Aun así, continúo adelante tras la nube, tras la lluvia, tras la última esperanza de vida.

Una vez concluida la agotadora jornada, el castigador astro se oculta dejando paso a una noche sin luna que iluminan cientos de estrellas. Consternado, compruebo que ya no hay nube en el firmamento. Puedo contemplar la maravillosa bóveda celeste cubierta de estrellas sin que ninguna de ellas quede oculta detrás de nube alguna.


Y nuevamente experimento un cambio. Siento que me vuelven a crecer extremidades y ahora, además, cuento con un par de alas que me elevan hacia ese bello firmamento en busca de la vida, de mi nube, de alguna nube, del agua, de los demás, de los que un día abandonaron el poblado. 

Mi vuelo me dirige al norte, siempre hacia el norte, pues en esa dirección desaparecieron los demás, los que un día abandonaron del poblado.

A pesar del cansancio, atravieso este y otros desiertos y, al llegar la mañana y ver otra vez a mi brillante enemigo, vislumbro al gran azul, una inmensa extensión de agua en dirección a la cual bajo a velocidad de vértigo. 


En picado aterrizo sobre ella, metamorfoseando una vez más, pasando de ave a pez. Y nado feliz, sintiendo la frescura de las aguas, encontrando a otros como yo junto a los que avanzo creando hermosas formas geométricas. 

Mis compañeros de banco no tienen nombre y yo también he olvidado el mío, aquel utilizado por los vecinos del poblado para dirigirse a mí. Esquivamos la basura del hombre, la inmundicia de esos hombres que, un buen día, decidieron lanzar al agua, y sobrevivimos comiendo lo que necesitamos para seguir adelante, siempre adelante, hacia el norte, el esperanzador septentrión

Un día, sin embargo, todo se torna confuso y empezamos a nadar sin rumbo, pero en círculos, más pequeños cada vez, más apretados, más enredados, y finalmente ascendemos y vuelvo a encontrarme con el otro inmenso azul. 

En un barco, nos depositan en cajas. Nos llevan al puerto, nos subastan, nos conducen a un mercado, nos venden y, envueltos en papel de periódico -El Correo-, nos llevan, en parejas, tríos, cuartetos o de forma individual, a diferentes casas.


A mí me ha tocado la casa de Jokin y Maialen, quienes viven con su hijo pequeño Beñat. 

Su otra hija, Ainhoa, que estudia Cocina en el Basque Culinary Center de Donosti, ha vuelto este fin de semana a Bilbao para visitar a sus padres y a su hermano. Ha decidido prepararme al horno con patatas panaderas, limón y un licor que no he logrado identificar pero que se me ha subido un poquito a la cabeza. La presentación que ha hecho de mí es excelente y a todos les encanta mi sabor. 

Maialen, la madre, antigua versolari y hoy profesora de secundaria de música, es la que se encargó de comprarme en el mercado y a ella se dirigen parte de las alabanzas de la familia al haber elegido un ejemplar tan sabroso. El resto de los cumplidos se los lleva, obviamente, mi querida cocinera Ainhoa. 

El padre, Jokin, ex pelotari profesional y actualmente director de sucursal bancaria del BBK, se ha encargado de poner la mesa, de partirme en trozos y de repartirlos entre los cuatro comensales, reservando la parte más grande al pequeño Beñat, joven cachorro de Lezama que sueña con ser el nuevo Aritz Aduriz.


Mientras se deleitan con el sabor de mis carnes, y antes de desaparecer del todo de la faz de la Tierra, uno de mis ojos disfruta de la visión de la lluvia, una lluvia copiosa y revitalizadora que cae al otro lado de la ventana. 

"Normal", me digo, "en Euskadi siempre llueve. Tendría que haber nacido aquí".


Y el joven Jokin tomó mi último trozo, lo acercó a su boca y...

Deseo cotidiano

Escrito por solocuentos 17-04-2018 en Deseo cotidiano. Comentarios (0)

Dos cabezas se acercan lentamente. Unos labios se aproximan a una oreja y susurran unas pocas palabras. Un cerebro las traduce instantáneamente: "Te deseo". 


A continuación, dos caras, enfrentadas una a la otra, se unen a través de unos sedientos labios, que se pegan y despegan una y otra vez. Dos lenguas juegan, cual inquietas culebras, a enredarse y desenredarse y, de tanto en tanto, unos dientes muerden suavemente unos labios. 

