Blog de solocuentos

La mala hora

Escrito por solocuentos 01-04-2017 en La mala hora. Comentarios (0)

En su cabeza no para de sonar el estribillo de aquella vieja y olvidada canción. A veces, incluso, mueve los labios y la susurra: "Es la mala hora; condenado estoy. Es la mala hora; condenado estoy".

La gente pasa a su lado. Alguno le echa una mirada compasiva, alguno le da algo de dinero y alguno le trae algo de comida o una manta cuando hace frío, pero a él todo le da igual; está amortizado. Simplemente aguarda a que llegue su hora.

Lleva tiempo vacío, siendo sólo una carcasa de piel, pelo y huesos que ocupa un lugar de la calle. Lleva tiempo vacío de pensamientos. En su cabeza, sólo se halla ese machacón estribillo.

Hace ya tiempo que perdió la capacidad de rebelarse a su suerte y a la del mundo de zombies donde habita. Hace años que renunció a luchar por algo, por alguien. Hace ya mucho, demasiado tiempo quizá, que perdió incluso el coraje necesario para poner punto y final a su fútil existencia.

Cientos de sombras continúan pasando ante su cuerpo inerte. Cientos de seres desconocidos continúan con el espectáculo diario en el que él hace tiempo que no actúa. Sólo de vez en cuando mueve los agrietados labios: "Cien pájaros hambrientos anuncian la aurora. Es la mala hora; mi suerte acabó".

NOTA: “La mala hora” es una canción de Radio Futura incluida en el disco “La canción de Juan Perro”

La década del sexo

Escrito por solocuentos 01-04-2017 en La década del sexo. Comentarios (0)

Y entonces ELLA le recomendó que se dedicara a la novela erótica. Él se quedó pensativo durante una semana, dos, tres... A la cuarta, decidió hacerle caso. Total, no tenía ningún futuro en su actual campo laboral: apretador de tornillos en una cadena montaje, como antes habían hecho su padre, el padre de su padre y el padre del padre de su querido amigo Federico. 

Los problemas con respecto a la dedicación en cuerpo y alma a la redacción de novelas eróticas eran fundamentalmente dos: nunca había escrito nada, aparte de la lista de la compra, y todavía seguía siendo virgen a pesar de que algunas canas asomaban ya por su decadente cabellera.

Buscando ayuda para superar estas dificultades, y un poco de sal para la ensalada, bajó al 3ºB, donde habitaba doña Puri, mujer de unos 50 años, pelo verde peinado con dos coletas y moño y que convivía con un loro, llamado casualmente Riqui, como el primer perro que tuvo su prima Cristina, a la que hacía años que no veía a pesar de vivir en el 3ºA, justo enfrente de doña Puri. El caso es que su vecina le pudo facilitar la sal y lo ayudó en su carrera literaria y sexual.

- ¡Qué suerte has tenido, yo soy sexóloga de profesión y maestra de lengua de vocación! Además, hoy, mi ex marido Mohandas me ha traído varios sacos de sal de su país. El hombre anda hecho un eccehomo a causa de las palizas que le dieron antes de venir aquí unos hooligans por el asunto de la sal. Pero bueno, por la cara que pones, eso no parece interesarte demasiado, así que vamos a follar un poco para que vayas teniendo material de cara a tu primera novela.

Dicho esto, la sexóloga y maestra de lengua Purificación Virtuosa desvirgó al escritor en ciernes. Él no mostró un gran entusiasmo. Era de natural impávido y nada podría cambiarlo. En los tres meses que siguieron al primer y salado encuentro sexual, él vivió entre su piso y el de su vecina. 

Ella le enseñó todos los secretos del sexo, las diferentes posturas que se podían adoptar a la hora de practicarlo, los secretos de la redacción literaria y, mientras ella trabajaba en su consulta, él subía a su piso cargado de libros que ella le recomendaba. Por sus manos, pasaron el Marqués de Sade, Boccaccio, Bukowski, Miller y otros. Él apuntaba todo lo que le resultaba llamativo y utilizaba todo lo que le parecía adecuado para relatar sus propias aventuras sexuales con doña Puri. Todo ello concluyó con la publicación de su primera novela erótica: "En los brazos de la mujer de los verdes cabellos".

