Blog de solocuentos

Una noche como otra cualquiera

Escrito por solocuentos 07-06-2017 en Una noche. Comentarios (0)

Andrea comía fruta todas las mañanas. También comía fruta todos los días Julio, pero él prefería hacerlo después de la comida y a media tarde. A media tarde, Tomás no comía nada; solía comer fuerte, cenar ligero e irse a la cama pronto. 

Se acostaba tarde Marina, la prima de Julio, pero aquella noche no llegó a la cama de su casa. Tampoco lo logró Iñaki, su novio. Iñaki era el mejor amigo de Julio. Ninguno de los dos conocía a Tomás y a Andrea. 

Andrea y Tomás tampoco se conocían, pero hablaron esa noche mientras pedían unas cervezas en la abarrotada barra. Poco antes de que todo ocurriera, se estaban enrollando en uno de los sillones de cuero del oscuro local.


El local de Nacho estaba abarrotado aquella noche. Abrían sólo los fines de semana y los jueves y viernes por la tarde-noche. Eran dos socios, él y su mujer, Natalia. Tenían un par de amigos que trabajaban con ellos: Ricardo y Marisa. 

Marisa se encontraba mala aquella noche, por lo que, hasta la mañana siguiente, no se enteró de nada. Había apagado el móvil, pues le dolía mucho la cabeza. Al despertar y encenderlo, empezó a recibir cientos de whatsapp. 

La madre de Ricardo intentó localizarle en el móvil cuando alguien la avisó de lo sucedido. Él nunca llegó a responder. El hombre que respondía a las iniciales B.N. dejó el móvil en su casa, apagado. La policía lo encontró mientras registraba su casa a la mañana siguiente.


El hombre que respondía a las iniciales B.N. entró en el bar de copas Nit Sinfín antes de las 12 de la noche. No conocía a nadie y nadie le conocía a él. Se acercó a la barra y le pidió a Ricardo un refresco sin hielos. 

A su lado, en la barra, conversaban tranquilamente un grupo de chicos de un equipo de fútbol. Alguno de ellos había entablado conversación con unas chicas que disfrutaban de una despedida de soltera. Clara, la futura novia, iba disfrazada de Caperucita Roja. En otro bar de la ciudad, a un par de kilómetros del Nit Sinfín, su futuro marido, Jaime, bebía vodka con limón junto al grupo de amigos que le había organizado la despedida de soltero.

Clara no pudo despedirse de él, ni de sus padres, ni de sus hermanos. Tampoco se despidió de su familia y amigos el hombre que respondía a las iniciales de B.N. No sobrevivió a la explosión de la bomba que él mismo había llevado a aquel local.


Andrea volvió a comer fruta todas las mañanas. Se levantaba de la cama y, en su silla de ruedas, llegaba a la cocina, donde se preparaba el desayuno. Nacho también sobrevivió, pero no lo hizo Natalia, su mujer. El hijo que tenían en común, Rafa, dejó de preguntar por su madre a los dos años de la tragedia. 

Otros más consiguieron salir con vida de la explosión. Algunos fallecieron a las horas de llegar al hospital. Otros duraron algunos días más, y unos cuantos, pocos, sobrevivieron.

El hombre que respondía a las siglas B.N. fue enterrado en la intimidad. Por motivos de seguridad, no se desveló el lugar en que se hizo. Acudieron pocas personas a su entierro. 

Rafa, el hijo de Nacho y Natalia, comienza hoy su etapa universitaria. Va a estudiar Filosofía y Letras. Su padre no está contento con su decisión. "Esa carrera no tiene ningún futuro, hijo mío", le ha dicho en más de una ocasión.

Gallo-hombre en Berlín

Escrito por solocuentos 07-06-2017 en Gallo hombre en Berlín. Comentarios (0)

Probablemente no creerán lo que les cuente. Quizá piensen que estoy loco, pero no, no les miento, no me lo he inventado todo y, sobre todo, no estoy loco.

Desde que nací, soy alemán, me llamo Miroslav Von Verrücktan y mis padres también son alemanes. Desde que nací, he vivido en Berlín. No he vivido en ningún otro lugar del mundo. Sólo he abandonado la ciudad en algunos periodos de vacaciones. A mis progenitores les encanta España, sobre todo por sus playas. Casi todos los veranos, pasábamos un par de semanas en algún pueblo del levante español.

