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Eduvigis, la reina del western crepuscular

Escrito por solocuentos 15-09-2019 en Eduvigis. Comentarios (0)

I        HOLLYWOOD

Muchos no creyeron en ella. Prácticamente ninguno le tuvo fe. Ni siquiera ella, quien, hasta los 16 años, soñaba con ser Caballero de la Mesa Redonda del Rey Arturo. 

A partir de los 16 años, todo cambió. Se fue a América, a los Estados Unidos de América, a USA, a EE.UU.; en concreto, a Hollywood. Quería ser actriz y lo logró.

"Los comienzos resultaron muy duros", reconoció en una entrevista concedida a la Fox. "Éramos muchas las que compartíamos ese sueño. Tenías que ser buena y andar sobrada de desparpajo".

Sus primeros trabajos fueron de camarera, de mujer de la limpieza, de secretaria de un productor, J.J.J. Rawlins, John James Julius Rawlins. Gracias a éste, logró su primera oportunidad.

La película se titulaba "Corre, maldito bastardo, corre, pero procura no caerte, pues te podrías hacer daño, bastardo". Ella interpretaba a Candy Thompson, una linda muchachita de origen hispano que se enamoraba de Risky Bob, el malo de la película. Recibió muy buenas críticas.

"En el pueblo no dábamos crédito a lo que estaba pasando", explicó el padre de la actriz a un señor calvo con perilla que pasó por ahí una tarde de septiembre, a mediados de mes, de un año de finales de la década de los noventa del siglo veinte, entre tres y cuarto y tres y media de la tarde (hacía tanto calor que las chicharras cantaban que daba gusto). "Ninguno creíamos en su sueño. Ni su madre, ni su hermana Julia, ni sus hermanos Paquito, Juanito y Fernandito, ni siquiera Don Camilo, el cura".

"Yo quería que la chica se quedara en el pueblo, trabajando para mí y viviendo conmigo", explicó Don Camilo a ese mismo señor que antes había hablado con el padre de Eduvigis. "Pretendía que fuera mi criada, mi ama, mi administradora, mi ángel de la guarda, mi todo, pero ella era terca como una mula y siguió adelante con su sueño. Lo logró. Triunfó en Hollywood".


II WESTERN CREPUSUCULAR

Tras el primer filme, vinieron otros y no tardó en llegarle su primer papel de protagonista en la inolvidable y premiada con varios Oscars "Coge el revólver, Billy Joe, y mata a todos los forajidos con los que te encuentres, Billy Joe". 

Ella fue una de las candidatas al Oscar a Mejor Actriz Principal. Sin embargo, e injustamente en opinión de muchos críticos, Mickey Sixfingers entre ellos, no se lo concedieron. Lo ganó Blanche Narrownose por su papel de Olympia Abradopoulos en el mítico peplum "Ojo al tridente, gladiador".

John S. (Silly) Mc. Carpenter, el director que más confió en ella y que le dio sus mejores papeles, contaba en sus memorias "Yo, John S. Mc. Carpenter, un señor que se viste por los pies" qué es lo que convertía a Eduvigis en una actriz tan adecuada para los westerns crepusculares. "Nadie como Eduvigis sabía representar la fuerza de la mujer americana enfrentada a un entorno hostil y violento. Nadie como ella sabía decir aquello de 'Ey, Joe, recoge ya el ganado y vente con los muchachos a comer unas alubias con panceta', después de lo cual el "Joe" de turno respondía '¡Ya vamos, Lili Rose, jiiiihaaa!', grito que era secundado por el viejo, borrachín y leal compañero Old Grimmy".

Sin embargo, el género empezó a flojear en taquilla y dejaron de hacerse filmes relacionados con la épica de la conquista del oeste. Así, la trayectoria cinematográfica de Eduvigis decayó y poco a poco fue desapareciendo de la gran pantalla.