La obra fue muy bien acogida por el público en general y por los consumidores de revistas porno en particular, pues iba acompañada con fotos de doña Puri como Dios la trajo al mundo jugando con Riqui, su loro (no confundir con el panadero que le traía todas las mañanas una barra de pan con nueces y que se quedaba con ella en la cama de media hora a hora y media, en función del trabajo que ambos tuvieran y de lo cansados que se encontraran). 

Visto el buen funcionamiento comercial de su primer libro, el ya escritor se lanzó a la pergeñación del segundo. Para ello, necesitaba nuevas ideas, todas ellas en torno al sexo, pues, como ELLA le recomendó en su día, se había de dedicar a la novela erótica.  

Como en la primera ocasión, volvió a descender los 16 escalones que separaban su piso del de Puri, saludó, tras años sin verla, a su prima Cristina, que bajaba en cueros y acelerada a comprar una barra de pan, llamó al timbre de su iniciadora sexual, ésta salió aún cubierta de harina y le preguntó qué quería. 

- Quiero un poco de sal y alguna idea nueva para mi segunda novela erótica.
- De acuerdo, -accedió ella al tiempo que Riqui se posaba en su hombro derecho y una cucaracha escapaba lentamente y sin aspavientos del apartamento- pero creo que debería ser tu representante y llevarme al menos un 50% de lo que ganes.
- ¿Y por qué no un 60%?
- 30 -contraatacó ella.
- Me parece bien, un 10% para mí, el resto para ti, y una barra de pan para Riqui.
- ¿Y qué pasa con la cucaracha?
- Demasiado tarde. Ella se ha marchado hace siglos.

Diéronse la mano y cerraron el pacto fornicando, tras lo cual firmaron un contrato ante notario -el mismo panadero que, en sus horas libres, ejercía como notario- y con dos testigos: la prima Cristina, todavía desnuda, y Mohandas, éste, en pañales y con dhoti.

Para el segundo proyecto, Puri le recomendó que buscara otras mujeres, de diferentes tipos, razas, peinados, tamaños. Le aconsejó que se creara perfiles en diversas páginas web de búsqueda de parejas. Como su objetivo era puramente sexual, le facilitó los datos de aquéllas que iban directamente al grano. 

De esa manera, pasó varios meses follando con distintas mujeres. De veinte a treinta años, de treinta a cuarenta, de cuarenta a cincuenta, de cincuenta a sesenta, de sesenta a setenta y oldies, pasó por todas las edades de las mujeres. También las conoció de diferentes alturas, desde el metro veinte hasta los dos metros, y pesos, hasta los cien kilos llegó tras haber partido de los 45. Mujeres con pelo largo, sin pelo, depiladas, sin depilar, con las orejas de soplillo, con orejeras tapándose las orejas a causa del frío que hacía en Laponia. El resultado de todos sus esfuerzos dio a luz "La red está que arde", su gran masterpiece. 

Guiado por la sabia mano de Puri, de las páginas de búsqueda de pareja para copular gratis pasó a aquéllas que lo dirigían a las profesionales del sexo. Buscó meretrices por Internet, en secciones de anuncios de periódicos y en la calle. Distintos precios, diversos servicios, con una sola, en grupo y, por primera vez, con tipos de su mismo sexo y de sexo indefinido, hombres con tetas, mujeres con rabo, mujeres con alas, hombres con pistolas... "El precio del sexo" fue el título de la tercera obra, por la cual recibió el prestigioso Sicalipso de Oro.

Dos obras concluyeron su década dedicada a la literatura erótica: "Activo y pasivo" y "Labios de fresa", título controvertido, pues un grupo de música de un lejano país protestó ya que era homónima de su canción más conocida. La polémica fue satisfactoriamente resuelta por la cucaracha desaparecida. ¿Que cómo lo consiguió? Nadie lo sabe, pero todo es posible cuando estos bichos andan por medio.