Al tiempo que las bocas se besan, se alejan unos pocos milímetros y se vuelven a besar al momento, dos manos, una más grande y rugosa que la otra, se encuentran y sus dedos comienzan a danzar componiendo cientos de figuras diferentes. Mientras, una mano masajea una espalda y otra distinta se detiene en una nuca despejada. 


Tras unos minutos repitiendo estos movimientos y otros más osados, dos cuerpos se incorporan de un banco. El sol se va escondiendo al tiempo que dos pares de piernas se alejan sin prisa de un parque, atraviesan varias calles, algunas plazas y diversos semáforos hasta arribar a un viejo edificio de ladrillo de varios pisos. 

Una mano se sumerge en un bolsillo, descarta un pañuelo usado, varias monedas y se hace con un llavero pleno de llaves de tamaños variados. De todas éstas, elige una, la introduce en la cerradura de una puerta que da acceso al inmueble, gira la llave, abre la puerta y la mantiene abierta hasta que han pasado el otro cuerpo y el suyo, mano y brazo incluidos. 

El primer cuerpo en entrar avanza hasta un ascensor, abre la puerta de éste y, cuando han pasado los dos cuerpos, la cierra. Un dedo pulsa un botón y el ascensor empieza a elevarse al tiempo que los dos cuerpos se aproximan, los labios nuevamente se juntan y las cuatro manos recorren cada ángulo del cuerpo ajeno. 

Un ascensor se para, una puerta se abre y se cierra, y tras ésta, otra, a unos pocos metros de la anterior, hace otro tanto, es decir, abrirse y cerrarse. Dos cuerpos se mueven a trompicones a través de un hall que conduce a un pasillo, de un pasillo que conduce a una habitación, de una habitación en cuyo centro hay una cama, donde aterrizan frenéticos los dos cuerpos ya despojados de sus ropas, desordenadas y dispersas por un hall, por un pasillo, por una habitación y por una cama desordenada. 


En una cama, se dibuja un caos de manos, piernas, pechos, nalgas, piernas, pies... Se oyen jadeos, suspiros y palabras sueltas e inconexas. Agotamiento después del frenesí. Y exhaustos, llegan la dulzura, las tiernas caricias, los suaves besos que, poco a poco, se cargan de electricidad, de pasión, de frenesí, de nuevo de frenesí, comenzando otra vez el caótico baile de cuerpos. Y se repite este juego en varias ocasiones hasta que, rendidos, un par de cuerpos se abandonan al sueño. 


Un despertador suena. Un dedo lo silencia. Un par de cuerpos se levantan de una cama revuelta. Una mano exprime varias naranjas, otra echa café en el depósito de la cafetera; una mete pan de molde en la tostadora, otra unta un par de tostadas con mantequilla y mermelada de fresa. 

Dos bocas hambrientas aspiran zumo, café y tostadas entre beso y beso. Dos cuerpos desnudos se mezclan bajo el agua de la ducha. Cuatro manos enjabonan dulcemente dos cuerpos aún agotados por el esfuerzo de la noche anterior; posteriormente y sin prisas, los secan concienzudamente. 

Dos cuerpos se visten perezosos, cuatro piernas caminan hasta una puerta que abre y, posteriormente, cierra una llave. Cuatro piernas descienden por unas escaleras y, ante otra puerta, se detienen. Al otro lado de esta puerta, una calle en pendiente. Dos cuerpos se abrazan una vez más y dos labios se reúnen de nuevo. Después de separarse, un cuerpo comienza el ascenso, mientras que el otro desciende en sentido contrario. 


Dos manos se despiden antes de perderse de vista dos pares de ojos. Un cuerpo gira a la derecha; otro sigue recto. 


Dos cuerpos se alejan. 


Dos cerebros, cada paso más lejos el uno del otro, comparten, como todas las mañanas, un mismo recuerdo, un común y placentero recuerdo. 


La mujer de Toni

Escrito por solocuentos 01-03-2018 en La mujer de Toni. Comentarios (0)

En la vida, existen amistades que elegimos, que luchamos por hacer nuestras y por conservar pase lo que pase, mientras que hay otras que nos son impuestas y que acabamos interiorizando y asimilando como algo propio, inherente a nuestro ser, igual que nuestras virtudes y defectos.

Ejemplo de este segundo tipo de amistad fue la que tuvimos, y se supone que aún conservamos, Antonio y yo. La nuestra fue una amistad de madres; madres que eran vecinas y amigas.

Me explico: mi madre, Antonia, vivía en el tercero C, junto a mi padre, mis dos hermanos mayores, un perro, un loro, un cartero apuesto que la visitaba de tanto en tanto y un servidor.