III ABANDONO

"Me sentí triste, muy triste", le contó Eduvigis a Don Camilo unos días después de regresar a su pueblo tras varias décadas viviendo en los Estados Unidos de América, en USA, en EE.UU.; en concreto, en Hollywood. "Había sido una estrella, una gran estrella, y de repente todos me daban de lado".

¿Y por qué no pudo continuar su carrera cinematográfica la excelente actriz Eduvigis Martínez de la Hoz? Bueno, pues porque decidí encasillarla en un género que, tarde o temprano, decaería. Caprichos del autor.

Eduvigis, sin embargo, se rebeló y, tras pasar una larga temporada en el pueblo, donde yo deseaba que acabara su existencia (probablemente de forma trágica y entre los brazos de su eterno admirador, Don Camilo, inmortal entre los inmortales), decidió probar suerte en el cine europeo (España, Francia, Italia e incluso Macedonia).

Traté de disuadirla. Le dije que era muy vieja, que nadie la contrataría, que estaba encasillada, que era mía, sólo mía, eternamente mía.


IV REBELIÓN

Pero ella se negó.

"¿A qué aspiras?, ¿qué es lo que quieres, Eduvigis?", le pregunté desesperado.

"Mi libertad. Tomar las riendas de mi vida", respondió ella.

"Pero eso es imposible", repuse yo, "tu vida me pertenece. No te puedo conceder una libertad que no sabrías cómo utilizar, no te puedo dar algo que te superaría, que iría más allá de tu ser".

"Tú no me puedes conceder nada más. No tienes ya ese poder. No me puedes dar mi libertad, pues mi libertad hace tiempo que es mía, que la cogí y a nadie más que mí pertenece".

"Ohhhhhh", exclama emocionada (hay incluso algunas personas que lloran transidas por la emoción) la audiencia.

Entonces, Eduvigis, la nueva y moderna Eduvigis, cogió su petate y marchó a Madrid, el primer destino de su nueva existencia.


V LA NUEVA EDUVIGIS

Hoy, Eduvigis Martínez de la Hoz es una gran actriz que, tras triunfar en el cine norteamericano, se ha hecho un gran nombre dentro de la escena artística del cine europeo. 

Gracias a su último gran éxito, "La femme de mon oncle Ismail; ceux qui habite à côté de la belle Falbalà", ha ganado el César a la Mejor Actriz. 

Vive feliz junto a su marido Horacio en Mónaco y fuma puritos.

Por cierto, y este Horacio, ¿de dónde narices ha salido?


VI HORACIO

"Hola, me llamo Horacio, tengo ochenta años y me encantan las series y la comida asiática. ¿Mi gran sueño? Ganar el mundial de dardos; juego con los muchachos del Casino".

Revolución

Escrito por solocuentos 03-08-2019 en Revolución. Comentarios (0)

De entre todas las actividades que se ofertaban en el centro cultural de su barrio, Marisa eligió el de Revolución.

El horario era perfecto para ella, de 17 a 19 horas, y los días en que se impartía, martes y jueves, también eran ideales para compaginar con las actividades extraescolares de sus hijos.

El taller lo impartía un antiguo marxista-leninista llamado José Antonio. Ahora, aparte de impartir estos talleres por las tardes en diferentes centros culturales, el otrora marxista-leninista se dedicaba a dar clases de sociología en la Universidad.

Conservaba los ideales que había tenido en su juventud y que le habían hecho meterse en política a finales de los años 70 y comienzos de los 80 y mantenía sus deseos de construir, entre todos –contando con toda la gente, claro-, una sociedad mejor, más justa y con menos desigualdades, pero se había comprado una casa, tenía una hipoteca, unos hijos a los que criar junto a su ex mujer, una casa en el pueblo y un injerto de pelo pendiente por hacer. Añoraba su melena de antaño.


