Blog de solocuentos

Te he oído

Escrito por solocuentos 19-10-2017 en Te he oído. Comentarios (0)

Hace un par de días tuve una fuerte discusión con mi madre. Le pregunté por qué no le echaba chorizo a la paella. Ella se sorprendió y me preguntó si bromeaba. Yo respondí que no, y ella, respondiendo a mi primera pregunta, me dijo que "por supuesto que no", añadiendo que eso era "algo ridículo". Yo me molesté por su último comentario y repuse que un famoso chef extranjero había hecho una paella con chorizo. Ella se rió y mi enfado aumentó. 

"¿De qué te ríes, mamá?", le pregunté, y ella me respondió que se reía de lo que acababa de decir. "Aunque así la hiciera el propio Papa, y ya sabes que yo soy más papista que el Papa", me dijo mi madre, "me seguiría pareciendo una tontería. ¡A quién se le ocurre! ¡Una paella con chorizo!". A mi madre le entró un ataque de risa y yo, enfadado, me marché dando un portazo.



Ayer recibí una llamada de mi padre. Me preguntó que por qué me había enfadado con mi madre. Yo le respondí que no estaba enfadado, que sería ella la que estaba enfadada conmigo. El repuso que mi madre afirmaba que ella no lo estaba. Yo le dije que quizá mi madre mintiera. Él me preguntó entonces que por qué me había ido el día anterior de su casa dando un portazo. "Pregúntaselo a mamá", respondí yo. "Ya lo hecho", dijo él, "y ella sólo me ha dicho que por una tontería de la que no merecía la pena ni hablar". Yo protesté indicándole que no se trataba de una tontería sino de algo realmente serio. Él me pidió que se lo contara, pero yo me negué obstinado. Él me pidió que olvidara mi enfado, pues no era bueno que un hijo estuviera enfadado con su madre, pero yo me negué obstinado. 

Él me dijo, finalmente y como hacía casi siempre que me enojaba, que tenía dos trabajos: enfadarme y desenfadarme. Yo le contesté, como casi siempre, que eso carecía de sentido, pues yo ya estaba enfadado, por lo que, como mucho, sólo tenía un trabajo que hacer: desenfadarme. "Entonces reconoces que estás enfadado, ¿no?", dijo mi padre tras haber conseguido que confesara que, efectivamente, estaba enfadado. Realmente enojado por la risa burlona de mi madre y por la astucia de mi padre para hacerme confesar mi enfado, colgué el teléfono sin despedirme de él.



Esta mañana he recibido un whatsapp de mi hermana pequeña. "¿Qué te parece mi nuevo novio?", me preguntaba y añadía una carita guiñando y otra sonriente". "Me da igual", respondí yo sin emoticonos. Ella me preguntó que qué me pasaba, que si tenía algo en contra de su novio, que si tenía algo en contra de que fuera domador de pulgas. Yo le respondí que apenas le conocía, que no tenía nada en contra de los domadores de pulgas ni del resto de los novios con los que había salido y que no tenía ganas de hablar. 

Ella pareció advertir que algo serio me ocurría, que no me encontraba de humor y me preguntó que si estaba bien, a lo que contesté que la vida está llena de momentos buenos, malos y regulares. A continuación, le pregunté que qué le parecía la paella con chorizo. "¡Paella con chorizo!", exclamó ella y añadió tres caritas que lloraban de risa. "¿Estás de coña, no?", añadió con otras tres caritas llorando de risa. Apagué entonces el móvil sin un adiós ni un emoticono, ni siquiera el de la carita roja e iracunda.



- En fin, Clara, ¿qué piensas tú de todo esto?
- ¿Perdón?
- ¿Que qué opinas de todo esto que te he contado? ¡No me has escuchado!
- Sí, sí, claro que te he... te he oído. ¿Cómo decías que te gustaban los macarrones, con tomate o con queso fundido? 

