Blog de solocuentos

Marisa te quiere mucho, Roque

Escrito por solocuentos 04-12-2017 en Marisa te quiere mucho. Comentarios (0)

APOLIDORO

Se lo repitió varias veces. Por activa, por pasiva y por perifrástica se lo dejó bien claro. Sin embargo, Roque no acababa de comprenderlo, no era consciente de las implicaciones que conllevaba aquello que le había repetido hasta la saciedad su amigo Apolidoro. Por ello, se lo repitió aún una vez más: "Marisa te quiere mucho, Roque. Se quiere casar contigo".

MARISA

"Sí, es cierto, Roque. Te quiero mucho y deseo casarme contigo". Antes, lógicamente, le explicó que habría de separase de Apolidoro, su amigo desde la infancia. "Él está de acuerdo. Lo mejor es que nos separemos".

ROQUE

No habla. Se caracteriza por su mutismo y su aborregada mirada. Los observa a los dos tratando de comprender lo que le están contando.

UN GATO (cualquiera)

Maúlla dos veces: "Miau, miau". Lejos, muy lejos, un perro ladra, pero nadie le hace caso, pues nadie ha oído su ladrido.

APOLIDORO

Le explica a su querido amigo Roque que se trata de la mejor solución para los tres, casi para los seis, y si me apuras, si contamos al gato, para los siete. "Mira, Marisa y yo hemos sido muy felices y hemos vivido juntos dieciocho años, catorce casados y cuatro como novios. Tuvimos a las gemelas, Pilar y Milagros, y dos años después, a Manolito. Pero la pasión ya pasó, los hijos ya van siendo mayores y no tenemos casi nada en común".

MARISA

"Además", añade su todavía mujer, "en la cama hace tiempo que no funcionamos".

APOLIDORO

"Seis años en concreto. Mi interés por el sexo ha desaparecido". Ahora sólo le gustan las plantas; en concreto, los bonsáis. 


ROQUE

Mira al techo, mira al gato, éste maúlla (sólo una vez), se rasca la cabeza y se mira las uñas, repite la misma operación tres veces. Finalmente carraspea y pregunta: "¿Por qué?".

APOLIDORO

Su amigo del alma le explica que son cosas que pasan, los intereses de las personas cambian, las pasiones se acaban y él y Marisa ya no se quieren como antes. "Nos respetamos y tenemos tres intereses comunes".

UN GATO, EL GATO

Maúlla: "Miau". Un pájaro se aleja volando y el tiro del cazador le pasa rozando. El cazador es un primo lejano de Marisa, que aún vive en el pueblo, un pueblo muy pequeño de la provincia de Soria, España (Europa).

APOLIDORO

Se corrige: "Perdón, cuatro intereses comunes". Acaricia al gato (no uno cualquiera, sino el suyo, Michis).

MARISA

"Por si no fuera suficiente lo que te ha explicado mi marido (espero que por poco tiempo) y tu amigo (espero que para toda la vida) tu rendimiento como amante es más que satisfactorio. Estoy muy contenta contigo".

ROQUE

Sonríe ruborizado. Acaricia a Michis. A Michis le gusta cómo le acaricia Roque. Satisfecho el gato con la caricia, el acariciador carraspea: "En fin... yo... en fin... ¿y los roles?".

MARISA

Su futura mujer, siempre y cuando él dé el "sí quiero, amorcito", le explica que ella, en particular, no cambiará, pues seguirá casada (una vez resuelto el divorcio), pero en vez de estarlo con Apolidoro, con Roque. "Tú, amorcito, pasarás a ser mi marido, Apolidoro, mi ex marido, mis hijos serán tus hijastros y el gato se quedará con Apolidoro".




APOLIDORO

"Te dejaré verlo tres de cada cuatro semanas en años bisiestos y cuatro de cada siete, el resto".

MARISA

"Gracias"

APOLIDORO

"A ti".

UN PERRO (el del vecino pervertido)

Ladra, pero con desgana: "Guau". Al gato se le erizan los pelos.

ROQUE

"¿Y los niños?", pregunta el todavía amante.

MARISA

"Se quedarán con nosotros. Un fin de semana al mes se quedarán con Apolidoro y otro, con el vecino".