En el taller, les enseñaron a manifestarse, a corear lemas (variados e ingeniosos), a hacer batucadas -imprescindible en toda buena manifestación-, les facilitaron algunos conceptos básicos de dialéctica revolucionaria imprescindible para todo revolucionario pata negra. "Después", explicaba José Antonio, "el sentido de vuestra revolución ya lo decidiréis a posteriori; eso es secundario". 

Acudieron, como actividades fuera del centro, a diferentes mítines políticos, a diversas manifestaciones y a algún que otro escrache, frente a la casa de algún político, en algún lugar donde alguna persona conocida diera una conferencia, en un parque, en un jardín, en una plaza pública, etc. Después de cada actividad del taller, se tomaban unas cervezas mientras conversaban acerca de lo mal que estaba el mundo, de lo necesario que era un cambio radical ya (¡pero ya es ya y no más tarde!) y de los buenos pinchos que ponían en el bar de turno donde se relajaban tras sus conatos revolucionarios.

Los últimos en retirarse solían ser Marisa y José Antonio. Marisa solía pedir a su marido que recogiera él a los niños. José Antonio no los cuidaba más que un fin de semana de cada dos. Al final, pasó lo que tenía que pasar: tuvieron unaffaire. Duró lo que duró: poco. Y acabó como tenía que acabar: con un punto final.



Al curso siguiente, José Antonio, quien se había ido de vacaciones a Turquía para hacerse el tan soñado injerto capilar, inició un nuevo curso en diferentes centros culturales orientado a enseñar trucos de cocina para hombres solteros. Fue un éxito.

Marisa se apuntó a salsa.


La revolución, incluso la que se lleva a cabo un par de días a la semana y de 17 a 19 horas, sigue esperando su momento.

I CUERNOS

Escrito por solocuentos 03-07-2019 en Tribulaciones. Comentarios (0)

Salón principal de la mansión de los Humperdinck, once y diez minutos de la mañana, invierno, nublado, cuadros de los antepasados de Lord Humperdinck –todos ellos hermosotes y hermosotas- y uno pequeño de Fifí, el caniche de Lady Humperdinck. Él, el can, y ella, la Lady, se hallan sentados en el sofá de tres plazas que hay frente a la chimenea de una plaza. Ella lee un libro de Kierkegaard; él juega con una pelota, pero con apatía. Suena el teléfono, sito en una pequeña mesilla, sita al lado del lugar que ocupa en el sillón ella, la Lady.


- ¿Sí, dígame?
- Soy yo.
- ¡Ah, eres tú!
- Sí, soy yo, tu amante.
- Lo sé; conozco tu voz. ¿Qué quieres, cielo mío?
- Lo quiero todo.
- ¿Pero todo, todo?
- Justo eso.
- ¿Y ahora mismo?
- O más tarde.
- No sé; quizá algo más tarde.
- ¿Cuándo?
- Más tarde.
- ¿Dentro de media hora?
- Más tarde.
- ¿Dentro de tres cuartos de hora?
- Más tarde.
- ¿Dentro de una hora, dos minutos y catorce segundos?
- Mejor dentro de una hora, dos minutos y quince segundos.
- De acuerdo. ¿Qué haces ahora, mi pichoncito?
- Leo y acaricio a Fifí.
- ¿Y qué lee Fifí?
- Fifí, nada; yo, a Kierkegaard.
- ¿Todo?
- No, sólo un poco. He leído ya Kier.
- Todavía te queda un poco.
- Ya, kegaard.



El amante, sentado en una butaca antigua (no sabemos si cómoda o no), se rasca la nariz. Es la parte del cuerpo que más le gusta rascarse.