LA SOMBRA ACECHANTE

Escrito por solocuentos 26-09-2017 en La sombra acechante. Comentarios (0)

I 


Recibí el primer disparo en el pecho izquierdo. Caí desplomada al suelo. Me intenté arrastrar hasta el teléfono pero, antes de llegar a él, me disparó dos veces más. Me volví hacia Rafa, pero en pocos segundos perdí la consciencia. 
Pensé que moriría, pero no, milagrosamente me salvé. Él, milagrosa o fatídicamente, también se salvó. Me informaron de que intentó suicidarse pegándose un tiro en la cabeza. No murió. Al parecer, no resulta tan sencillo suicidarse. 

Me casé con él un par de años después de haber dejado a mi antiguo novio poco antes de la boda que habíamos planificado. El pobre Daniel tuvo que ir al psicólogo para superarlo. Yo lo pasé fatal, por él, por mí, por el daño que le había hecho, por el daño que me había hecho a mí misma, por las permanentes dudas que, desde pequeña, se me agolpaban en la cabeza a causa de la separación de mis padres. 
Entonces conocí a Rafa, el amor y el dolor de mi vida. Con él, no dudé ni un instante. Con él, sí que me casé. 


II 

Sara resultó de gran ayuda en aquellos primeros días después de salir del hospital y de regresar a casa. Él también se había recuperado, pero iría a prisión. Yo estaba a salvo; al menos de momento. 
Sara, como el resto de las chicas de la casa, había vivido con miedo durante muchos años. Había escapado de su verdugo y se había hundido en el miedo y la desesperación. 
Sin embargo, ella había logrado recuperar la confianza y el valor perdidos, había rehecho su vida y ahora ayudaba a mujeres que, como ella en el pasado y yo, en aquella época, sufríamos ese calvario que tan bien conocía. 

Apenas llevábamos dos años casados y yo ya sentía que las cosas iban mal. Le seguía queriendo; quizá aún hoy lo siga amando, pero él había cambiado. Ya no hablábamos, ya no bromeábamos, casi no nos veíamos y siempre estaba serio y seco conmigo. Comenzó a salir con amigos y, en ocasiones, regresaba muy tarde. Yo decidí hacer lo mismo y empecé a salir con mis amigas del trabajo. 
Una noche, al volver de una fiesta, me lo encontré, sentado a oscuras en el sillón y con el gesto torvo. Me echó en cara que volviera tan tarde, me dijo que era una puta, una guarra y me acusó de haber estado toda la noche follando con cualquier gilipollas. Yo me intenté defender, pero él me cortó de golpe, de golpe seco, con una fuerte torta. Sólo fue una torta. Después, se fue a la cama. 
Yo me quedé sentada, llorando en el sofá. "Sólo ha sido una torta", me dije. Pero después de esa torta, llegaron otras muchas más, y patadas, y puñetazos, y yo fui cayendo lentamente en un pozo oscuro alejándome cada vez más de la luz, de la vida, de la esperanza. 



III 

Cuesta mucho volver a la superficie cuando estás hundida en lo más profundo de un abismo y cuando tú misma has renunciado a regresar a la superficie. Sin embargo, con la ayuda de Sara y de las otras mujeres de la casa, de mis padres, de mi hermano y mis dos hermanastros, y, en general, con la ayuda de todos mis amigos y familiares, volví a ver la luz y sentí renacer en mí la vida perdida. 
Poco a poco volvía a ser la Silvia de antes, alegre, divertida, ingeniosa, con ganas de hacer cosas, con intereses, con emociones, con esperanzas. A pesar de ello, conservaba aún una sombra que me frenaba en ocasiones a la hora de dar un paso arriesgado en mi vida. 
Esa sombra era el miedo que aún me quedaba latente, esa sombra todavía se hallaba encerraba en una lejana prisión, pero un día, tarde o temprano, volvería a ver la luz y se haría corpórea de nuevo. 