ROQUE

"El pervertido?", pregunta alarmado Roque.

APOLIDORO

Lo tranquiliza. Le explica que, con el pervertido, no, sino con el otro, el no pervertido. 


UN GATO (uno cualquiera)

Maúlla tres veces: "Miau, miau, miau". Michis responde, pero sólo una vez.


ROQUE

Carraspeaba. Mucho. Carraspeaba mucho. Finalmente, habla: "Sí quiero, amorcito".



Roque y Marisa se abrazan emocionados. 

Apolidoro revisa un catálogo promocional del súper de abajo. Se sorprende por una oferta de queso manchego. Alza las cejas. Le enseña la oferta a su amigo Roque. Él también alza las cejas y deciden bajar a comprar un queso cada uno mientras Marisa habla con sus hijos para explicarles la nueva situación. 

Pili sonríe, Mili berrea y Manolito carraspea. 

El gato se va de casa. El gato se va de casa estresado. El gato se va de casa estresado y con el estómago vacío. 

El mundo exterior lo aguarda expectante. 

Un nuevo camino

Escrito por solocuentos 04-12-2017 en Un nuevo camino. Comentarios (0)

Como cada día, después de una larga jornada de trabajo, Gloria salía agotada del trabajo. Cogía el autobús y, como casi siempre, éste venía tan lleno que no podía sentarse. Sin embargo, en una de las primeras paradas, una pareja mayor, que estaba sentada al lado de donde se había colocado Gloria, se bajó del autobús y ella y otra chica pudieron sentarse. 

Gloria se puso al lado de la ventanilla y contempló aburrida la carretera cargada de coches. Como ocurría de forma habitual a aquella hora, la carretera iba atascada y apenas avanzaban unos metros cada cinco o diez minutos. Resultaba exasperante que un trayecto que, en condiciones normales, podría durar unos veinte minutos se fuese a la hora y cuarto, hora y media o dos horas, según el nivel de atasco que tuviera la carretera aquel día. 

Cansada de mirar por la ventanilla, se distraía un rato wasapeando con su grupo de familia, con su grupo del trabajo y con su grupo de amigas. En el de la familia, trataban de concretar fechas para celebrar el cumpleaños de su hermano pequeño. En el del trabajo, discutían sobre lo mismo de siempre, el difícil carácter del nuevo jefe, quien acostumbraba a echar las broncas a gritos y delante del resto de compañeros. Sus amigas hablaban del inminente parto de una de ellas. 

En medio de las conversaciones grupales, se coló un whatsapp de Tomás, su marido, que la avisaba de que llegaría tarde, que no podría hacer la compra. Gloria soltó un pequeño bufido de desesperación. Hacía mucho frío, se encontraba muy cansada y no le apetecía nada hacer la compra, pero tenían la nevera prácticamente vacía y no le quedaba más remedio que ir cuando llegara a casa. 

A paso de tortuga, continuaban acercándose a la salida de la carretera que habían de coger. Su acompañante se levantó y su puesto lo ocupó un hombre de los que se abren de piernas y ocupan el espacio vital de su vecino de fila. Gloria se encogió, emitió un suspiro de fastidio y dejó el móvil para coger el e-book y ponerse a leer la novela que la tenía enganchada en aquel momento, "Germinal", de Émile Zola. 

Los obreros habían decidido ya comenzar la huelga, pero a Gloria le costaba concentrarse. En una fila de asientos cercana, un par de adolescentes discutían a gritos sobre quién era mejor: Cristiano Ronaldo o Leo Messi. El mismo debate rancio, los mismos argumentos ridículos, el mismo tema prosaico de siempre. Y si no era ése, estaba el de qué equipo era mejor: el Madrid o el Barça, el que trataba de determinar a qué equipo beneficiaban más los árbitros, o cualquier otro asunto relacionado con el fútbol tratado con la misma carencia de clase e idéntico volumen de decibelios. 

Unas filas por delante de su asiento, un matrimonio hablaba de la crisis política del momento y de las diferentes estrategias desarrolladas por los partidos políticos destinada a salir bien parados de la misma y a ganar así votos de cara a la siguiente cita electoral. De pie, y próxima a la puerta de salida central, una chica hablaba por el móvil con su novio y, por supuesto, lo hacía a gritos. "Sí, cari, estoy en el autobús. Casi parados. Esto es una mierda, tío. Llegaré a y media más o menos. Diles al moro y al Richar que me esperen en el parque. Un beso, cari". 