Recuerdo aquellos tiempos con nostalgia y con cariño, sobre todo ahora que mi suerte ha cambiado. La tristeza y la mala fortuna se han hecho dueñas de mi existencia. Y todo comenzó como empiezan estas cosas, tropezándome por la calle con una bella teutona que llevaba una vasija llena de leche sobre la cabeza.

A causa de nuestro tropiezo, la leche se perdió, la hermosa teutona se ruborizó y su padre, que presenció toda la escena, me prohibió terminantemente volver a tropezarme con su hija. Desolado por no poder ver a mi adorada teutona a causa de la prohibición que nos había impuesto su bárbaro y bávaro progenitor, Hans el herrero, para más señas, me refugiaba en el campo y componía poemas dedicados a ella que no le podía hacer llegar.

Una tarde, terminada mi última obra titulada "¡Oh, tú, beldad teutona, a la que tanto amo y a la que deseo ver mañana, tarde y noche, si lees algún día esto, has de saber que me tropecé contigo sin querer!", me puse a recoger margaritas y a quitarles sus pequeños y blancos pétalos. "Me quiere, no me quiere, me quiere, quizá me quiera, tal vez no le guste la leche, ¿leche de soja?, a lo mejor no me quiere...". Fue en ese instante, cuando llegué al "a lo mejor no me quiere" cuando vi al animal que me convirtió en lo que ahora soy.

Un Gallus Gallus Domesticus se plantó delante de mí. Orgulloso, con el pecho inflado, con la cresta elevada y mirándome con desprecio, ahí estaba el gallo dispuesto a atacarme quién sabe por qué. ¿Que por qué sabía yo que me quería atacar? Pues porque lo noté en su mirada malvada de gallo malvado. Intenté adelantarme a su ofensiva y me lancé sobre él con un grito de kamikaze. Sin embargo, hábilmente me esquivó y comenzó a picarme. En la nariz, en el dedo gordo del pie derecho, en la nalga derecha, en la oreja derecha y, para equilibrar, me picó un poco en el hombro izquierdo.

Moribundo, llorando y humillado, me dejó abandonado sobre la hierba. Los días siguientes no fui a trabajar; me encontraba fatal física y psicológicamente, aunque no fue hasta una semana después del accidente cuando descubrí que, a causa de las picaduras del malvado Gallus Gallus Domesticus, me había convertido en gallo-hombre.

Sí, señores, no se rían. Yo soy un gallo-hombre y lo pude comprobar aquella mañana de octubre. Como digo, la primera transformación tuvo lugar exactamente una semana después del violento ataque del animal. La noche anterior la luna estaba en cuarto creciente, pero con margen aún para crecer. Me picaba mucho todo el cuerpo, especialmente los lugares donde había sido castigado por el gallo.

Al despertarme, sentí un desagradable sabor de maíz en la boca. Avancé con el pecho inflado hacia el baño y ahí me vi, convertido en gallo-hombre. Sentí pavor, sentí horror ante lo que veían mis miopes ojos. Cerré los ojos con fuerza y deseé que, al abrirlos, volviera a ser yo, Miroslav Von Verrücktan, otra vez. Desgraciadamente, al otro lado del espejo continuaba viendo al orgulloso gallo-hombre en que me había convertido.

Pensando ya más como gallo que como hombre, me desplacé a la granja más cercana y me acerqué al gallinero. Es curioso cómo cambia la perspectiva de uno cuando pasa de ser humano a ser mitad hombre, mitad gallo. Las gallinas, para mí, unos animales insulsos hasta esa mañana, me parecieron en esos momentos seres extraordinariamente seductores y atractivos. Tras una gallinita muy mona me dirigí. Le pregunté cómo se llamaba, pero ella, supongo que cohibida, no me respondió.

El que sí lo hizo, sin embargo, fue el granjero, que curiosamente, y como el padre de mi amada humana, también se llamaba Hans. Me preguntó que qué hacía en su granja, que si pretendía robarle las gallinas. Yo, señores, que como humano soy muy educado, pero como gallo-hombre aún lo soy más, le expliqué entonces que yo no era humano, sino gallo-humano, y que deseaba pedirle la pata de una de sus gallinas.

El hombre pensó, no sé por qué, que yo le tomaba el pelo y que le quería engañar y me amenazó con pegarme una paliza si no me largaba de ahí rápido. En ese momento, se me ocurrió que, si cantaba como un gallo, le podría convencer de la verdad de lo que le había dicho. Sin embargo, las desgracias nunca vienen solas y, cuando debería haber entonado el clásico "kikirikí", me salió de corrido el Nessum Dorma de la ópera "Turandot", de Puccini.