IV

Hoy me han avisado de que saldrá de la cárcel. Me han tranquilizado. Me han dicho que tiene una orden de alejamiento. Me han explicado que le han colocado una pulsera en la muñeca que le tiene permanentemente localizado y que, si se acerca a mi casa, hará saltar una alarma en la comisaría más cercana. Me han indicado, además, que él no tiene las señas de mi nuevo domicilio. Me han tranquilizado, creo.

Tengo las cortinas cerradas. Miro a la calle desde la ventana. Veo pasar a la gente y veo sus sombras. Me fijo en ellas. 
Temo reconocer, en algún momento, a la sombra a la que quizá aún ame. 
Temo reconocer, más pronto que tarde, a la sombra que, tal vez ahora sí, me quite la vida.


Relato a quince voces

Escrito por solocuentos 09-08-2017 en Relato a quince voces. Comentarios (0)

Mario: "Nos conocimos en el instituto. Iba a un curso por debajo del mío. Al principio, ni me fijé en ella. Sin embargo, en una fiesta de final de curso, charlamos un rato. Enseguida sentí algo especial por ella, y noté que el sentimiento era mutuo".

Elvira: "Comenzamos a salir a la semana de conocernos. Fuimos varias veces al cine y al parque de atracciones. También me invitó a un concierto de un cantante al que no conocía, pero que me encantó. Nos entendíamos de maravilla. No era mi primer novio, pero sentí que éste era especial".

Lucía, madre de Mario: "Era una chica muy riquiña; muy guapa. Me quería mucho y yo a ella. Fue una pena cuando se separaron. Lo pasé muy mal".

Elvira: "Estuvimos unos diez años saliendo juntos. Los últimos tres, ya compartíamos casa. Teníamos trabajo, estábamos enamorados y era inevitable que acabáramos casándonos".

César, hermano de Elvira: "Mi padre había muerto hacía dos años, así que fui yo el padrino. Me llevaba de maravilla con Mario. De hecho, le acompañé en su despedida de soltero. Además de padrino de boda de mi hermana, ella y mi cuñado decidieron que fuera yo el padrino de Silvia".

Mario: "Elvira estaba embarazada de cinco meses el día de la boda, el 13 de agosto. Lo pasó un poco mal a causa del calor y del embarazado, pero estaba bellísima. Fue un día inolvidable. Me iba a casar con la mujer a la que amaba, íbamos a ser padres y, en el evento, estaban todos nuestros amigos y familiares. Lo único triste, la ausencia de mi suegro. Elvira lloró al recordarlo".

Elvira: "Silvia nació un par de días antes de salir de cuentas. Tres kilos y medio. A mi lado, cuando la cogí por primera vez, estaba Mario. Nunca fuimos tan felices como aquel día".

Andrés, hijo de Mario y Elvira: "Nací casi tres años después que Silvia. Desde el principio, estuvimos muy unidos. Quizá la crisis matrimonial de nuestros padres nos unió más".

Silvia: "Yo era muy pequeña, pero notaba que algo raro les pasaba. Mi padre llegaba muy tarde del trabajo y apenas hablaba con mi madre. Ella también desaparecía de vez en cuando y nos cuidaba la abuela Lucía o la tía Paquita".

Paquita, hermana de Elvira: "Siempre estuve muy unida a mi hermana. Poco antes de nacer Andrés, me dijo que pasaban por una crisis. Apenas hablaba con mi cuñado. Fue en esa época, poco antes del parto, cuando conoció a Walter".

Elvira: "Quiero mucho a mis hijos mayores, a los dos por igual, pero quizá fue un error pensar que, con el nacimiento de Andrés, superaríamos la crisis y volveríamos a estar como antes".

Walter: "Fue en pleno embarazo cuando la conocí. Inmediatamente supe que sería la mujer de mi vida. Ella estaba casada, lo sabía, pero también intuía, al mirarle a los ojos, que ya no sentía nada por su marido".