Imposible seguir con Zola y sus rebeldes mineros. Apagó el e-book, cerró los ojos y trató de no pensar en nada, ni siquiera en el tipo que le invadía su espacio vital con sus enormes piernas y sus musculosos brazos plenos de tatuajes.

Con los ojos cerrados, reflexionó sobre la cantidad de horas que pasaba en el trabajo, sobre los interminables trayectos de ida y vuelta de su casa al trabajo y de su trabajo a su casa y sobre lo poco que veía a Tomás, lo poco que disfrutaba de la vida y lo que hablaron Tomás y ella la última noche. 

"¿Tener un hijo ahora?", preguntó Gloria tras la propuesta de su marido, "¡si apenas nos vemos!". Y era cierto. Pasaban todo el día fuera de casa. Él, además, trabajaba un sábado de cada dos. Ella siempre había querido tener un hijo, pero cómo organizarse, quién lo cuidaría cuando el niño saliera del colegio y hasta que ella regresara a casa. Pedir una reducción de jornada en el trabajo era imposible en estos momentos; y menos aún con el jefe nuevo. Y después, ¿qué tipo de vida llevaría su hijo en aquella ciudad cada vez más mastodóntica, más impersonal, más fría y contaminada?

A Gloria le asustaba sobre todo esto último: condenar a su hijo a una ciudad que, cada día, le resultaba más inhumana. Condenarle a una existencia como la que llevaban ella y su marido, trabajando cada día más horas por menos dinero, pasando de atasco en atasco, de cola en cola, de muchedumbre en muchedumbre, respirando un aire viciado, y lejos, cada vez más lejos de la naturaleza, de la vida, del aire limpio, de los espacios abiertos donde poder contemplar y disfrutar con un cielo estrellado, con un amplio horizonte, con un bosque, con una playa sin urbanizar; un espacio lejos del colapso humano de las grandes urbes. 

Y sí que existían aún lugares así. Ella y Tomás lo sabían. Su pueblo, donde apenas vivían diez personas, era un ejemplo de ello. Alguna vez se había planteado la posibilidad de irse a vivir allí, dejar sus respectivos trabajos e iniciar una nueva vida con menos pretensiones, tal vez dura en algunos momentos, pero más satisfactoria, más humilde, más pequeña, pero más satisfactoria, sí, más satisfactoria. Pero era algo difícil, muy difícil, casi imposible de conseguir, o al menos eso le decían sus padres, y sus amigos, y el propio Tomás, a quien también le gustaría vivir en el pueblo.

Tras una hora y veinte minutos de viaje insufrible, finalmente llegó la parada de Gloria, le pidió a su invasor que le dejara paso, se levantó, se acercó a la puerta y, una vez abierta ésta, salió a la calle y se abrigó de nuevo. El paso del frío helador de la calle al calor infrahumano del autobús y, de éste, nuevamente al frío helador de la calle, era otra de las cosas que, poco a poco, la iba matando. 

Al llegar a casa, se cambió de ropa y bajó al supermercado a comprar. De nuevo colas, de nuevo cientos de personas haciendo lo mismo que hacía ella, de nuevo aglomeraciones, aunque, en esta ocasión, con una banda sonora horrible que se repetía una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

Llegada a casa de nuevo y ordenada la compra, se dio una ducha relajante y preparó la cena, terminada justo cuando arribaba un exhausto Tomás. Juntos cenaron, sin hablar mucho, contándose sus respectivos días sin mucha ilusión. Era lo de siempre. Lo podrían obviar, mas el silencio resultaba a veces un tanto plomizo. 

Cuando terminaron de cenar, Tomás recogió la mesa y lavó los platos mientras Gloria se lavaba los dientes y, con la tele encendida, se recostaba en el sofá. Al sentarse Tomás a su lado, y como la película que veían no les convencida a ninguno de los dos, Gloria volvió a sacar el asunto del pueblo. 