En el tercero B vivía la madre de Antonio, a quien ya desde pequeño llamaron Toni. La madre de mi amigo respondía al hermoso nombre de Adelaida, Ade para su marido Paco, Adela para sus dos hijas y para su hijo, y Heidi para el apuesto cartero, quien habitaba en la letra A de esa tercera planta.

El caso es que nuestras madres eran amigas, residentes en Madrid y ganaron un viaje a Benidorm en el "Un, dos, tres", pero esto último tampoco importa demasiado. Nosotros dos, Toni y yo, al nacer el mismo año, el mismo mes, aunque en días diferentes, fuimos condenados -o, según se mire, bendecidos- a la amistad eterna, que es como el amor eterno, aunque sin escenas subidas de tono ni indigestas mariposas en el estómago.

TONI

Así, atados por los fuertes lazos de la amistad eterna, Toni y yo fuimos a la misma guardería y peleamos a muerte en mil ocasiones por el mismo juguete. Tras la derrota número mil, comprendí que él era el macho alfa y que a mí me tocaba el papel de su sombra.

Podría haber sentido celos, envidia -pero no de la sana, sino de la cochina-, odio, ira, etc., etc. etcétera, pero opté por ser práctico y decidí beneficiarme de la amistad con el líder de la manada. Fue precisamente al aceptar ambos roles, el mío y el de mi amigo, cuando descubrí que la razón, y no la irracional pasión, sería la guía que marcaría las decisiones que tomaría en cada encrucijada vital que se me presentara.

Según crecíamos -él mucho más que yo-, constaté varias realidades más respecto a mi amigo: como la miel a las moscas, atraía a todo tipo de mujeres y a algún que otro hombre; no estaba dotado para la fidelidad ni para el celibato; era un tipo pasional que se guiaba por sus impulsos a la hora de actuar y no medía jamás las consecuencias de sus acciones.

Desde el jardín de infancia, fui un privilegiado testigo de sus correrías amorosas con toda clase de niñas, jóvenes y, finalmente, mujeres hechas y derechas. Al ser yo su mejor amigo, pude beneficiarme de la condición de escudero de tan popular caballero y, a falta de ínsulas que gobernar, me convertí en el consuelo de las pobres muchachas a las que descartaba cuando optaba por la belleza de turno.

"Segunda Opción", me llamaba a mí mismo. Sin embargo, era feliz con esa condición y procuraba sacar provecho de ello. Aunque al principio las chicas que se conformaban con "Segunda Opción" no veían más que un tipo enclenque, cubierto de granos y con unas gafas horrendas y enormes, después comprobaban que, a pesar de todo ello y debajo de ese nada atractivo cuadro, había un individuo divertido y ocurrente. Alguna de esas chicas consintió en darme un beso y alguna otra llegó a salir unos cuantos días conmigo; no muchos, por supuesto.

Ya en la Universidad, con lentillas y sin acné, mi aspecto exterior mejoró bastante, aunque eso no impedía que siguiera a la sombra de mi amigo, el impulsivo, pasional y seductor empedernido Toni. En esos años, y a punto de concluir nuestros estudios, sucedió el milagro y, posteriormente, la malhadada caída, la más dura caída, la caída de la que logré recuperarme, como siempre, gracias a la filosofía.

CELESTE

Conocí a la bella Celeste.

Fue en la biblioteca municipal de mi barrio.

No nos conocíamos personalmente, pero acudíamos a ella todos los días y salíamos juntos del edificio cuando la cerraban.

Era hermosísima, la mujer más hermosa que jamás haya conocido.

Una tarde, y no sé muy bien cómo ni por qué exactamente, comenzamos a hablar.

Tenía los ojos verdes como esmeraldas verdes, verdes, los labios rojos como rosas rojas, rojas, y el pelo, moreno, sedoso y largo.

Nos acostumbramos a dar paseos tras el duro estudio.

Era muy simpática y su ingenio no tenía parangón.

Un día le pregunté si quería venir conmigo al cine y ella aceptó.

Su brillante sonrisa iluminaba las oscuras calles por las que deambulábamos y descuadraba mi cuadriculado corazón.

Tenía el cuerpo atlético y unas piernas largas como un día sin pan -incluido de molde- o como un discurso de Fidel Castro.

Una noche nos besamos.

Comenzamos a salir juntos.

Perdí el apetito y adelgacé bastante.

Tenía mariposas en el estómago, en la cabeza y en el pie derecho.

Tenía bajas calificaciones.