Mario: "Cuando me enteré de su aventura con Walter, me enfadé mucho, pero enseguida me di cuenta de que me molestaba realmente por mi orgullo de hombre y no porque no me quisiera como antes. Ya estábamos mal antes de nacer Andrés y, con su nacimiento, nada se arregló. Ya no sentíamos nada, absolutamente nada cuando estábamos juntos. Era una farsa de matrimonio".

Tasio, padre de Mario: "Nos dijo que se iban a divorciar. Nos explicó que ya no se querían. Mi mujer lo pasó fatal. No nos explicó nada de Walter ni de las chicas con las que él se veía de vez en cuando".

Silvia: "Andrés aún no había cumplido cuatro años cuando nuestros padres se divorciaron. Lo pasamos muy mal los dos. Tal vez por eso nos unimos más. Nuestros padres nos querían y fue un divorcio amistoso, pero aun así, nos resultó muy duro".

Tasio: "Se vino una temporada a vivir con nosotros. A veces, venían los niños a pasar los fines de semana. Él, entre semana, no paraba. Trabajaba mucho y salía después con sus compañeros de trabajo. Después, se compró la casa donde vive ahora".

Walter: "Elvira y yo nos casamos un par de años después del divorcio. Tuvimos unos gemelos preciosos que se llevan de maravilla con sus hermanastros. Elvira tenía derecho a empezar de nuevo, igual que él".

Nerea, tercera mujer de Mario: "A Elvira le fue mejor que a Mario en su segundo matrimonio. Yaiza, su segunda mujer, le trató como a una colilla. A él le costó un mundo recuperarse. Ahora nos va bien. Quizá yo no sea la mujer de su vida, pero estamos bien juntos".

Mario: "Sentía algo de envidia por la felicidad de Elvira. Desde el principio, le fue de maravilla con Walter. Yo me precipité con Yaiza. Sufrí mucho".

Yaiza, segunda mujer de Mario: "Yo no engañé a nadie. Siempre le dije que no quería ataduras, pero él nunca lo asimiló. Lamento que lo pasara tan mal, pero nunca le engañé".

Elvira: "Me alegro sinceramente de que a Mario le vaya bien con Nerea. Es un buen hombre y un gran padre. Nos veremos todos en la boda de Silvia y Daniel".

Daniel, prometido de Silvia: "Noto algo inquieta a Silvia. Quizá sólo sean los nervios de la boda. He intentado sonsacarle a Andrés. Se lo cuentan todo. Sin embargo, él sólo me dice que no me preocupe, que todo va bien".

Andrés: "Mi hermana está algo preocupada. Le da muchas vueltas a la cabeza. Teme pasar por lo mismo por lo que pasaron nuestros padres. Yo le digo que no se preocupe, que no ha de pasar por lo mismo que ellos, que a ella le puede ir bien desde el principio".

Julio, ex novio de Silvia: "Sé por qué se encuentra inquieta. Sé que aún siente algo por mí, pero lo nuestro terminó hace ya mucho tiempo".

Daniel: "Temo que aún sienta algo por Julio. Él es gay, salió del armario. Es un tipo encantador y lleva varios meses saliendo con Ramiro. Ambos vendrán a la boda y yo estoy contento por ello, pero me queda esa estúpida duda. Sé que ella fue muy feliz con él".

Silvia: "¿Y si las cosas no salen bien? ¿Y si dejamos de querernos? ¿Y si acabamos haciéndonos daño?".

Pepe, cura que oficiará la boda: "No veo muy segura a la novia, pero ¿quién está seguro antes de dar un paso así?".

Lucía: "Mi nieta estará hermosísima vestida de blanco. Utilizará el mismo vestido que utilizó su madre en la boda con su padre. Seguro que lloraré".

Silvia: "Seguro que mi abuela llora, y mi madre, y Andrés y, sobre todo, Daniel y su madre".