- Lo dejo, doña Purificación. Llevo diez años fornicando y escribiendo. Estoy cansado y creo que ya no puedo aportar nada al mundo de la novela erótica. Muchas gracias por todo.
- Gracias a ti. Toma un poco de sal, sube a tu casa y descansa. Te lo has ganado.

Entró en su piso y allí estaba ELLA de nuevo. Le recomendó que ahora se dedicara al rock catalán. "Mira, escucha esto", le dijo al tiempo que pulsaba la tecla del "play" de su cadena de música. Sonó una canción de Sau. "Corre, corre't, corre":

"A qui pertany aquest cabell                          
que he trobat dins el meu llit,
el seu perfum és sensual
i té un color que mai no he vist,
amb les inicials del meu nom
i un missatge imprès.

A qui pertany, qui és l´estrany
qui haurà passat la nit amb mi,
veig el balcó una mica obert
i en el cabell hi veig escrit
les inicials del meu nom
i un missatge imprès.

Corre, corre´t, corre, corre´t
aquesta nit.
Corre, corre´t, corre, corre´t
fes-ho per mi.
Corre, corre´t, corre, corre´t
fes-ho amb mi.
Corre, corre´t, corre, corre´t
aquesta nit.


No perdo el temps imaginant
la vull tenir al meu davant
faré l´amor amb el cabell
i em tornaré la seva pell,
amb les inicials del meu nom
i un missatge imprès".


"¿A quién pertenece este cabello 
que he encontrado en mi cama? 
Tiene un perfume sensual 
y un color que no he visto nunca, 
con las iniciales de mi nombre 
y un mensaje escrito. 

¿A quién perteneces este cabello? 
¿Quién es la extraña que ha pasado la noche conmigo? 
Veo el balcón un poco abierto 
y en el pelo escritas 
las iniciales de mi nombre 
y un mensaje impreso. 

Corre, córrete, corre, córrete 
esta noche. 
Corre, córrete, corre, córrete, 
hazlo por mí. 
Corre, córrete, corre, córrete, 
hazlo por mí. 
Corre, córrete, corre, córrete 
esta noche. 

No pierdo el tiempo imaginando, 
la quiero tener ante mí. 
Haré el amor con el cabello 
y me convertiré en su piel, 
con las iniciales de mi nombre 
y un mensaje escrito". 

Tras escucharla, salió de su casa y bajó hasta el 2ºB, donde vivía doña Monserrat Muntaner, profesora de catalán de profesión, música de vocación y ninfómana en sus ratos libres. 

- Necesito su ayuda y un poco de azúcar, si us plau. 


Pues sí

Escrito por solocuentos 14-03-2017 en Pues sí. Comentarios (0)

Julia y su novio Andrés tomaban unas cervezas en un bar cercano a la casa donde vivía él. Le gustaba porque siempre tenían conectado un canal de deporte que retransmitía todos los partidos habidos y por haber. En aquel momento en concreto, podían disfrutar con el clásico de la liga helena Panathinaikos contra Olympiakos que, en la primera parte, dominaban los verdiblancos por un tanto a cero. 

En el descanso, Andrés aprovechó para comentarle a Julia que habían publicado la convocatoria para auxiliares administrativos del Estado y que había muchas más plazas que en los últimos años.

- Es una gran oportunidad para ti, ¿sabes? El temario no es excesivamente complicado, la prueba de excel y de word no tiene ninguna dificultad para ti. Te lo preparas durante unos meses después del trabajo y seguro que lo sacas.
- Pues sí.
- Además, no hace tanto tiempo que terminamos la carrera y aún no nos resulta tan complicado estudiar. Después, según vayamos cumpliendo años nos costará mucho más esfuerzo.
- Pues sí.
- Mira, es muy fácil. Te lo preparas, te sacas esa plaza como auxiliar y, luego, como tienes una licenciatura, a través de la promoción interna, podrías ir accediendo a cuerpos superiores y ganar más dinero. Además, esas promociones internas te las podrás preparar con la tranquilidad de que tienes un trabajo seguro.
- Pues sí, tienes razón.
- ¡Claro que la tengo, Julia! Y lo sabes. El trabajo en la floristería no está mal. No tienes un mal horario ni demasiadas responsabilidades, pero no creo que tengas un gran futuro allí. Nada, está decidido, cuando puedas, presentas tu solicitud y empiezas a estudiar. Cuanto antes, mejor.
- Pues sí, cuantos antes, mejor.