Tenía miedo de Antonio.

No quería que se conocieran.

Aun así, le hablé, tonto de mí, de él.

Temía lo que pasaría.

Temía lo que pasó.

AMANTES

Se conocieron en el cumpleaños de Sebas -Sebastián según su documento de identificación-, el hijo del apuesto cartero al que conocían mi madre y la madre de Toni. Los presenté y vi claro, en sus miradas, lo que sintieron, desde ese primer encuentro, el uno por la otra, la otra por el uno, y yo, por todos mis compañeros y por mí el primero. Los observé durante toda la noche. También me fijé en la pobre Clara, la por entonces novia de Toni, quien estaba tan sentenciada a la ruptura como yo.

Nos dieron magnánimos, sin embargo, un par de meses de prórroga. Después, una tarde quedamos los cuatro en casa de Celeste y nos confesaron su amor. Clara, entonces, berreó, les insultó y les acusó de haberle destrozado la vida. Yo, acorde a mi natural cartesiano, les dije que lo aceptaba, pero les rogué que, durante un tiempo prudencial, no se pusieran en contacto conmigo.

Pasé tres, cuatro, cinco meses entregado a la pasión de la filosofía. Platón, Aristóteles, Kierkegaard, Unamuno y otros del mismo gremio me consolaron por la pérdida y me ayudaron a proseguir, sereno y positivo, con mi existencia. Tras el duelo, retomé lentamente mi relación con Celeste y Toni y aquellas otras que mantenía con las mujeres. Hallé, a los pocos meses de la ruptura, a la que, todavía hoy, es mi mujer, Marisa.

TONI

Una tarde, pocos días después de haber comenzado mi relación con Marisa, se presentó un desesperado Toni en mi casa.

- ¡No puedo, tío, no puedo! Es superior a mí.

- ¿No puedes qué? - pregunté intuyendo su respuesta.

- No puedo ser fiel. Desde pequeño me ha pasado lo mismo. Lo intento, te juro que lo intento, pero es superior a mis fuerzas. No puedo, de verdad, colega, no puedo.

- ¿No puedes o no quieres?

Él me miró entonces confuso.

Yo le recordé una vieja canción que les cantaban las monjas a sus hermanas: "Porque si quieres, puedes, y si puedes, debes...".

- Sí, la recuerdo. Y créeme que yo quiero con todas mis fuerzas, pero no puedo. Y ahora, esta debilidad me duele más que nunca. La quiero de verdad, con toda mi alma. Amo a Celeste. Es el amor de mi vida. No quiero hacerle daño y, sin embargo... ¿Soy un cabrón, no?

- Eso es lo que parece, pero... No sé qué decirte, tío. Eres mi amigo y te quiero. Me das lástima. No me gusta verte sufrir, pero tampoco sé cómo ayudarte, cómo ayudaros.

- Gracias, amigo. Quizá hubiese sido mejor no conocerla; quizá hubiese sido mejor que se quedara contigo.

- Eso ya no tiene ningún sentido - respondí yo con cierta sequedad.

- Es cierto. Lo siento mucho, amigo.

Conseguí consolar como pude a mi viejo camarada, al tipo que me había robado el amor de mi vida pero que, a pesar de ello, estaba ligado a mí por los lazos de la amistad. Lo vi, desde la ventana, alejarse de mi casa cabizbajo y sin fuerzas.

Sentí pena por él. Sentí pena por Celeste. Sentí pena por mí. Sentí pena por Marisa. Sentí pena.

CELESTE

Unos días después de la visita de Toni, fue Celeste la que se presentó, en un estado de agitación parecido al de su novio, en mi casa.

- ¿Por qué es así? ¿Por qué no cambia? ¿Acaso no puede cambiar? - se cuestionaba, entre sollozos, mientras yo le preparaba un té.

- ¿Y cómo te gustaría que fuera? - le pregunté entregándole la taza de té recién preparado.

- Pues... - dudó ella.

- ¿Fiel?

- Sí, claro. Quiero que sea fiel. Que me quiera sólo a mí, que me bese sólo a mí, que me acaricie sólo a mí, que haga el...

- ¿El amor sólo contigo, no? ¿No recuerdas cómo era Toni cuando le conociste?

- Como ahora - suspiró ella - exactamente igual. Infiel, pero yo...

- ¿Le amas?

- Sí, le amo con locura.

Tras decir esto, se derrumbó en un mar de lágrimas, mientras yo miraba por la ventana a un perro meando en la puerta de una tienda de objetos de segunda mano. "Se va a liar parda", me dije pensando en el dueño de la tienda, cuyo carácter no era precisamente pacífico.