Beatriz, madre de Daniel: "Me gusta mucho Silvia, pero temo que no quiera de verdad a mi hijo. Además, su padre se ha divorciado dos veces y su madre, una. Ella está más acostumbrada a estas cosas, pero no le perdonaría que le hiciese daño a mi hijo".

Silvia: "Nunca me perdonaría hacerle daño a Daniel. Decidido, mañana hablo con él y suspendemos esta locura. No puedo continuar adelante con estas dudas".



Ignacio, psicólogo de Daniel: Continúa, te escucho.


Animales

Escrito por solocuentos 05-07-2017 en Animales. Comentarios (0)

De todos mis animales, son los perros los más leales y obedientes. Conmigo, son muy cariñosos y temen mis enfados. Jamás se enfrentarían a mí, pero con el resto de los animales actúan como tiranos. A las ovejas las dirigen con autoridad, ladran con fuerza cuando se desvían del camino por el cual las quiero llevar y, si alguna se retrasa en exceso, son capaces de morderlas para que espabilen. Toda esa fiereza que muestran hacia las ovejas, o con los extraños, se convierte en temor y humildad ante mí. Aunque les diera una paliza, ellos no intentarían atacarme, agacharían las orejas, encogerían el rabo y se esconderían en algún rincón gimoteando.

Tampoco son rebeldes las ovejas. Muchas son las que tengo. Alguna vez me da por pensar en lo que serían capaces de hacer si fueran conscientes de su fuerza potencial. La fuerza potencial procedente de su número, digo, que es inmensamente superior al de los perros que las atormentan o al mío, sólo uno, yo, que decido sobre sus vidas. Sin embargo, si fueran conscientes de ello, si decidieran revertir la situación de dominación a la que se ven sometidas, ya no serían ovejas, sino otro animal inexistente.

Sin embargo, y a pesar de esa congénita estupidez, yo las aprecio mucho por la paz que me aportan y porque son las que más beneficios me dan. Ellas y las gallinas son, básicamente, los animales de los que dependo para subsistir en este pueblo abandonado. 

Las gallinas me aportan huevos, pollos y comen prácticamente de todo, inmundicias incluidas. No me dan mucha guerra y respetan el orden establecido. Esto último, sin embargo, es algo que le cuesta aceptar a mi orgulloso gallo. Sin duda es bello e imponente, pero su orgullo excesivo resulta un tanto ridículo. En ocasiones, me gusta asustarlo para bajarle los humos. Él, en un principio, me planta cara, pero pronto consigo amedrentarlo y le hago correr y esconderse. Pienso en lo grotesco que resultan a veces esos animales tan fatuos y, al mismo tiempo, tan inconscientes de su propia debilidad. He de reconocer, pese a todo, que, en cuestión de belleza, es probablemente uno de mis animales preferidos.

Aun así, nunca será tan bello y valorado por mí como los dos gatos que moran en mi desvencijada casa. Al contrario que los perros, ellos no son nada leales ni cariñosos, sino interesados y egoístas. Sólo los acaricio cuando ellos deciden que han de ser acariciados, y sólo me prestan algo de atención cuando desean obtener algo a cambio. Su mirada, al contrario que la de las ovejas, muestra una inteligencia fuera de lo común. Intuyo que saben lo que pienso en cada momento y sé que serían capaces de traicionarme si de ello obtuvieran algún beneficio. Me gustan, entre otras cosas, porque, pese a vivir conmigo, se niegan a ser totalmente domesticados y sé que conservan un espíritu salvaje y rebelde que los hace únicos. Salvo el placer que obtengo al contemplarlos y de su suave pelaje cuando puedo acariciarlos, ellos no me proporcionan nada de provecho excepto, en ocasiones, la caza de algún roedor.