Andrés, satisfecho de haber convencido a Julia, terminó de un trago su cerveza y se fue al servicio. Mientras, Julia veía la repetición de las mejores jugadas de la primera parte del partido de la liga griega. "Quizá en la segunda parte haya movida entre las dos aficiones y se suspenda el partido", pensaba Julia. Pues sí, no sería la primera vez que ocurriera.


Pasados dos días de esa conversación, Julia aún no había presentado su solicitud y tampoco se acordaba de la convocatoria de auxiliares administrativos del Estado ni de cómo habían quedado el Panathinaikos y el Olympiakos. Fue a casa de sus padres a comer. Su madre y ella acostumbraban a tomar un café tras el postre mientras su padre se echaba una siesta.

- ¿Cuántos años lleváis juntos?
- Dos años, creo.
- ¿Y tú lo quieres?
- Pues sí, creo.
- ¿Y por qué no os vais a vivir juntos?
- No sé, la verdad.

Su madre quería que se fuera a vivir con Andrés. Dos años eran tiempo suficiente para conocerse. Los dos tenían trabajo. Los dos vivían de alquiler; él, en un pequeño estudio; ella, en un piso compartido con dos amigas.

- Mira, no tengo nada en contra de tus dos compañeras de piso. No recuerdo cómo se llaman.
- Gertrudis y Eduvigis.
- Eso, Gertrudis y Eduvigis. El caso es que son... No sé cómo explicarlo. Son un poco liberales. Esos pelos que llevan, esas ropas, esos novios que tienen... En fin, que creo que estarías mejor viviendo con tu novio. Si lo quieres, si de verdad vais en serio, ¿no sé qué os lo impide? ¿No crees que sería una buena idea que fuerais a vivir juntos y así comprobar si podéis convivir?
- Pues sí, quizá sea una buena idea.
- ¡Claro que lo es, cariño! Mira, si quieres, puedo yo mirar pisos de alquiler por aquí cerca con dos o tres habitaciones que estén bien de precio. Incluso puedo mirar, si te parece, pisos en venta.
- Pues sí, si quieres, puedes mirar qué hay interesante por aquí.

Su madre sonrió satisfecha. Le dio un beso y llevó las tazas vacías a la cocina. Mientras, Julia se asomó a la ventana. Un hombre paseaba con su perro. El animal, el perro, digo, se paró a defecar. El hombre sacó una pequeña bolsa negra del bolsillo y, con cuidado, recogió la caca de su animal. Un escalofrío recorrió la espalda de Julia. Lo que hacía el hombre era lo correcto, pero no podía evitar esa reacción cada vez que observaba a una persona recoger las cacas de su mascota.


Tres veces le había llamado su madre en los últimos cinco días para darle los datos de varios inmuebles de alquiler a precios interesantes. Sin embargo, Julia no había llamado a ninguno de los números de teléfono que le había facilitado su madre. Tampoco le había comentado nada a Andrés en relación a la posibilidad de vivir juntos. No pensaba en ello. Tampoco pensaba en vivir con su novio su buena amiga Adelaida. Recibió una llamada suya una semana después de haber comido con sus padres.

- Lo dejo, Julia, lo dejo todo.
- ¿Pero, todo, todo?
- Todo. Dejo a Toni, el trabajo, el piso.
- ¿Y eso?
- Estoy harta de esta vida, de esta ciudad, de este trabajo. Quiero volver a las raíces.
- ¿Las raíces?
- Sí, voy a volver al pueblo.
- ¿Pero si tú has vivido siempre en la ciudad?
- Yo sí, pero mis padres, al igual que los tuyos, no. Ellos nacieron y crecieron en el pueblo.
- ¿Vas a vivir en el pueblo?
- Sí, me voy al pueblo. Seguro que piensas que estoy loca, ¿no?
- Pues... Pues no, ¡claro!
- ¡Claro que no estoy loca!