- ¿Te estás rascando la nariz, mi A.A., Apasionado Amante?
- Sí, un poco.
- ¿Te picaba?
- Sí, una miaja.
- ¿Te gusta rascarte la nariz, no?
- Sí, bastante.
- A mí me gusta rascarme el lóbulo de la oreja.
- ¿De cuál, mi dulce pastelito?
- La izquierda.
- Bueno, sweetheart, te dejo. He de hacer.
- ¿Hacer qué?
- Cosas.
- ¿Cuáles?
- Algunas.
- Ah, ya, algunas cosas.
- Eso mismo.
- En fin...
- Bueno...
- Nos vemos.
- Hablamos.
- Un beso.
- Otro.
- Adiós.
- Adiós.
- Te quiero mucho.
- Te quie...


Se corta la comunicación. Al instante, entra en el salón Rose, la criada cotilla.


- ¿Qué te ha parecido, Rose?
- ¿El qué, señorita?
- La conversación que acabas de escuchar desde el otro teléfono.
- No estaba escuchándola, señora.
- Sí, mentirosa.
- No.
- Sí.
- No.
- No.
- Sí.
- ¡Te pillé!
- ¡Me pilló!
- ¿Y bien?
- ¿Y bien qué?
- ¿Que qué te pareció mi conversación con Charles?
- En fin, un poco... un poco... un poco…
- ¡Tan poco!
- Sí, un poco anodina.
- ¡Vaya!
- ¿Esperaba otra cosa, señora?
- Pues sí; esperaba algo más interesante. Anodino me deja un poco fría.
- ¿Y si le dijera que me ha resultado apasionante y que, por un momento, mi corazón ha dejado de latir a causa de la emoción provocada por tan maravillosa conversación?
- Mucho mejor. ¡Dónde va a parar!
- Pues eso; que me ha parecido bastante anodina.
- De acuerdo, Rose. Saque a pasear a Fifí y no vuelva a hablarme hasta la hora del brunch.

Tribulaciones 1

Escrito por solocuentos 03-07-2019 en Tribulaciones. Comentarios (0)

Abre la ventana y llama a Rose, quien está en el jardín paseando a Fifí.

Entra Rose y deja a Fifí en el sillón al lado de Lady Humperdinck. Lord Humperdinck está de pie junto a la chimenea.


- Dime, querida Rose, ¿tú crees que yo soy feo?
- Bueno, señor Humperdinck, usted es... usted es... usted es...
- ¡Lord Humperdinck!
- ¡Eso es, usted es Lord Humperdinck!
- Eso ya lo sé, querida Rose, pero mi pregunta era otra.
- Bueno, el caso es que usted no es demasiado guapo, la verdad.
- Es decir, que soy feo.
- Bueno, un poco sí.
- ¿Cuánto exactamente?
- Un poco bastante.
- ¿Tanto? - pregunta asustado Lord Humperdinck.
- Sí, señor, lo siento. Lo cierto es que usted es feo, muy feo, casi diría que horrible; difícil de mirar.
- ¡Ay, Dios mío! Mi madre decía lo mismo.
- ¿Eso decía tu madre? - le pregunta Lady Humperdinck mientras acaricia a Fifí con la mano izquierda y al tiempo que hace malabares con los pies (los dos) y varias pelotas (tres, en concreto).
- Sí, y también mi padre.
- ¿Su padre también, señor?
- Y mi hermano Andy, y mi primo Lucas, y mis abuelos paternos y maternos, y el lechero. Por cierto, que era muy agradable el lechero.
- ¿Cómo se llamaba?
- Lewis, Lewis el lechero agradable.


En ese momento, Lord Humperdinck se echa al suelo boca abajo y comienza a llorar ruidosamente, mientras patalea en el suelo.


- ¡Pobre William! - exclama su mujer.
- Señora, William es otro de sus amantes - le susurra Rose al oído.
- Ah, es cierto. ¡Poor Angel!
- Eso es, señora. Por cierto, ¡qué bien pronuncia en inglés!
- Usted también, Rose. Se nota que es inglesa, como yo. Ahora, por favor, ayude al señor a reincorporarse, siéntele aquí, a mi lado y dele algo de beber.
- ¿Una tila?
- No, algo más fuerte.
- ¿Un whisky?
- Sí.
- ¿Escocés?
- No, el de Albacete.
- ¿El que tiene una etiqueta que pone "made in Scotland”?
- Ese mismo.
- ¿Tan bueno es el whisky de Albacete?
- El mejor del mundo.
- ¡Vaya!
- Eso digo yo, vaya a por el whisky y levante al señor del suelo.