Los gatos son haraganes, sin duda. En nada se parecen a las hormigas, a las que suelo observar mientras bebo un vaso de vino y tomo un trozo de queso a última hora de la tarde. Con las ovejas recogidas, las gallinas en su caseta y los perros a mis pies, me siento en un banco de madera que hay al lado de la puerta de la entrada de la casa y, mientras el sol se oculta, contemplo admirado la incesante y organizada actividad del pequeño ser. 

De vez en cuando, les dejo pequeños trozos de queso junto al hormiguero para ver cómo lo parten, lo distribuyen y lo introducen en su oscuro agujero. Son fuertes, son trabajadoras, son organizadas, son incansables, pero su vida me resulta también aburrida y sin sentido. Almacenan comida, la comen, organizan el hormiguero, se reproducen, mueren. Día tras día, haciendo las mismas cosas sin pensar jamás en lo que han hecho ni en lo que quieren hacer en el futuro. 

A veces, me siento yo también como una hormiga. Llevo años repitiendo las mismas acciones y no pienso demasiado en lo que ocurrirá en el futuro. No, no pienso en el mañana, pues el mañana no me importa un carajo. 

¿Y el pasado? Trato de olvidarlo. A veces, mis hijos vienen a verme e insisten en que me mude a la ciudad para vivir con ellos o en un Residencia. No me veo encerrado entre cuatro paredes. Me sentiría como un pájaro enjaulado. Sólo una vez vi uno en casa de una vecina. Sentí pena por él. Un pájaro necesita volar, necesita sentirse libre, necesita desplegar sus alas sin miedo y elevarse por el aire sin temor a topar con nada que frene su vuelo.

Suelo pensar en los animales, en sus existencias, en sus cualidades, en sus defectos, en las cosas que no comprendo de ellos y en aquellas otras que me fascinan. Prefiero pensar en ellos, pues si intento pensar en los hombres, tendría que viajar al pasado y el pasado me queda ya muy lejos. 

Aquí, ya no queda nadie. Los míos hace bastante tiempo que marcharon, incluida mi mujer, muerta hace ya demasiados años. En ocasiones pienso en ella. A veces, también lo hago en mis hijos y en mis nietos y, muy de tarde en tarde, mi mente recuerda, cada vez de forma más borrosa, a mis tres hermanos, a mi madre y a mi padre. 

Sobre todo, me acuerdo de este último cuando salía a cazar perdices, codornices, conejos e incluso jabalís, estuviese abierta la veda o no. Una tarde, regresó incluso con un lobo. Lo dejó colgado en una estaca varios meses. A mí me asustaban muchos los lobos de pequeño. Hoy ya no quedan.

Desaparecieron los lobos. Desaparecieron como los hombres, como las voces, como el ruido, como la vida.

Hoy, aquí, sólo quedamos mis aborregadas ovejas, mis leales perros, mis productivas gallinas, mi orgulloso gallo, mis hermosos gatos, otros cuantos bichos más y yo.

Nada más que unos cuantos animales y yo. Nada más


Ricardo

Escrito por solocuentos 05-07-2017 en Ricardo. Comentarios (0)

Hoy, entre cliente y cliente del banco, me he dado cuenta de que hace tiempo que no acude ningún Ricardo a la oficina. Al pensar en ello, he comprobado que, desde los tiempos del colegio, no he conocido a ningún Ricardo. Otros nombres, como Israel, Bárbara, o Nerea desaparecieron también de mi vida al pasar del colegio, donde tuve compañeros con esos nombres, al instituto. Israel, Nerea o Bárbara, e incluso Jacobo, no me sorprenden tanto, pues no son nombres tan comunes, ¿pero qué ha ocurrido con los Ricardos? ¿Se los ha tragado la tierra?

Preocupado por ello, acudí al despacho del director de la sucursal, Don Emilio. Él, nada más entrar en su despacho, se quitó las gafas y me preguntó qué deseaba. "Nada importe, señor. Sólo que me he preguntado, de repente, qué ocurrirá con los Ricardos". Él, al principio, no entendía a qué hacía referencia. Luego, le he explicado que, desde el colegio, no había conocido a ningún Ricardo, que acababa de caer en la cuenta de ello y que me tenía desconcertado. 