A pesar de que al hombre le gustó mi interpretación y derramó un par de lágrimas (dos exactas) al oírla, cuando terminé repitió su amenaza anterior. aunque esta vez esgrimiendo una guadaña en mi dirección. No me quedó más remedio que correr para salvar la vida. Corrí y corrí hasta llegar a la comisaría más cercana y le expliqué a un policía lo que me había sucedido desde el principio.

Al policía le interesó tanto mi historia que me obligó a repetirla delante de todos sus compañeros, así que, una vez que los reunió a todos, volví a relatar lo que me había ocurrido. Sin embargo, no me gustó nada lo que veía en sus ojos y en sus rostros. Se reían de mí, no me creían y me tomaban por loco.

Primero, me enfadé y comencé a gritar y a insultarles. Después, desesperado por sus risas y burlas, me derrumbé en el suelo y empecé a llorar completamente derrotado.

Sé que ustedes, como aquellos policías, como aquel granjero y como aquella bella gallina que me ignoró, no me creen y piensan que no soy un gallo-hombre sino un pobre loco que ha perdido el juicio, pero sepan que los locos son ustedes. Sí, ustedes que se tienen por humanos, pero están muy lejos de serlo realmente. Sus risas, sus burlas, su carácter confiado y su fe en la vida les delatan.

Ustedes están completamente idos. 


Lapidación sí, por supuesto

Escrito por solocuentos 22-05-2017 en Lapidación. Comentarios (0)

Por favor, no se me amontonen. Guarden la fila. A cada una le llegará su momento. Esa piedra gordita del fondo, ¡por favor!


Las lapidaciones ya no son lo que eran. Los condenados aguantan cada vez menos y es difícil que todas podamos participar.


-        ¿Qué tal las piedras de hoy? ¿Cómo se portaron?
-        Bien. Algunas no dieron en el blanco y algunas hicieron poca pupa, pero en general se portaron bien.
-        Y el condenado, ¿qué tal se portó?
-        De los mejores que he visto últimamente. Aguantó de pie casi un minuto y, de rodillas, aún estuvo un poco más.
-        ¿El público estaría contento?
-        Sí, entusiasmado. La crisis de las lapidaciones nos afecta a todos, incluso a la calidad y al nivel de los ejecutados y ejecutadores.
-        Me alegro de que la cosa haya ido bien. Este tipo de espectáculos reconforta a la gente.
-        Es cierto. La gente los necesita. Les ayuda a quemar adrenalina.


-        ¿Qué hacemos con las que están manchadas de sangre?
-        Eliminadlas. Necesitamos piedras limpias para las próximas lapidaciones.


-        ¿Para qué puesto se presenta usted?
-        Lapidado.
-        ¡Vaya, qué alegría! No tenemos muchos.
-        ¡Ah, no!
-        Pues no. Se ha puesto de moda la crucifixión y no hay manera de conseguir lapidados. 
-        ¡Pues yo siempre he preferido la lapidación! Es más bonita.
-        ¡Y yo también! Es un espectáculo que admite más gente. El protagonismo se reparte, pero la gente es cada día más egoísta.


-        Yo ya me he retirado.
-        ¿Pero si eres muy joven?
-        Ya, pero me manché de sangre en la última lapidación.
-        ¡Oh, vaya, lo siento! ¿Y qué tal fue?
-        La mejor de mi vida. El tipo aguantó bastante.
-        Cada día quedan menos lapidados con aguante.
-        Cierto.
-        Cierto.


-        Las condiciones son excelentes. Le alimentaremos durante tres meses. Le entrenaremos para que soporte los golpes. Vivirá ese tiempo como un rey. Satisfaremos todos sus deseos, y cuando digo todos, me refiero a todos. ¿Me sigue?
-        Le sigo.
-        Después, una vez concluido el espectáculo, le buscaremos una gruta de lujo donde su cuerpo podrá descansar en paz. La gruta la elegirá usted mismo. ¿Qué le parece?
-        Maravilloso.



-        ¿Qué tal su hijo, María Luisa?
-        De fábula. Se ha metido a lapidado y está interno en el CARL, Centro de Alto Rendimiento para Lapidados.
-        ¡Vaya, me alegro! ¿Y cómo le dio para meterse a lapidado?
-        ¡Pues ya ve! Siempre ha ido un poco a contracorriente. Ahora que a todos les da por la crucifixión, pues él no, él, a lapidado. Ahora, él está muy contento, y su padre y yo también.
-        Me alegro un montón, Doña Eduvigis. ¿Y ya saben cuándo lo lapidan?
-        En mes y medio.
-        ¿Irán ustedes?
-        ¡Por supuesto! Reservan asientos de primera fila para los familiares.