- ¿Y tú qué piensas de todo esto? Ya no sé qué pensar ni qué hacer - me espetó ella sacándome de mis pensamientos sobre canes que orinan en lugares inapropiados y sobre las posibles sanciones a sus incívicos dueños.

- Pues no sé qué decirte exactamente. Conozco a Toni desde que éramos pequeños y le quiero. Tiene buen corazón y creo que es buena persona, pero...

- ¡Y, entonces, por qué mierdas me hace sufrir así! ¡Por qué trata a todas sus novias así! ¿Es que no quiere a nadie? ¿Es que sólo se quiere a sí mismo?

- No sé. Imagino que no lo puede evitar y que no lo hace con la intención de dañar a nadie. Gusta a todo el mundo y le cuesta resistir la tentación. De todos modos, tú ya sabías cómo era cuando le conociste. Yo ya te había hablado de él antes y, de hecho, él tenía novia cuando os enamorasteis, y tú tenías novio, yo.

- Lo sé, y lo siento mucho, en serio, pero...

- Pero pensaste que contigo sería diferente, que contigo cambiaría y sería otro distinto. En ocasiones, nos creamos una imagen ideal en nuestra cabeza de los demás y, cuando descubrimos que la imagen real no se corresponde con la que nos habíamos creado, nos sentimos decepcionados. Pero, dime, ¿quién crees que es el responsable último de esa decepción: el que se supone que ha engañado o el que se ha dejado engañar por una fantasía ideada por su mente?

- ¡No lo sé! Todo es demasiado complicado. Lo único que sé es que le amo y que no paro de sufrir.

- Lo sé. Soy consciente de que le amas con locura y él... - en ese instante me callé. Seguía estando enamorado de Celeste y hubiese abandonado todo, incluso a la dulce Marisa, con que ella me lo hubiese siquiera insinuado.

- ¿Él me ama? - me preguntó ella, entre incrédula y esperanzada - ¿Te lo ha dicho él mismo?

- Hay ciertas cosas que se intuyen y que se insinúan sin que sea necesario pronunciar una palabra - respondí, negándome, mezquino, a confesar lo que mi amigo me había revelado, aunque soportando la esperanzadora idea -para ella- de que él la amaba tanto como ella a él.

Despedí a Celeste, como lo había hecho con Toni, y la vi alejarse de mi casa apesadumbrada y cabizbaja. Se alejaba una vez más de mí mi amor imposible.

MATRIMONIOS

Varios meses más después de estos encuentros, Toni le pidió a Celeste que se casara con él y, tras algunos días de reflexión, ella terminó por aceptar. En su boda, yo le pedí a Marisa que se casara conmigo y ella me dio un emocionado "sí quiero" al instante.

Alguna tarde, ya casados cada oveja con su pareja, Toni queda conmigo. Me cuenta que quiere con fervor a Celeste y a sus dos hijos, pero que sigue siendo un desastre, que continúa viéndose, de vez en cuando, con otras mujeres, a las que no ama, pero cuyos encantos no es capaz de resistir. En esos momentos, yo pienso en las sirenas y en el astuto Ulises.

También habla conmigo, de higos a brevas, la divina Celeste. Me explica cómo progresan sus pequeños, lo bien que le va en el trabajo, lo interesante que era el último libro que se leyó y lo divertida que fue la última película que vio en el cine. Siempre insiste en invitarnos a Marisa y a mí a comer en su casa algún día, pero yo tengo una colección de excusas lista para zafarme de esos encuentros. Cuando yo le pregunto qué tal le va a Toni, ella me responde que bien, como siempre. Y como siempre, ella suspira y me dice que me echa mucho de menos antes de despedirnos.

MARISA

Cuando mi mujer, Marisa, llega cansada a casa del trabajo, tengo ya preparada la cena para los dos. Hablamos de cómo nos ha ido la jornada y, después, vemos, tumbados en el sofá, una película antes de acostarnos. Sé que, a pesar de no haber tenido hijos, ella es feliz conmigo. Y aunque yo sigo amando a Celeste, yo también soy feliz con ella.

Lo sé cuando la abrazo en la cama, lo sé cuando desayunamos juntos cada mañana, lo sé cuando paseamos por la calle cogidos de la mano, lo sé cuando se queda dormida entre mis brazos y, oyendo su suave y relajante respiración, yo también me quedo dormido.

Lo sé con total certeza; lo sé