Rose se marcha y regresa al poco con una botella de whisky y una copa. Deposita ambas sobre la mesilla que hay a uno de los lados del sillón, se acerca al señor, le acaricia la cabeza, le ayuda a levantarse y lo acompaña hasta el sillón. Le sirve una copa de whisky y se la da. En ese momento, suena el timbre de la puerta y Rose acude a ver quién es. Al momento, vuelve a entrar en el salón y anuncia la llegada de Charles, el amante.

Charles se acerca al sillón, le da un beso en la boca a la Lady, saluda cortés con una inclinación al Lord, coge en brazos a Fifí y se sienta entre los cónyuges.


-        ¿Qué le ocurre a usted, señor? ¿Por qué se encuentra tan afligido? – pregunta a Lord Humperdinck el recién llegado.
-        Porque… porque… porque ¡¡¡soy muy feo!!! – exclama antes de soltar un berrido desesperado.
-        ¡Pero eso no es tan grave, querido amigo!
-        ¡Ya, claro! Para usted, eso es muy fácil de decir, pues usted es muy guapo; guapísimo, si me permite.
-        Se lo permito.
-        La verdad es que usted es muy hermoso, mientras que yo soy feo como un oso.
-        ¡Hombre, hay osos y osos!
-        Eso es cierto. Que me perdonen los osos. El caso es que soy feo, horrible, difícil de mirar, como bien ha dicho antes Rose; usted no estaba, pero lo ha dicho la muy bribona. No me extraña que mi mujer me engañe con tantos.
-        Tampoco somos tantos, no se crea. Media docena a lo más.
-        Suficientes.
-        La cuestión, mi querido Lord, es que no resulta tan grave ser tan sumamente horrendo. Además, eso también tiene arreglo.
-        ¿Cómo? – pregunta, sorprendido, el feo Lord.
-        ¡Pues operándose, buen hombre! Como hice yo. También era muy feo; casi más que usted.
-        ¡No me lo creo!
-        Mire esta foto – dice el amante de la Lady, enseñándole una foto que lleva en la cartera.
-        ¡Uf, qué feo! – exclama el Lord-, ¿y éste era usted?
-        El mismo. Fíjese en lo que pone al pie de la foto.
-        “Éste soy yo” – lee el Lord.
-        ¿Ha visto?
-        No queda ninguna duda. Pone que es usted. Quizá haya esperanzas para mí.
-        ¡Pues claro que sí!


Se dan un abrazo emocionados. Rose les avisa de que la mesa está lista para el brunch y salen todos en dirección al comedor, también muy lujoso, muy grande y muy mucho de todo, especialmente de lámparas de araña.

Tribulaciones 2

Escrito por solocuentos 03-07-2019 en Tribulaciones. Comentarios (0)

II        APATÍA

De repente, se sintió terriblemente cansado y aburrido. Releyó lo que había escrito y no le gustó nada. Rompió los papeles y los arrojó a la papelera. Se encendió un cigarrillo y comenzó fumar asomado a la ventana. Se sentía cansado, muy cansado, y aburrido, muy aburrido. Ya hacía mucho tiempo que se sentía así.

Había intentado escribir algo, como antaño, pero no había llegado a ningún punto concreto; sólo a cumplimentar unos cuantos folios de basura y chistes de mierda. Hacía tiempo, años quizás, que se encontraba vacío, sin estímulos, sin ganas realmente de hacer nada. Carecía de sentido continuar adelante.

Encendió el ordenador, se conectó a Internet y comenzó a navegar por la Red. Buscaba información sobre diferentes formas de quitarse la vida. 