Don Emilio, tras escuchar lo que le acababa de contar, se quedó un rato pensativo. "Es curioso, Rodríguez, pero a mí me ha sucedido exactamente lo mismo que a usted. De todos modos, me imagino que será pura casualidad que nos haya ocurrido lo mismo a ambos". De todos modos, ninguno de los dos nos quedamos tranquilos y decidimos consultar la base de datos de nuestros clientes para verificar si teníamos algún Ricardo. 

Después de revisarla de arriba a abajo varias veces, comprobamos que no había ningún Ricardo. "Tranquilo, hablaré con la central. Seguro que la entidad tendrá algún cliente que se llame Ricardo. O algún trabajador. ¿Eso también nos serviría, no, Gutiérrez?".

Sentados, inquietos e impacientes, aguardamos más de quince minutos hasta que el teléfono sonó. Era el empleado de la central con el que había hablado Don Emilio hacía más de cuarto de hora. Le había hecho una curiosa petición, o al menos eso pensó el empleado cuando el director de la sucursal de aquel pequeño pueblo le había pedido que verificara, en la base de datos del banco, si tenían algún cliente o trabajador que se llamara Ricardo. 

Tras preguntarle el motivo de tan peregrina solicitud, Don Emilio le explicó lo que les había pasado a su empleado y a él mismo. Sorprendentemente, él tampoco había conocido a ningún Ricardo después del colegio, así que, más picado por su propia curiosidad que por la importancia de lo solicitud realizada, se puso a rastrear por los archivos documentales del banco.

Con voz temblorosa, habló el empleado de la central: "Cero, ninguno. Ni en la actualidad, ni hace cinco años, ni hace quince, ni nunca". Don Emilio había puesto el manos libres y ambos palidecimos al escuchar la respuesta de nuestro compañero. Mi jefe me dijo entonces que volviera al trabajo. Admitía que resultaba algo muy extraño, pero que qué se le iba a hacer, que teníamos que continuar con nuestro trabajo y nuestras vidas hubiese o no en ellas algún Ricardo.

La tediosa jornada concluyó, como cada día, a las 14:30. Regresé a casa y le conté a mi mujer lo que me había sucedido. "¿Cómo que no conoces a ningún Ricardo?", respondió ella. Después, me recordó que el extraño vecino del quinto B se llamaba Ricardo Ruiz Ramírez. Era el clásico vecino que se quejaba por todo y que la armaba en todas las juntas de vecinos. 

Llamé entonces a mi jefe y le conté lo que me acababa de recordar mi mujer y él, entre risas, me confesó que él también conocía uno y que casi le provocaba el divorcio cuando le había explicado a su mujer lo que les había ocurrido aquella mañana. "Mi suegro se llama Ricardo. Mi mujer casi me mata. El hombre es tan gris que, por momentos, olvido que existe y que tiene un nombre".

Colgué el teléfono aliviado y decidí ir a hacerle una visita a mi vecino. "Buenas tardes, Don Ricardo, ¿qué tal se encuentra usted hoy, Don Ricardo?", le pregunté cuando, con cara de pocos amigos, me abrió la puerta. Quería oírme decir el nombre de Ricardo sólo para satisfacer a mis oídos. 

"Yo, muy bien. ¿Qué quiere usted?". Me inventé un excusa para justificar la molestia de despertarle de la siesta y, tras llegar a un punto muerto la conversación de besugos que manteníamos, me despedí: "Hasta pronto, Don Ricardo. Un placer hablar con usted, Don Ricardo".

Resuelta la crisis de los Ricardos desaparecidos, aquella noche pude dormir del tirón sin que ninguna seria preocupación perturbara mi profundo sueño.