Adelaida le explicó que lo tenía todo estudiado. Había ahorrado dinero en los años que había trabajado. Trabajaría en lo que fuera al principio. Compraría animales (gallinas ponedoras, un perro, conejos y, más adelante, un cerdo), prepararía un huerto en el que cultivaría gran parte de aquello que comería y prepararía la casa para que ésta fuera autosuficiente o casi. 

- ¿Qué te parece? Seguro que piensas que será duro, y seguro que tienes razón. Será duro, quizá muy duro al principio. ¡Pero y las ventajas que tendré después! Alimentos de buena calidad, vivir en un entorno más humano, más limpio, más tranquilo. Perderé cosas, seguro, pero la mayoría de ellas ya no me interesan. Y tú deberías hacer lo mismo.
- Pues sí, quizá.
- No, quizá no. Seguro. Lo tuyo con Andrés está estancado, tu trabajo no da para más y no pareces excesivamente animada ni estimulada con la vida que llevas ni con lo que te depara el futuro. Mira, Julia, éste es el momento. Sufriremos, será duro, pero en pocos años agradeceremos vivir de una manera más humana, más natural, más simple y, seguramente, más feliz.
- Pues sí, tienes razón.
- Hecho, pues. Yo me iré primero, preparé el terreno y haré los preparativos necesarios para nuestra experiencia rural y tú, cuando ya estés preparada, te vienes conmigo. Estoy impaciente por empezar.
- Pues sí, impaciente.

Adelaida colgó y Julia se fue a dar una ducha caliente. Hacía frío y no había nada mejor para ello que una ducha calentita.


Un día después, y como había acertadamente vaticinado el hombre del tiempo, comenzó a llover con fuerza. A Julia le encantaba ver la lluvia. Aún más le gustaba oír la lluvia caer. Se acercó a la ventana, la abrió ligeramente, cerró los ojos y se centró en el sonido de la lluvia. Pues sí, oía la lluvia, la lluvia caer, oía llover como quien oye llover y la lluvia la reconfortaba.

NOTA DEL AUTOR: Pues sí, dedicado a NUC, ella y yo sabemos quién es. Tal vez también su familia y algunos amigos.


SANTA COMPAÑA

Escrito por solocuentos 14-03-2017 en Santa Compaña. Comentarios (0)

Los ojos grises de Raquel estaban clavados en la lejana hilera luminosa que, lentamente, avanzaba hacia ella. Miraba sin ver. Esperaba la llegada de las luces, cada vez más cercanas, cada vez más intensas. La oscuridad de la fría noche se iba iluminando con aquellas extrañas luces que se desplazaban con lentitud. 
Raquel contenía el aliento, Raquel tenía la mirada perdida, pero clavada en la hilera luminosa, Raquel aguardaba inconsciente su llegada, Raquel esperaba anhelante que todo se tornara luz y fundirse con ella. 
Ya estaban junto a ella, ya las luces se fundían con su gris mirada, ya se sentía parte de la luz, cuando súbitamente sintió un brazo fornido rodeando su cintura y unos labios besando su nuca. 

La mano de Javier subía por debajo del camisón y ella regresaba a la oscura habitación, volviéndose al hombre con el que compartía cama y casa. Le devolvía uno a uno los besos que éste le regalaba y exploraba con sus manos el cuerpo del hombre. 
Como cada noche, después del estudio anatómico recíproco y amoroso, los amantes perdían nuevamente la consciencia y se entregaban a un sueño profundo.


Era su musa actual, a la que él deseaba esculpir, a la que había llevado a la casa de campo, aislada del mundo, para convertirla en su nueva obra de arte. A Javier le fascinaba, sobre todo, la mirada ausente de Raquel. No sabía qué ocultaban sus bellos ojos grises, a qué mundos la trasladaban, qué misterios guardaban. 
Ella se paseaba por la casa con una camiseta que le quedaba larga y unas bragas. Comía poco, apenas leía y casi no veía la tele. Tan solo paseaba y miraba, por la ventana, el inquietante bosque que rodeaba la casa.