¿Por qué eligió finalmente el ahorcamiento? No se sabe. Nada dejó reflejado en su nota de despedida.



III        SOGA

“Compraré una soga, haré un lazo donde meteré la cabeza, utilizaré la viga central del techo del garaje para sostener el peso de mi cuerpo y me serviré de una escalera para subirme a ella y lanzarme al suelo, desde el último escalón, una vez que tenga la soga bien ajustada alrededor del cuello”.

Compró una soga, preparó el lazo en el interior del cual introduciría la cabeza, ató fuertemente la cuerda a la viga central del techo del garaje y dejó preparada la escalera desde la que saltaría una vez que tuviera bien colocada la soga alrededor del cuello.

“Me preparé una última cena; ligera ella: una ensalada, una manzana y un yogur de limón. Mientras me tomaba una manzanilla, pensé en la posibilidad de dejar una nota para quien me encontrara. Me daba algo de pereza hacerlo. Me daba pereza todo, pero decidí hacerlo”.



IV        NOTA

“Para quien encuentre mi cadáver:

Como podrás comprobar (entiendo que el tratamiento de usted carece de sentido en estas circunstancias), me he suicidado. Dejo este escrito para explicar de la manera más concisa posible la razón por la que me he quitado la vida. 

No ha sido ni por un mal de amores, ni por depresión, ni por ninguna de las típicas razones por las que las personas deciden poner fin a sus existencias. Lo he hecho por aburrimiento y un cierto desencanto. 

Durante los últimos años, he ido viviendo por inercia. Pasaban los días, los meses, los años, pero no había nada ni nadie a lo que o a quien estuviera realmente apegado. 

Después de este largo periodo de apatía, he comprendido que no merecía demasiado la pena continuar mucho más tiempo instalado en esta soporífera inercia que no conducía a ninguna parte. 

Lo he pasado bien y lo he pasado mal, como casi todo el mundo. Dejo seres queridos, a los que les deseo todo lo mejor, y poco más puedo añadir.


Buena suerte a todos”.



V        NERVIOS

Ante la visión de la soga colgando de la viga del techo y de la escalera estratégicamente colocada al pie de la misma, se empezó a encontrar nervioso. Le daba rabia que, hasta el acto de terminar con su existencia, resultara tan enojoso, tan complicado de llevar a cabo.

“No es tan complicado. Sé cómo hacerlo, tengo claro que he de hacerlo, pero, aun así, no me decido a hacerlo. Y encima, he empezado a sudar. ¡Qué fastidio!”.

Puso un poco de música para intentar relajarse. Mientras se fumaba un cigarro escuchando una canción de Leonard Cohen, el ritmo de los latidos de su corazón se fue calmando. Dejó de sudar y sus nervios fueron, poco a poco, desapareciendo. 

Terminó el cigarrillo, lo apagó, silenció la voz de Leonard Cohen que brotaba de su móvil y se dirigió a la pequeña escalera sita a los pies de la soga. 



VI        HERMANO

Lo encontró su hermano. Llevaban varias semanas sin saber de él y su hermana le había pedido que se pasara por su casa a ver si se enteraba de algo. Su hermano tenía un juego de llaves de su casa y entró a ver si había pasado algo raro. Lo encontró en el garaje; colgado de una soga. Llevaba varios días muerto.

Llamó a la policía y, después, a su hermana.


-        Dime
-        Estoy en su casa.
-        ¿Y?
-        Está muerto. Se ha suicidado.
-        ¡Qué!
-        Lo que acabas de oír.
-        ¿Pero… por qué? No entiendo nada.
-        Ha dejado una nota.
-        ¿Y qué dice?
-        Que se aburría.
-        ¡Que se aburría!


Siguió una conversación errática, plena de silencios, de exclamaciones, de llantos, de preguntas sin respuestas, de incomprensión.