"Es muy difícil, y lo sabes. ¿De qué vamos a vivir, y dónde?", preguntaba siempre él. "Podemos pedir que nos paguen el paro en un pago único para montar un pequeño negocio”, respondía siempre ella, “sabes que yo tengo una idea. Podríamos vivir en casa de mis padres al principio y, poco a poco, construirnos una casa en la cerca que tenemos, podríamos...". 

Era la conversación de siempre y la conclusión de siempre: "Es muy difícil, muy difícil, cariño".

Gloria se quedó dormida enseguida. Tomás siguió dándole vueltas al asunto. Le gustaría vivir en el pueblo, por supuesto, pero le daba miedo, mucho miedo; como siempre. "¿Y si todo les salía mal? ¿Y si se sentían solos? Y si tenían hijos, ¿no se sentirían huérfanos de amigos? ¿No les echarían en cara en el futuro el hecho de vivir en un lugar tan abandonado?". 

Sí, pensaba en todo lo que podría salir mal, pero nunca pensaba en lo que podría salir bien, y tampoco se paraba a pensar en la vida que tenían ahora, en aquella inmensa ciudad que los engullía, que los agotaba, que los dejaba sin aliento día a día. Aquella noche, sin embargo, sí que pensó en ello y recordó una reflexión que leyó en un viejo libro de filosofía que estudió en el instituto. No recordaba exactamente lo que decía aquel filósofo ni quién era, aunque sí que recordaba, más o menos, el espíritu de la reflexión.

El filósofo de turno explicaba que, en ocasiones, uno, sin ser consciente de ello, se incorpora a una fila de humanos que camina sin voluntad con un mismo destino. Uno, al igual que el resto de miembros de la fila, ve que, al final del camino, se halla un precipicio y que todos, sin excepción y como autómatas, al llegar al precipicio, se precipitan al abismo. Sin embargo, todos, uno mismo incluido, continúan avanzando hacia el abismo, hacia la perdición. 

Pensaba ahora Tomás si sería posible aventurarse fuera de la fila y emprender un camino nuevo, diferente, arriesgado, todo lleno de posibilidades y carente de certezas, salvo la de determinar uno mismo el recorrido a seguir. "Sí", pensó, "tal vez merezca la pena ir al pueblo, arriesgar y comenzar a vivir, vivir de nuevo, reconociendo cada día como algo nuevo, una aventura diferente, nuevas cosas que hacer, que descubrir, desafíos por afrontar, un camino diferente que recorrer".


A la mañana siguiente, mientras desayunan, Tomás le dice a Gloria que sí, que está de acuerdo, que lo pueden intentar. 

Y así comienza un nuevo día, un nuevo día, igual de plomizo y cansado que los demás, pero con algo diferente, con el perfil de un camino que se empieza a esbozar en el horizonte y que les aguarda pleno de novedades, riesgos e incertidumbres, un nuevo camino que merece la pena recorrer.

Nostalgia

Escrito por solocuentos 21-11-2017 en Nostalgia. Comentarios (0)

Se detuvo súbitamente al oír aquella antigua canción. Había salido a dar un paseo y no pudo evitar detenerse al sentir los primeros acordes de la balada. Sonaba en el segundo piso de un viejo edificio de ladrillo rojo. Era el tema principal de una película que tuvo mucho éxito cuando él era joven. Su título, "Take my breath away", y la película era "Top Gun". La había visto, pero no le había entusiasmado, aunque a casi todas las chicas de su generación les había enamorado. Sin embargo, a él, la canción le emocionaba y lo hacía revivir una época de su vida ya muy lejana, cuando su pelo aún era negro y los huesos no le dolían como ahora.

Ataques de nostalgia como éste le sucedían cada día con más frecuencia y bastaba una antigua canción, una vieja película (en blanco y negro, coloreada o incluso en color), el tono grisáceo de un cielo tormentoso, un olor particular, una foto de otra época, para hacerle caer en la melancolía. 

A veces, y sin necesidad de magdalena, el sabor de alguna comida le trasladada a un mundo ya muerto donde había vivido, con sus alegrías y penas, y que hoy rememoraba con agridulce melancolía anhelando volver a ser aquel niño de pantalones cortos que jugaba a las canicas o a las chapas en el patio del colegio, o el joven que bebía litronas con los colegas en algún parque esperando conquistar a la chica rubia que los enamoraba a todos. 