-        Es una pena que me hayan retirado siendo tan joven. Aún podía haber participado en muchas lapidaciones más.
-        No te preocupes. Intenta buscar el lado positivo de las cosas.
-        Sí, tienes razón. Por cierto, ¿qué fue de Brian?
-        Crucifixión, por supuesto.


NOTA: "La Vida de Brian", película de 1979 del grupo cómico inglés Monty Python

Tan cerca, tan lejos

Escrito por solocuentos 22-05-2017 en Tan cerca. Comentarios (0)

Desde que vivían juntos, Raquel le contaba un cuento antes de dormir. Javier escuchaba fascinado desde su lado de la cama. Adoraba la suave voz de Raquel relatando las extravagantes historias que brotaban de su fecunda imaginación.

Aquella noche, el cuento trataba de un león vegetariano que se negaba a comer carne. El pobre animal era rechazado por los suyos y, al ser temido por el resto de los animales, acababa condenado a vagar solitario por el mundo.

"Un día", contaba Raquel, "el león se topó con un ñu que no salió huyendo al verle aparecer. El bóvido también viajaba solo. Se hicieron amigos y decidieron caminar juntos. Un día, el león le preguntó a su compañero por qué se había quedado solo".

- Como bien sabes, los ñus somos herbívoros - le explicó al león su amigo. Sin embargo, un día, un miembro de la manada murió a causa de una herida y, a mí, se me ocurrió probar el sabor de su carne. Como me gustó lo que probé, continué devorando a mi compañero muerto. Al verme comer el cadáver, los otros ñus se enfadaron conmigo y me expulsaron del grupo.

En ese momento, un ronquido interrumpió el relato de Raquel. Como todas las noches, Javier se había quedado dormido antes de concluir la historia. Raquel, entonces, suspiraba, apagaba la luz de la habitación y cerraba los ojos deseando conciliar el sueño rápidamente.

Pero éste le era esquivo y su cerebro imaginaba un final para la inconclusa historia. Varias alternativas barajaba su mente, mas ninguna la convencía del todo. Después, ya lejos de los animales imaginarios, pensaba en otro animal, este real, con el que compartía la cama.

"Ahí está Javier, a unos pocos centímetros de mí", se decía Raquel. "Sólo con estirar sus brazos me podría tocar y hacer suya. Sólo con estirar los míos podría hacerlo completamente mío".

Se preguntaba por qué se había ido a vivir con él, por qué había abandonado a su marido e hijos por compartir cuentos y cama, casa y coche, desayuno y cena con un hombre con el que nunca había hecho el amor y al que ni siquiera había besado fuera de su imaginación.



El despertador sonaba a las seis y media en punto. Raquel se levantaba primero, se metía en el baño y se duchaba. Al salir ella, entraba él, y mientras se duchaba, ella preparaba el desayuno para los dos. Antes de ir a la cocina para desayunar, Javier hacía la cama.

Ya juntos en la cocina, él bebía un zumo de naranja y un café con leche, y comía cuatro galletas. Ella, por su parte, tomaba un té y un par de tostadas con aceite de oliva al tiempo que hojeaba una revista de cine. Él miraba la calle que, lentamente, se iluminaba con luz natural y se llenaba de gente.

Mientras él recogía la cocina, ella se cepillaba los dientes y se vestía. Después, aguardaba a que él hiciera otro tanto contemplando distraída la calle por la misma ventana que le entretenía a él durante el desayuno.

Juntos bajaban al parking y entraban en el coche de Javier. Poco después de salir a la calle, sonaba el móvil de Raquel. Era su marido. Ella descolgaba y ponía el altavoz. Sólo hablaba el marido:

- ¿Dónde estás, Raquel? ¿Por qué nos has abandonado? ¿Por qué no vuelves? ¿Por...

En ese punto, o un poco antes o un poco después, al marido se le quebraba la voz, rompía a llorar y acababa por colgar.

Javier permanecía impasible con la mirada fija en la carretera. Raquel miraba por la ventanilla.

Llegaban al trabajo de Raquel, ella se bajaba del vehículo y se despedían:

- Hasta luego, Javier.
- Hasta luego.