De vez en cuando, al terminar él de trabajar en su escultura, salían al campo a caminar. Él le contaba cuentos y leyendas. Le habló de la Santa Campaña, esa procesión de ánimas que, por las noches, y cada una con una vela en la mano, se pasea por el bosque, cantando, tocando una pequeña campanilla y advirtiendo de la muerte que, en breve, llegará. 
Ella no se pudo quitar de la cabeza a ese grupo de fantasmas, envueltos en sudarios, con los pies descalzos y avanzando lentamente por los oscuros bosques. 


Raquel vagaba por la casa pensando en las ánimas y en las fotos de esculturas que poblaban las paredes de la casa. Todas eran de mujeres y todas tenían la mirada perdida. Algunas incluso carecían de ojos. En su lugar, había dejado dos huecos siniestros.

        - ¿Quiénes son esas mujeres?
- Esas mujeres no existen, sólo son esculturas. 
- Pero antes fueron mujeres de verdad, ¿no?
- No, Raquel, sólo fueron ideas que se convirtieron en esculturas.
- ¿Y por qué algunas no tienen ojos?
- No lo sé. Creo que no soportaba su expresión y destruí sus ojos. Hay miradas que son imposibles de sostener.


Ya han llegado a su altura, ya la han envuelto con su luz. Oye sus murmullos y la campanilla. Las descubre como fueron. Una a una las reconoce, incluso a aquéllas cuyos ojos están tapados con vendas. 
Lloran, maldicen, se lamentan de su mala suerte. 
Pasan a su lado y ella desea seguirlas, pero unos brazos poderosos la retienen y la atraen de nuevo contra el hombre. 
Él la besa, la acaricia, le susurra palabras de amor al oído y ella se deja llevar agradecida, extasiada, con los ojos grises perdidos al otro lado de la ventana, en la oscuridad del bosque.

Los amantes vuelven a soñar tras el placentero esfuerzo realizado. El sueño de él es tranquilo. El de ella, no. El sueño de Raquel llena la habitación de mujeres, de mujeres que Javier dijo que no existían, de mujeres hermosas, de mujeres deformes, de mujeres mutiladas y de mujeres olvidadas. Ellas cobran vida y rodean la cama.


Javier se asusta al despertar. Una a una, están todas ahí, con la mirada perdida, o sin mirada. Están todas junto a la cama, junto a Raquel. Él tiembla, él llora, él escapa dejando, como estela, un grito desgarrador. 
Él desaparece y, con él, también desaparecen todas aquellas mujeres que nunca existieron.


El teléfono suena insistentemente. Raquel se despereza con tranquilidad, se incorpora de la cama, va al salón y, ahí, coge el teléfono.

        - Hola, Raquel, soy Sergio. ¿No te habré despertado?
- No, tranquilo - miente Raquel.
- ¿Qué tal va la obra?
- Terminada.
- ¡Cómo! ¡Terminada! - exclama sorprendido Sergio. Después de tanto tiempo esperando, finalmente recibe la respuesta que tanto anhelaba.
- Sí, terminada.
- ¿Y me puedes decir algo de ella?
- Ya la verás. Haré unas fotos y te las enviaré. 
- ¿Y es grande?
- Mucho. Te envío las fotos esta tarde. Adiós.


Raquel cuelga bruscamente. Coge un paquete de cigarrillos, la cámara de fotos y va al taller. Ahí está la obra que expondrá en el Museo. Un grupo de personas, envueltas en sudarios y con una vela en la mano, sigue a un individuo que carga con una cruz. Todas miran al suelo y llevan el rostro oculto por una capucha. La última figura de la fila, lleva, encadenado, a un hombre desnudo que, levanta la mano hacia ella, pidiendo clemencia.

La mirada del hombre refleja el horror del mundo.


Otra noche sin ti

Escrito por solocuentos 07-02-2017 en Otra noche sin ti. Comentarios (0)

Habíamos quedado, para cenar y tomar unas cervezas, los viejos colegas del instituto. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos y todos habíamos cambiado bastante. La mayoría se habían casado y habían tenido hijos, a otros les había dado tiempo incluso para divorciarse y los menos, como yo, aún seguían solteros y no tenían expectativas de emparejarse seriamente.