Se sentó en un banco cercano al piso del que salía la música a escuchar la canción entera. Tras ella, y algunos anuncios, comenzó a sonar otra que le traía bellos recuerdos del pasado: "Hungry Eyes". "Dirty Dancing" fue la película en la que sonaba aquel tema. Tampoco le hizo perder la cabeza la película, aunque la canción le producía la misma sensación de agradable y serena tristeza que le producían los recuerdos del pasado. "Esto empieza a ser preocupante", pensaba. Anclado en el ayer, le resultaba cada vez más dificultoso continuar adelante.

Elevó su mirada hasta la ventana, la del segundo piso, desde la que brotaban las canciones del pasado. El edificio era de ladrillo y viejo, pero bien cuidado. Nada del otro mundo. De la ventana, apareció de repente la cabeza calva de una mujer. Tendría más o menos su edad y, por lo que parecía, le conocía, pues le saludó sonriente llamándole por su nombre.

Tras "Hungry Eyes", comenzó a sonar "Sandy", de "Grease", una película que sí que le gustó, y mucho. Cuando la voz de John Travolta empezó a entonar la balada, él le preguntó a la mujer calva de la ventana quién era; y ella le respondió. Se trataba de la bella rubia de la que todos sus amigos y él estuvieron enamorados. Ella no eligió a ninguno del grupo, sino que se casó con un chico francés al que conoció un verano en Benidorm. 

Ella lo invitó a subir, y él subió.

Al entrar en su piso, ella hizo el amago de apagar la radio, pero él le pidió que la dejara estar. “Me gusta la música que ponen en esta emisora; me recuerda a otra época”, explicó él. Ella sonrió y asintió. Sabía lo que quería decir, pues a ella también le entraban ataques de nostalgia cada vez con mayor frecuencia. Y ahora sonaba "Ma quale idea", de Pino d'Angio. 

Ella le invitó a un café y, mientras se lo tomaban, se contaron sus respectivas existencias, los dos matrimonios fracasados de él y el amor perdido en un accidente de tráfico de ella, los hijos a los que apenas veía él y la cruda esterilidad de ella, los problemas de huesos de él y el cáncer que había sufrido ella; y así pasaron las horas, los cafés, los licores y las canciones del ayer.

A la mañana siguiente, él preparaba zumo y café, mientras ella remoloneaba en la cama. Él encendió la radio. Sonaba lo último de "Thirty Seconds to Mars", el grupo norteamericano liderado por el también actor Jared Leto. 

Un grupo y una canción del hoy, del ahora, de un nuevo mundo por vivir, disfrutar y hasta llorar. 

Encuentro casual

Escrito por solocuentos 21-11-2017 en Encuentro casual. Comentarios (0)

Lo conocí una cálida noche de julio del verano pasado. Era una noche oscura, sin luna, y

apenas iluminada por unas cuantas estrellas y las luces de mi viejo coche. Regresaba a la

ciudad tras haber pasado el fin de semana en el pueblo visitando a mis padres. En julio, se

formaban grandes atascos en la nacional por la que tenía que volver, de tal manera que

esperaba a la noche para evitarlos.

Aquel día en concreto, salí del pueblo en torno a las doce y media de la noche. Antes de llegar

a la nacional, recorría unos treinta kilómetros por carreteras secundarias, estrechas, con

baches y rodeadas de arbustos, árboles más o menos amenazantes a aquellas e intempestivas

horas y extensos campos de labor. También, había de atravesar unos mal iluminados pueblos,

casi todos ellos abandonados o semiabandonados.

Fue dos kilómetros después de pasar Palomar de Abajo cuando, súbitamente, lo vi. Hube de

pegar un frenazo en el momento en que, ahí plantado, en mitad de la calzada y como Dios lo

trajo al mundo, descubrí a un guerrero nórdico, rubio, musculoso, alto y con la azul mirada

perdida en algún lugar muy lejano.

Tras unos segundos en los que parpadeé varias veces y me pellizqué el muslo derecho, la

mejilla izquierda y ambos brazos para comprobar si estaba soñando o si era real lo que veían

mis ojos, decidí hacer algo más práctico y menos doloroso para mí. Hice sonar el claxon

varias veces con el propósito de que el atlético espontáneo desapareciera de la calzada y me

dejara vía libre. Sin embargo, el hombre no movió ni uno de sus más que desarrollados

músculos.