Javier reemprendía la marcha. Realmente era muy hermosa Raquel. Estaba con él, a pocos centímetros de él en la cama, a pocos centímetros de él en el coche, a pocos centímetros de él en el apartamento. Sólo le haría falta estirar el brazo hacia ella, acariciar su dulce cuello y atraerla hacia él.

Lo había hecho cientos de veces, y no sólo la había besado en los labios, y no sólo había acariciado su suave cuello. Y sabía que, al igual que en su mente, en la de Raquel también habían gozado una y mil veces de sus respectivos cuerpos. Y sabía también que jamás se tocarían.

Antes de entrar a la oficina, se metía en una cafetería que había a pocos metros de aquélla. Su segundo café de la mañana era pésimo. Nunca le había gustado el café de aquel lugar, pero era una de esas estúpidas costumbres a las que uno se aferra sin saber muy bien por qué. Ingería aquel inmundo brebaje mientras hojeaba aburrido las noticias repetitivas del periódico.

Tras concluir el ritual del segundo café, se dirigía a la oficina. Aquel trabajo al que estaba encadenado le resultaba alienante, pesado y mortalmente soporífero, pero como le indicaban sus padres y amigos, era a fin de cuentas un trabajo y había de estar agradecido por tener uno. "Amén", se decía a sí mismo cada vez que oía esto.


A media mañana, comenzó a sonar su móvil. Era el tono que había seleccionado para Raquel: "I Like You", de Morrissey.

- Dime.
- Hoy no me encontrarás al volver a casa. He hablado con mi jefa. Le he pedido permiso para irme antes, pues me encuentro mal. Ella me lo ha concedido. Voy ahora al apartamento, recogeré todas mis cosas y regresaré con mi familia. Lo siento.
- Yo también.
- Adiós. Te quiero.

Él iba a responder que él también la quería, pero ella ya había colgado. Él borró su número de teléfono. Era consciente de que nunca volverían a hablar.


Ella también eliminó el número de teléfono de él. Penetró en el apartamento vacío. Introdujo sus cosas en un par de maletas, cerró la puerta tras salir, bajó a la calle, llamó a un taxi y le dio al conductor la dirección de la casa que había compartido con su marido y sus hijos.

Al entrar en la casa, se encontró frente a frente con una sorprendida Sheila.

- He vuelto, Sheila. Voy a colocar mis cosas en su sitio y a darme un baño. ¿A qué hora llegarán el señor y los niños?
- Sobre las seis y media, señora.
- Perfecto. Me dará tiempo a comprar una tarta de chocolate. A los tres les encanta el chocolate.


El apartamento de Javier está más vacío y frío de lo habitual. Sin encender ninguna luz, se aproxima a la ventana de la cocina desde la que contempla el melancólico atardecer otoñal. El sol se va lentamente desvaneciendo y la gente se recoge en sus casas. Poco a poco, se van encendiendo las farolas y el día da paso definitivamente a la oscura noche.

Esta noche no tendrá su cuento. Esta noche le costará conciliar el sueño. Esta noche pensará en Raquel.

La mala hora

Escrito por solocuentos 01-04-2017 en La mala hora. Comentarios (0)

En su cabeza no para de sonar el estribillo de aquella vieja y olvidada canción. A veces, incluso, mueve los labios y la susurra: "Es la mala hora; condenado estoy. Es la mala hora; condenado estoy".

La gente pasa a su lado. Alguno le echa una mirada compasiva, alguno le da algo de dinero y alguno le trae algo de comida o una manta cuando hace frío, pero a él todo le da igual; está amortizado. Simplemente aguarda a que llegue su hora.

Lleva tiempo vacío, siendo sólo una carcasa de piel, pelo y huesos que ocupa un lugar de la calle. Lleva tiempo vacío de pensamientos. En su cabeza, sólo se halla ese machacón estribillo.

Hace ya tiempo que perdió la capacidad de rebelarse a su suerte y a la del mundo de zombies donde habita. Hace años que renunció a luchar por algo, por alguien. Hace ya mucho, demasiado tiempo quizá, que perdió incluso el coraje necesario para poner punto y final a su fútil existencia.

Cientos de sombras continúan pasando ante su cuerpo inerte. Cientos de seres desconocidos continúan con el espectáculo diario en el que él hace tiempo que no actúa. Sólo de vez en cuando mueve los agrietados labios: "Cien pájaros hambrientos anuncian la aurora. Es la mala hora; mi suerte acabó".

NOTA: “La mala hora” es una canción de Radio Futura incluida en el disco “La canción de Juan Perro”