El viejo pub que nos había acogido en nuestras primeras borracheras y en tantas otras a lo largo de nuestra adolescencia y juventud nos cerraba una noche más sus puertas tras varias cervezas y algunos cubatas. Ya en la calle, y violentamente sacudidos por el frío de la noche, nos despedimos con abrazos sentidos y prometiendo volver a vernos pronto.

Después de decirle adiós al último de mis antiguos compañeros de clase y farras, emprendí el camino de regreso a casa dando un pequeño e innecesario rodeo. Llegué por fin a un viejo banco de madera sito frente a un edificio de ladrillo de seis plantas. Cientos de veces me había sentado en el pasado allí mismo para esperar que, del 2ºB, bajara María. No fue mi primera novia, pero sí la que más tiempo me soportó. Quizá fue también a la que más quise; no lo sé.

Hacía mucho frío aquella noche, pero aún no quería volver a casa. Me quedé ahí parado, como tantas otras veces, como tantas otras tardes, como tantas otras noches. Recordé que, cuando ella no bajaba, era yo el que subía, aunque nunca en ascensor. Apuraba el último cigarrillo antes de pulsar el timbre del 2ºB.

Normalmente me abría ella misma. A veces, lo hacía su padre, o su madre, o su hermano pequeño. En otras ocasiones, ella se encontraba sola en el piso e íbamos directamente a su habitación. Ella ponía música y nos tirábamos sobre su cama. No sé cuánto tiempo pasamos en su diminuta habitación, cuyas paredes estaban forradas con carteles de cantantes y actores de moda y cuyas estanterías albergaban cientos de cintas de música.

Un día, poco después de terminar la Universidad, subí por última vez las escaleras que ascendían hasta el piso de sus padres. En esa ocasión, sin embargo, no pasamos a su habitación. Nos tomamos un café en el salón, pues ella sólo quería hablar de algo importante que nos concernía a ambos.

Pensé que volvería conmigo en menos de una semana, pero me equivoqué. Tras esa primera semana llegaron otras y nada cambió. En realidad, algo sí que cambió. A los dos meses de cortar conmigo, ella ya salía con otro tío y yo no levantaba cabeza. Me costó tiempo aceptar la nueva situación, y más aún me costó volver a estar con otra mujer. Sin embargo, mis relaciones, tras perder a María, no duraron demasiado. Tarde o temprano, la chica o yo decidíamos terminar con algo que quizá nunca había empezado de verdad.

Ahora, años después de aquella triste conversación en torno a un pésimo café, congelado por el frío de la noche, temblando y con lágrimas en los ojos, me volvía a plantar frente a la casa donde había vivido María. Ya no llevaba cazadora de cuero ni vaqueros raídos ni botas negras. Había perdido mi rizada melena y mi tripa continuaba creciendo sin parar. Sin embargo, ahí estaba de nuevo, tras tres cubatas de vodka con naranja, varios tercios de cerveza y una sesión de nostalgia compartida con los viejos colegas del ayer.

Eché entonces un vistazo al reloj y vi que eran las 3:20 de la mañana. Esa hora trajo a mi memoria "Otra noche sin ti", una canción de Burning que escuchábamos con frecuencia en la habitación de María. Comencé en ese momento a tararearla bajito:

"Son las tres de la mañana 
y yo sin poder dormir. 
Doy mil vueltas en mi cama, 
sólo pienso en ti.

Y qué sé yo 
si estoy tan solo, 
no puedo hablar con nadie. 
Qué sé yo 
si estoy tan solo. 
Necesito tu amor.

Dan las seis, sintonizo los Stones, 
recuerdos del pelo largo. 
Viejos blues, queridísimo Eric Burdon

Un sonido muy lejano 
llega a mis oídos. 
Es el ruido de un cerrojo 
que abre una dulce llave.

Y qué sé yo 
si estoy tan solo, 
quizá sólo sea un sueño. 
Que sé yo 
si estoy tan solo. 
Necesito tu amor".

Al concluir la balada, me sequé las lágrimas, me levanté del banco y, dando tumbos, regresé a casa. A fin de cuentas, María ya no vivía en aquella casa. Ahora tenía marido e hijos y vivía lejos, muy lejos de mí.