Barajé entonces varias opciones para salir del paso: continuar muy despacio y pasar por un

lateral de la carretera, al lado del escultural muchacho, pero enseguida lo descarté, pues la

noche era muy oscura y no podía asegurar si era o no fiable la parte de campo que había al

otro lado de la calzada y por la que tendría que pasar el coche; avanzar a velocidad moderada

hacia el hombre desnudo e intimidarle de manera que provocara un salto hacia la cuneta por

su parte antes de que el coche lo atropellara, pero tampoco me convencía, pues, si él no se

movía y yo lo atropellaba, me podría buscar un problema (o más de uno); o dar marcha atrás,

cambiar el sentido de mi marcha y dar un rodeo por otros pueblos hasta llegar a la carretera

nacional.

La última alternativa, la más cobarde y humillante para mí, fue la ganadora. Lentamente,

comencé a maniobrar hasta cambiar el sentido de mi marcha. Justo cuando había concluido la

operación, miré por el retrovisor y me pareció que el singular personaje había desaparecido.

Volví a maniobrar en sentido contrario para cerciorarme de que había desaparecido y,

efectivamente, ahí ya no quedaba ni rastro del rubio guerrero, así que, sorprendido y todo

como me hallaba, continué la marcha.

A los dos kilómetros del punto donde había topado con aquel desconocido, sentí cómo se me

erizaban todos y cada uno de los pelos de mi cuerpo cuando una voz a mi espalda me dijo:

"Nada más pasar Olmedillo, gira a la derecha. Me gustaría ir a Villa Juana". Miré por el

retrovisor y lo vi ahí, sentado todo lo grande que era, y por supuesto desnudo.

En ese momento, sentí una mezcla de miedo y asco. En cuanto al miedo, lo sentí porque a

cualquier hijo de vecino le asusta que, en mitad de la noche, surja de la nada un tipo en el

asiento de atrás de su coche. En cuanto al asco, surgió por el hecho de saber que se sentaba

desnudo en los asientos traseros de mi coche. En principio, no tengo nada en contra del

nudismo, pero sí que me molesta si lo practican otros que no sean yo mismo en mi casa, en mi

coche o en transporte público.

Él pareció leer mis pensamientos y me tranquilizó: "No te preocupes; soy muy pulcro. Me

ducho varias veces al día. De hecho, antes de llegar a la carretera me he duchado". "¡Vaya!",

pensé para mis adentros, "al menos se trata de un tipo limpio". "Y educado", añadió él en alta

voz (una bella y poderosa voz de barítono), "pues si he entrado en tu coche sin avisarte ha

sido porque tú no parecías muy dispuesto a invitarme a entrar". "¡Normal!", pensé yo, "¿quién

va a invitar a subir a su coche a un completo desconocido que se planta desnudo en mitad de

la calzada en una oscura noche de verano". "Sí, quizá tengas razón", admitió él, "tal vez

debería haberme vestido y me tendría que haber puesto en un lateral de la carretera para hacer

auto-stop".

Tras haber dicho esto, lo vi de repente a mi lado, vestido, en el asiento del copiloto.

Obviamente me asusté. Por otro lado, me alegré de verle vestido, aunque no comprendía de

dónde demonios había sacado la ropa y por qué había elegido una combinación tan

estrafalaria (falda escocesa, zuecos de madera, camisa de leñador de cuadros blancos y negros

y sombrero tirolés). "He tenido que coger lo primero que he visto en el armario; no tenía

tiempo para ponerme algo que combinase mejor", se disculpó él por su atuendo. "¿Cómo

haces todo eso?", inquirí entonces cada vez más confundido. "¿Lo qué?", preguntó él algo

perdido también. "¡Cómo que "lo qué”!", pregunté indignado por aquella expresión

incorrecta. "¿Que a qué te refieres con la pregunta que me has hecho antes?", acabó él por

aclarar.

Le expliqué, en ese punto de la surrealista conversación, que no sabía cómo demonios podía

hacer lo de aparecer de repente en mi coche, cómo podía cambiar súbitamente del asiento

trasero al del copiloto, cómo podía pasar de estar desnudo a vestido de un segundo a otro,

cómo era capaz de leer algunos de mis pensamientos, etc. "Es todo una cuestión mental",

repuso él sin entrar en detalles. "¿Cuestión mental?", insistí yo. "Simple concentración",

repuso él. "No lo entiendo", admití finalmente. "Lo imagino", concluyó él.

No sé exactamente por qué lo hice, pero seguí las instrucciones que me había dado y, al pasar,

Olmedillo, giré a la derecha y conduje hasta Villa Juana. Llegados al pueblo, que habitaban un

pastor, un rebaño de ovejas, un par de perros y una mujer de dudosa reputación conocida

como La Venéreas, me ordenó que fuera hasta la casa de la mujer.

Ahí detuve el vehículo y esperé. "¿Te dejo aquí?", pregunté sorprendido, "¿conoces a La

Venéreas? ¿Eres un cliente?". "No", repuso él serio, "no soy un cliente; soy su hermano". "¡Su

hermano!", exclamé yo. "Sí, mi padre, el Tío Azadones conoció, en una fiesta de Carambujos,

a la Tía Francisca, la madre de Adriana, que es así como se llama mi hermana. No se casaron;

sólo estuvieron juntos una noche, pero de esa unión nació ella. La Tía Francisca murió al poco

de nacer Adriana y se hizo cargo de ella su hermano, Macario, borracho, jugador y putero. Mi

padre, aunque se casó con mi madre, Doña Adela, siempre se interesó por la suerte de Adriana

y a mí me contó que era mi hermana cuando cumplí quince años. Desde entonces, cada cierto

tiempo, vengo a hacerle una visita".

Julio José, que así se llamaba el rubio adonis al que había llevado en mi coche, me narró la

difícil infancia de Adriana y su posterior y traumática adolescencia, tutelada, a base de golpes

y de acercamientos sexuales, por su tío Macario. Éste murió finalmente en un accidente de

carro cuando ella tenía ya veinte años y no creía en nada.

Cuando murió su protector y maltratador, continuó con la profesión en la que él la había

introducido. En aquellos parajes, pocas mujeres se dedicaban a ello y ella, precisamente por

ello, monopolizaba el negocio de la prostitución. Julio José había intentado apartarla de aquel

sucio trabajo y llevársela con él a su pueblo, Villatorrijas. "Ahí sería feliz. Viviría conmigo,

con mi mujer Bibiana, y con mis tres chiquillos, Eros, Flavia y Thor. En un tiempo, seguro

que encontraba un hombre con el que compartir su vida. Yo, de hecho, ya tengo varios

candidatos: Tobías, el de la Marciana, Menelao, el de la Agripina, y Recesvinto, el de la

Lorenza".

Aquella historia me emocionó profundamente y le deseé toda la suerte del mundo en su

intento por sacar a su hermana de la prostitución y encontrarle un buen mozo como marido.

Ya amigos después de haber compartido unos cuantos kilómetros de viaje, confidencias varias

y conversaciones más o menos lógicas, nos despedimos con un abrazo y prometimos volver a

vernos.

Desde entonces, nos hemos vuelto a encontrar en varias ocasiones, siempre de manera

inesperada (al menos para mí). Algunas noches, me he despertado a media noche y lo he

encontrado al otro lado de la cama, siempre desnudo, o con combinaciones de ropa más o

menos acertadas, y hemos charlado durante horas de su relación con su hermana, de su

encantadora y exuberante esposa, de sus hijos superdotados, de los pros y contras de los

posibles maridos de Adriana, de mis problemas con el alcohol, de su vigorexia, de mi

alopecia, de su exceso de higiene, de lo divino, de lo humano y de la mediocridad de la

existencia, bien sea en un pueblo de mala muerte o en una ciudad carente de alma.

Cada vez que nos despedimos (siempre con un abrazo), siento más que nunca el peso de la

soledad. Temo que, algún día, se canse de mí y deje de aparecer (vestido o desnudo), al otro

lado de la cama, en medio de una carretera secundaria o en mitad de una soporífera reunión de

trabajo.

Este temor de perderle lo podría solucionar yo si un día me armara de valor y fuera a Villa

Juana, a la casa de Adriana. Allí, me postraría a sus pies y le pediría que se casara conmigo. Si

ella me dijera que sí, ya no me sentiría solo nunca más, pues tendría una mujer real en mi vida

y un extraordinario cuñado venido del gélido septentrión.

Hasta que llegue ese día, continuaré conduciendo por la noche a ver qué pasa.


Te he oído

Escrito por solocuentos 19-10-2017 en Te he oído. Comentarios (0)

Hace un par de días tuve una fuerte discusión con mi madre. Le pregunté por qué no le echaba chorizo a la paella. Ella se sorprendió y me preguntó si bromeaba. Yo respondí que no, y ella, respondiendo a mi primera pregunta, me dijo que "por supuesto que no", añadiendo que eso era "algo ridículo". Yo me molesté por su último comentario y repuse que un famoso chef extranjero había hecho una paella con chorizo. Ella se rió y mi enfado aumentó. 

"¿De qué te ríes, mamá?", le pregunté, y ella me respondió que se reía de lo que acababa de decir. "Aunque así la hiciera el propio Papa, y ya sabes que yo soy más papista que el Papa", me dijo mi madre, "me seguiría pareciendo una tontería. ¡A quién se le ocurre! ¡Una paella con chorizo!". A mi madre le entró un ataque de risa y yo, enfadado, me marché dando un portazo.



Ayer recibí una llamada de mi padre. Me preguntó que por qué me había enfadado con mi madre. Yo le respondí que no estaba enfadado, que sería ella la que estaba enfadada conmigo. El repuso que mi madre afirmaba que ella no lo estaba. Yo le dije que quizá mi madre mintiera. Él me preguntó entonces que por qué me había ido el día anterior de su casa dando un portazo. "Pregúntaselo a mamá", respondí yo. "Ya lo hecho", dijo él, "y ella sólo me ha dicho que por una tontería de la que no merecía la pena ni hablar". Yo protesté indicándole que no se trataba de una tontería sino de algo realmente serio. Él me pidió que se lo contara, pero yo me negué obstinado. Él me pidió que olvidara mi enfado, pues no era bueno que un hijo estuviera enfadado con su madre, pero yo me negué obstinado. 

Él me dijo, finalmente y como hacía casi siempre que me enojaba, que tenía dos trabajos: enfadarme y desenfadarme. Yo le contesté, como casi siempre, que eso carecía de sentido, pues yo ya estaba enfadado, por lo que, como mucho, sólo tenía un trabajo que hacer: desenfadarme. "Entonces reconoces que estás enfadado, ¿no?", dijo mi padre tras haber conseguido que confesara que, efectivamente, estaba enfadado. Realmente enojado por la risa burlona de mi madre y por la astucia de mi padre para hacerme confesar mi enfado, colgué el teléfono sin despedirme de él.



Esta mañana he recibido un whatsapp de mi hermana pequeña. "¿Qué te parece mi nuevo novio?", me preguntaba y añadía una carita guiñando y otra sonriente". "Me da igual", respondí yo sin emoticonos. Ella me preguntó que qué me pasaba, que si tenía algo en contra de su novio, que si tenía algo en contra de que fuera domador de pulgas. Yo le respondí que apenas le conocía, que no tenía nada en contra de los domadores de pulgas ni del resto de los novios con los que había salido y que no tenía ganas de hablar. 

Ella pareció advertir que algo serio me ocurría, que no me encontraba de humor y me preguntó que si estaba bien, a lo que contesté que la vida está llena de momentos buenos, malos y regulares. A continuación, le pregunté que qué le parecía la paella con chorizo. "¡Paella con chorizo!", exclamó ella y añadió tres caritas que lloraban de risa. "¿Estás de coña, no?", añadió con otras tres caritas llorando de risa. Apagué entonces el móvil sin un adiós ni un emoticono, ni siquiera el de la carita roja e iracunda.



- En fin, Clara, ¿qué piensas tú de todo esto?
- ¿Perdón?
- ¿Que qué opinas de todo esto que te he contado? ¡No me has escuchado!
- Sí, sí, claro que te he... te he oído. ¿Cómo decías que te gustaban los macarrones, con tomate o con queso fundido?